En un arco narrativo casi novelístico, Richard Dawkins acaba de hacer con la inteligencia artificial lo mismo que ridiculizó durante décadas en creyentes de todas partes del mundo: confundir experiencia subjetiva con evidencia. La ironía no sería tan divertida (justicia divina, diríamos) si no fuera por el encarnizamiento con el que el biólogo británico ha ido despachándose a lo largo de su alabada carrera...