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Nacho Martín Blanco: «En España no existe hoy una gramática compartida que nos permita entendernos»

Nacho Martín Blanco (Barcelona, 1982) es graduado en Periodismo por la Universidad Ramon Llull y en Ciencias Políticas por la Universidad de Barcelona. Empezó a dedicarse a la política en tiempos del proceso independentista catalán, y en 2017 fue elegido como diputado por el Parlamento de Cataluña en las listas de Ciudadanos. En 2023 abandonó esta formación y encabezó la lista del Partido Popular por la circunscripción de Barcelona en las Elecciones Generales. Hasta la disolución del Congreso por la convocatoria de elecciones ha sido diputado de este partido. En el debate público, como bien sabe, palabras como democracia, libertad o justicia sufren una redefinición constante. ¿Cómo podemos restaurar la precisión conceptual en un campo de batalla tan empobrecido? Yo creo que lo primero que hay que decir es que, en tiempos de tribulación, de tensión, el primer elemento que empieza a sufrir las consecuencias de esa voluntad de enfrentar a las sociedades es precisamente el lenguaje, las palabras. Las palabras pierden su valor, pierden su gravedad, pierden su entidad, porque deliberadamente hay agentes políticos, …

A la torera

No son pocos los escritores que han mostrado algo más que recelo ante la tarea crítica o el análisis de sus obras. Y motivos, sin necesidad de adentrarse en ámbitos personales, no faltan. El autor ve en ello una intolerable intromisión, especialmente cuando las interpretaciones o los juicios no son de su gusto. Entiende que la obra publicada ya no le pertenece, que tiene cierta autonomía. Pero lejos de ser ingenuo, sabe que el crítico muchas veces cae en la falta de rigor por motivos espurios. Javier Marías habló del lamentable estado de la crítica literaria española en un artículo que lleva por título «La muy crítica crítica». En el mismo texto propone reglas encaminadas a evitar el conflicto de intereses, la falta de libertad, la deshonestidad, el ocuparse más del autor que de la obra, el gremialismo o corporativismo, etc. Esto, sin duda, facilitaría la convivencia en el hábitat literario. Lo cierto es que la división entre crítico y autor, en muchos casos difícil de delimitar o sostener sin caer en la caricatura, ha …

Un amigo

Cuando llegué con Juanjo Fernández a la Universidad Autónoma de Barcelona en enero de 1974 para empezar Filosofía y Letras, él con diecinueve años y yo con diecisiete, a los dos nos bullía en la cabeza una mezcla estrafalaria de ideas revolucionarias que encajábamos en un sistema propio del que estábamos perfectamente convencidos. Ante todo, éramos anarquistas, y pronto empezaríamos a militar en la CNT, que aún era entonces una organización clandestina. Pretendíamos también, con una pasión acaso más febril, resucitar el dadaísmo y el surrealismo, que nos parecían el logro más extraordinario de la cultura occidental. Al mismo tiempo, simpatizábamos con el trotskismo, pues nuestro referente supremo, André Breton, se había apoyado en Trotsky para defender un arte revolucionario independiente frente al realismo socialista que impuso el estalinismo. De modo que éramos a la vez anarquistas, surrealistas y comunistas, aunque esto último solo afectaba ese deje de respeto por Trotsky al que nos creíamos obligados: los totalitarismos soviético y maoísta nos resultaban tan odiosos como el capitalismo o las convenciones de la moral burguesa, …

Desolación de la belleza. Reflexiones durante un paseo

La fealdad, indetenible, extiende su imperio. Alain Finkielkraut Pasear hoy por una calle de cualquier ciudad permite comprobar el avance de la enfermedad que las aqueja a todas: su afeamiento. La razón es siempre la misma: hay que «reurbanizar» centros históricos y zonas monumentales para atraer rentas altas, dirigir hacia la periferia al asalariado común, abandonar el resto a ancianos y a inmigrantes. Que no «migrantes», puesto que hablamos de personas, no de golondrinas, bisontes o salmones, especies conocidas por exhibir patrones migratorios de conducta. Parece mentira: quienes insisten en usar ese vocablo son los mismos que dedican todos sus esfuerzos a facilitar la instalación definitiva en la ciudad en la que recalan de estos contingentes de recién llegados, anulando así la única razón válida para seguir llamándolos de tan zoológica manera. Pero para qué fingir sorpresa ante la paradoja: son de izquierdas y funcionarios, especies, como las adelfas, que llevan en la raíz misma de su condición la contradicción de ser a la vez ornamentales y tóxicas. En realidad, me parece que importa menos …

Del dinero y lo que el Estado hizo de él

En su breve tratado La desnacionalización del dinero (1976), Friedrich Hayek expresaba sus dudas, al abordar las competencias del Estado, sobre que existiera un monopolio que hubiera hecho más daño que el de la emisión de moneda. Es una afirmación que puede sorprender. En el debate público, no es raro escuchar a liberales cuestionando la intervención estatal en sectores como la cultura, las pensiones o las infraestructuras, incluso hay quienes se atreven con la educación y la sanidad, pero la moneda rara vez se menciona, pese a que es una institución que no solo está intervenida, sino que funciona como un monopolio atribuido al Estado: existe una ley que manda cuál es la moneda de curso legal y obliga a los acreedores a aceptarla.  No está de más recordar, sin embargo, que el dinero no nació del Estado, sino que es una institución de la que se apropió. La moneda surgió de forma espontánea de la necesidad de intercambio que se da en cualquier sociedad. Como es sabido, en un primer momento ese intercambio se …

Turismo homérico

Desde su estreno, la Odisea de Christopher Nolan ha motivado discusiones en todas las direcciones sobre sus presuntos aciertos o desaciertos. Hay quienes desde un romanticismo ingenuo reclaman «fidelidad» a la adaptación y rechazan todo lo que les parece ⎯con un criterio más que dudoso⎯ que se aparta del original homérico; hay también quienes, por defender que ninguna reinterpretación de un clásico le debe fidelidad al original, dan un paso más y parecen concluir que cualquier decisión es válida, olvidando por el camino que a toda obra hay que exigirle siempre una consistencia interna. Ambos tienen en común que creen saber ⎯o suponen⎯ de antemano qué es eso de Homero y en qué consiste lo esencial de la Odisea. Hay un tercer grupo, más reducido, que se mueve en un espacio más sensato en la medida en que reconoce que no sabemos exactamente cómo hay que interpretar el texto original, pero sorprendentemente parece olvidar también algo esencial: que, aunque el diálogo con la tradición en cierto modo sea caprichoso, toda reinterpretación artística de un clásico, …

Dolly

Para quienes admirábamos a Dolly Parton, existe un placer por lo menos tan grande como el de reproducir sus canciones y sus actuaciones: el de verla en entrevistas. Dolly era merecedora como pocos del calificativo de estrella; tenía un carisma y un magnetismo que puede decirse, sin temor a exagerar, que seguían sin tener rival entre las celebrities cuando ya había cumplido los ochenta. Tras su muerte el pasado 25 de agosto, los medios de todo el mundo han escrito ríos de tinta sobre las mil vidas que vivió: su talento y fecundidad como compositora —escribió unas tres mil canciones—; la dulzura de su voz, con ese vibrato tan country; su inteligencia para los negocios; la generosidad que mostró en su obra filantrópica, y lo extraordinario de su periplo vital. Pero no hacía falta saber nada de ella para comprender, al escucharla hablar, que uno estaba ante una mujer de una originalidad excepcional. Dolly envejeció maravillosamente, no por toda la cirugía plástica que llevaba encima —que, como decía a menudo, porque siempre se burlaba de …

La decadencia del progreso  

La realidad inminente es que un dron nos traiga la ropa de la tintorería, la utopía es un mundo con drones arcangélicos que mecen la vida del hombre nuevo y en la distopía acechan drones malvados que nos sorben el alma para convertirla en combustible para naves espaciales. Una contraposición entre novela utópica y novela distópica ya es una evidencia de la literatura, y más aún en el siglo XX. La utopía habla de un mundo que ha llegado o puede llegar a la perfección, mientras que la distopía, por el contrario, habla de un mundo que pretende ser ideal y acaba siendo trágico, catastrófico o apocalíptico. Después de tantos sistemas ideales que fueron un infierno, curiosamente todavía nos resulta más familiar el concepto de novela utópica que el de novela distópica. Será una herencia del siglo pasado, campo magnético para el fracaso de todas las utopías y escenario hecho realidad de las novelas distópicas. Ahora, utopía y antiutopía, tan presentes en la ciencia ficción como en el thriller tecnológico, por no hablar del cine, …

Los ratones de Chantal Maillard

Hay autores que están más allá de las clasificaciones y taxonomías que tanto gustan a los críticos. Es el caso de Chantal Maillard (Bruselas, 1951). Decir que domina todos los géneros literarios, si es que tiene sentido seguir manteniendo estas divisiones cuando hablamos de la autora de La razón estética, poco aporta a estas alturas. Me parece más interesante destacar que los mismos conceptos que aparecen en bruto en sus diarios se aligeran en sus poemas, adoptan intensidad en el diálogo dramático o se imbrican y explican unos a otros en la obra ensayística. En cada uno de sus textos podemos encontrar el núcleo de su pensamiento. Por este motivo, considero que la mejor forma de acercarse a sus obras es no tomándolas como mónadas cerradas en sí sino como organismos vivos que forman parte de un todo. Chantal Maillard, especialista en filosofías de la India y Premio Nacional de Poesía en 2004, nos sorprende ahora con nuevas publicaciones en Galaxia Gutenberg. Se trata de cinco breviarios que forman la pentalogía Cinco ratones ciegos: Para …

Diablos azules

Entre las muchas anécdotas recogidas en Enormes minucias, Chesterton cuenta en «El ángel rojo» que una señora le dirigió una carta en la que sostenía con toda seriedad que los cuentos de hadas son desaconsejables porque infunden miedo a los niños. Ningún mal le haría a esa señora de principios del siglo pasado, cuyo puritanismo ha dejado herencia en nuestro tiempo, recordar primero algo sobre el valor de la infancia, a fin de comprender luego el valor de los cuentos tradicionales. Para el niño, un ser recién llegado a la existencia, el mundo es totalmente desconocido, y su contenido, todavía inclasificado; la realidad exterior se presenta ante él como un espacio descomunal —por contraste con la estrechez de su origen—, misterioso y por ello también intimidante. El miedo del niño, y el nuestro por extensión, no es, por tanto, otra cosa que la reacción natural ante la magnitud de lo desconocido. Pero la señora de la carta, una total contemporánea, parece pretender que el niño se acerque a la realidad prescindiendo de los monstruos o …