Pensamiento

El enemigo es la jerarquía

Hace unas semanas, Xavier Pericay presentó en Barcelona su último libro, Aly Herscovitz. Cenizas en la vida europea de Josep Pla (2023). Se trata del trabajo conjunto que un grupo de investigadores completó durante años sobre la figura de Aly Herscovitz, una mujer judía, asesinada en los campos de exterminio, que es al mismo tiempo la única amante de la que Josep Pla habló en su obra.

La investigación –un esfuerzo admirable y exhaustivo por componer la biografía de Aly– abre un espacio para reflexionar nuevamente sobre la conciencia del Holocausto, y, en especial, plantea preguntas punzantes sobre la relación que guardamos los españoles con el hecho, que es una de distanciamiento y desvinculación. Lejos de restringir la responsabilidad nacional, los autores razonan que el vínculo con el Holocausto es consustancial a la identidad europea. El Holocausto como medida de Europa. Porque ser europeo no es sólo pertenecer a un continente, ni a la Unión Europea, ni compartir una divisa, sino que implica tomar conciencia del hecho más terrible de la historia de Europa. Tomar conciencia y sentirlo como propio, como un error cometido por uno mismo. Una reflexión así pasa por admitir que durante más de una década, en el corazón de Europa, se asesinó a seis millones de europeos. Judíos europeos, tan europeos como los franceses, los ingleses, los italianos o los ciudadanos de cualquier otra nación en el continente. La singular condición de apátridas de los judíos, dispersos en los distintos territorios nacionales europeos, no debería confundirse con la otredad, sino observarse como un fenómeno transnacional que define esencialmente lo que entendemos por Europa: la unión de distintas culturas y nacionalidades bajo un ideal comunitario. Tal era el sentimiento entre los judíos europeos de los inicios del siglo pasado, que hasta el ascenso del nazismo en Alemania no comenzaron a cuestionar su sentido de pertenencia. Así lo destacan los autores del libro, que recogen las observaciones de Juan Pablo Fusi en Identidades proscritas. El no nacionalismo en las sociedades nacionalistas (2006):

Hasta la llegada al poder de los nazis en 1933, la asimilación, no el nacionalismo sionista, siguió siendo el hecho capital de la cultura política de los judíos alemanes. Como en el caso, ya señalado, de los intelectuales franceses, los intelectuales judeoalemanes eran parte de la cultura europea, no de la cultura judía.

El carácter transnacional de los judíos europeos no era sino un signo de la identidad europea, heterogénea y compleja, y no una razón para excluirlos. Desde el proceso de emancipación en gran parte de los Estados europeos a finales del siglo XIX, la apuesta predominante es la asimilación social, cultural y política. El historiador Joan B. Culla explica en Breve historia del sionismo (2009):

Decenas de miles de hebreos liberales y cultivados adoptan fervorosamente la lengua y el patriotismo del país donde viven. (…) En [Europa Occidental], la nueva burguesía abandona gradualmente el hebreo, incluso en la sinagoga, al tiempo que se multiplican los matrimonios mixtos y proliferan los intelectuales descreídos.

No deberíamos olvidar, pues, el esfuerzo por integrarse –esfuerzo no exento de una ilusión muy humana– que hizo «una comunidad tan anómala como la judía, hecha de fragmentos, sin una base territorial, sin instituciones políticas, marcada por siglos de persecución, de discriminación o de ostracismo» (Joan B. Culla), y cómo fuimos nosotros, sus conciudadanos europeos, quienes otra vez volvimos a expulsarlos, esta vez de la forma más atroz.

La lectura de Aly Herscovtiz nos hace sentir que el Holocausto es todavía una tragedia demasiado reciente como para sentirla lejana y ajena, como para no estremecerse con el vínculo que nos une a ella. Por esto es escalofriante observar las manifestaciones de antisemitismo que hoy se producen en Occidente, en las calles, los medios de comunicación, las universidades o la política. Se trata de un antisemitismo de distinta raíz, uno que adopta la apariencia de antisionismo de izquierdas. Con proclamas como la de From the river to the sea, que disfraza la voluntad de eliminación de pretensión liberadora, los izquierdistas de nuestros días no se diferencian políticamente demasiado de aquellos que gritaban Gas the Jews! delante de la Ópera de Sidney en octubre del año pasado. Hay una crítica desbocada a Israel que, bajo la premisa de que el sionismo es racista y genocida, esconde una nueva versión del odio hacia los judíos. De acuerdo con la tesis que defiende Alain Finkielkraut en En el nombre del otro (2005), este nuevo antisemitismo no sería de origen europeo, sino árabe, y la izquierda occidental lo adoptaría como parte de su pulsión antiamericanista y de los esfuerzos autoflageladores por librarse de un pasado colonialista. Casi veinte años más tarde, la tendencia que apuntaba Finkielkraut no sólo se ha confirmado sino que se ha recrudecido.

Más allá de la conveniencia política o la cerrazón ideológica, el fenómeno es estremecedor porque alumbra una moral que no se caracteriza sino por la debilidad de sus valores y la falta de memoria. Años más tarde, en La posliteratura (2022), Finkielkraut vuelve a decir: «Un nuevo orden moral se ha abatido sobre la vida del espíritu. Su bandera es la humanidad. Su enemigo es la jerarquía». La humanidad de la que habla Finkielkraut hace referencia al ideal igualitario de nuestros tiempos; a la creencia de que el bien equivale a la igual dignidad de las personas. Según el filósofo francés, este imperio de la igualdad sin límites, a priori razonable, se tuerce y nos cae encima como una losa insoportable porque acaba derivando en un nihilismo compasivo. Si todo es igual, no hay jerarquía que establezca qué cosas son importantes y qué cosas no. Si lo único que importa es el anhelo compasivo de igualdad, entonces no existe el bien y el mal y no hay ninguna virtud excepto el deseo insatisfecho de igualación, que nunca se consuma. Un sistema moral basado en este tipo de compasión relativa es insostenible, pero parece ser el único que proponen aquellos que abanderan las críticas más duras al sionismo. La crítica a Israel es legítima, por supuesto. No obstante, haríamos bien en recordar que es la única parte del conflicto que responde a los estándares del derecho internacional. Al fin y al cabo, se trata de un Estado democrático. Sin embargo, los estándares que la izquierda exige a Israel y Palestina son de una desproporción insólita. Y acaso sea por maldad expresa en ocasiones, o acaso por un criterio moral deficiente a la hora de evaluar los hechos. Pues esta ligereza en el momento de esquivar la condena rotunda del terrorismo islámico, cuando no a excusarlo inescrupulosamente, y posicionarse del lado de Palestina, no se explica sin la compasión que generan las imágenes terribles de los muertos y heridos en Gaza, verdaderamente conmovedoras, ni sin la tendencia a encumbrar la debilidad –se percibe erróneamente Gaza como una región pobre y oprimida por Israel– a la categoría de virtud. Basta con el sentimentalismo de las imágenes para determinar de quién hay que compadecerse. Con todo, en esta compasión –que todos podemos compartir sin significarnos políticamente– no hay interrogación de ningún tipo sobre la naturaleza de los hechos.

Compadecerse en un mundo sin jerarquías es un acto hasta cierto punto nefasto. El ideal igualitario de nuestra época ha terminado por allanar enfermizamente el mundo, hasta negar la primacía de ciertos valores morales que organizaban nuestra noción del bien y del mal. El afán compasivo, tal vez justo en intención, deriva en una injusticia difícil de comprender. Si los propios europeos somos incapaces de atribuir y reconocer al Holocausto la singularidad que merece, ¿con qué legitimidad hemos de compadecer? Ciertamente, sin jerarquía no hay dignidad.


 

Ilustración: Éxodo de Egipto. Grabado de Caspar Luyken (1672-1708). Via Look and Learn.