Pensamiento

Salvar al feminismo

Seguramente una de las escenas más memorables de la historia del cine sea la que pone fin a la primera parte de Lo que el viento se llevó, cuando Scarlett O’Hara mira al cielo desafiante y, después de haber atravesado los nueve círculos del infierno, se promete, poniendo a Dios por testigo, que ni ella ni los suyos van a volver a pasar hambre —«aunque tenga que estafar, ser ladrona o asesinar»—. Hasta entonces, todo eran quejas y lamentos, pero ahora parece decirse: «Está bien; mi madre muerta por una fiebre tifoidea, mi padre enloquecido, y todos los hombres que me cortejaban empeñados en ir a matarse a una guerra que yo ya había advertido que sería, cuando menos, aburridísima, pues me las tendré que ingeniar sola, pero no lograrán aplastarme». En ese inconfundible atardecer naranja technicolor, la niña caprichosa cogía por primera vez las riendas de su vida. Su personaje encarnaba la esencia de la primera ola del feminismo: la mujer estaba capacitada para asumir su propia existencia. 

Pero, mecida por el mismo oleaje, la mujer podría verse ahora arrastrada de nuevo a su eterno papel de damisela en apuros. La llegada de una cuarta ola de feminismo ha supuesto más bien un retorno al discurso paternalista que las primeras feministas trataron de combatir. El movimiento ha asumido ahora que la mujer solo estará a salvo al cuidado de un Estado gigantesco que elimine cualquier situación que la incomode y la proteja de una amenaza que es sistemática, sistémica, estructural; ataca en formato microscópico, o acecha tras el rostro amable del padre, el amante y el amigo. Más que fortalecerla, en sus brazos la mujer corre el peligro de desarrollar una esquizofrenia paranoide. 

Se dice a menudo que los hombres han tenido siempre las cosas más fáciles que las mujeres, pero su gran privilegio ha sido precisamente el de tenerse que enfrentar a la vida con toda su dureza desde pequeños: «[El niño] aprende a encajar golpes, a despreciar el dolor, a rechazar las lágrimas de sus primeros años —dice Simone de Beauvoir en El segundo sexo—. Emprende, inventa, se arriesga». Los hombres han sido educados bajo el ideal del vaquero que debe encontrar solo su lugar en el mundo. La mujer, en cambio, crecía creyendo que tenía que haber entre ella y el mundo un mediador masculino; su condena ha sido, precisamente, ser el sexo protegido. Supone un retroceso, pues, que ahora pase a los brazos de un Estado que insinúa, como un gran patriarca, que mientras no se deshaga él de los hombres que la piropean, las modelos delgadas o incluso las calles estrechas (como proclama el llamado urbanismo feminista), la mujer no podrá sentirse realizada. Lo verdaderamente feminista sería más bien que pudiera sentir, como Scarlett, que incluso aunque lo tenga todo en contra —es decir, incluso aunque fuera cierto que el sistema la silencia u oprime—, nadie logrará aplastarla. 

De Beauvoir explica cómo escuchó un día a una asistenta declarar, mientras limpiaba los cristales de un hotel, que había llegado donde había llegado sola, sin la ayuda de nadie: «Estaba tan orgullosa de ser autosuficiente como si fuera Rockefeller». Ahora las cuotas y las subvenciones a menudo privan a la mujer de esa satisfacción. En su empeño por lograr que no asuma sus propios fracasos, el feminismo también le impide sentirse responsable de sus éxitos. «La caridad es un crimen —decía Dorothy Parker—, y todo el mundo lo sabe».

Tampoco parece que sea muy provechosa la obsesión de las feministas por el reconocimiento social: por los premios, los altos cargos, etc. Uno solo se puede sentir fuerte cuando lucha por convertirse en alguien digno de su propia estima.  Es bochornoso que haya mujeres que salgan a recoger premios y se lamenten en sus discursos de lo duro que es para una mujer triunfar. Más que convertirse en mujeres exitosas que lloriquean frente a un público que aplaude con condescendencia, a lo que tendrían que aspirar las niñas es a mantenerse firmes siempre, incluso ante un abucheo. Olvidan, además, que la lista de hombres que han pagado su libertad con el oprobio, la cárcel o incluso su propia vida es interminable. Las grandes mentes de la historia a menudo lo han sido a pesar de su contexto, y no gracias a él. 

Leer a Virginia Woolf o a Simone de Beauvoir es realmente estimulante, pero las consecuencias de ponerse hoy las gafas violeta parecen demoledoras. Por eso vuelve a ser necesario que las mujeres se sientan capaces de lograr lo que se propongan sin la ayuda de nadie, colocando siempre su juicio como el más importante. Es el feminismo que defiende Camille Paglia, que se ha propuesto mostrarle a la mujer hasta dónde puede llegar por sí sola: «Creo en las mujeres fuertes que se protegen solas, no en las que corren a refugiarse en un comité». Mientras tanto, el feminismo hegemónico les impone un papel de víctima y las educa en la debilidad, el resentimiento, el recelo permanente y la dependencia. Como dice Paglia, hay que salvar al feminismo de las feministas.


Foto: Fotograma de Lo que el viento se llevó, de Victor Fleming.