Un amigo
Cuando llegué con Juanjo Fernández a la Universidad Autónoma de Barcelona en enero de 1974 para empezar Filosofía y Letras, él con diecinueve años y yo con diecisiete, a los dos nos bullía en la cabeza una mezcla estrafalaria de ideas revolucionarias que encajábamos en un sistema propio del que estábamos perfectamente convencidos. Ante todo, éramos anarquistas, y pronto empezaríamos a militar en la CNT, que aún era entonces una organización clandestina. Pretendíamos también, con una pasión acaso más febril, resucitar el dadaísmo y el surrealismo, que nos parecían el logro más extraordinario de la cultura occidental. Al mismo tiempo, simpatizábamos con el trotskismo, pues nuestro referente supremo, André Breton, se había apoyado en Trotsky para defender un arte revolucionario independiente frente al realismo socialista que impuso el estalinismo. De modo que éramos a la vez anarquistas, surrealistas y comunistas, aunque esto último solo afectaba ese deje de respeto por Trotsky al que nos creíamos obligados: los totalitarismos soviético y maoísta nos resultaban tan odiosos como el capitalismo o las convenciones de la moral burguesa, …









