Entrevista

Oscar Tusquets: «Difícilmente acepto que una cosa buena sea fea»

Oscar Tusquets (1941) es arquitecto, diseñador y pintor. Empieza también a escribir ensayos en los 90, dice que para hacer amigos. Hablamos en esta entrevista de sus ideas estéticas; de las cosas que le molestan del mundo actual y de las que recuerda de su juventud; de su relación con Dalí; del último libro que ha publicado, Pasando a limpio, y del que está escribiendo ahora, en el que habla sobre todo de la muerte. 

P. Usted es pintor, arquitecto, escritor, diseñador… ¿A qué le está dedicando más tiempo ahora?

Oscar Tusquets. La verdad es que haga lo que haga, me digo a mí mismo siempre que por qué no estaré haciendo otra cosa. Cuando pinto, pienso: «¿Por qué no estoy diseñando?, ¿por qué no estoy escribiendo?» Pero hay una diferencia evidente, que es que para hacer arquitectura y para diseñar necesito un cliente, mientras que para pintar y escribir no, así que en este momento lo que más hago es pintar y escribir. La arquitectura es un arte muy comprometido. A veces me preguntan qué virtud tiene que tener alguien para ser arquitecto, y yo siempre digo que primero de todo salud. Es un arte muy caro, como el cine, y tienes que trabajar en equipo. Es una batalla, algo muy distinto a escribir. Ahora estoy escribiendo un libro, que entrego esta semana y sale a principios de marzo. Se llama Vivir no es tan divertido y envejecer un coñazo. Tengo una suerte incomparable con mi salud, pero me doy cuenta de que tengo 79 años, así que de alguna manera es un testamento. Hablo de la muerte, de la decrepitud, todo eso, pero intento no perder el sentido del humor que siempre he tenido.

¿Y qué me dice del sentido de la estética? Cita a Kafka en su libro Pasando a limpio: «La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Aquel que mantiene la capacidad de ver la belleza nunca envejece».

Unamuno decía que a los catalanes la estética les ahoga. A mí sí que me ahoga. Por ejemplo, yo veo el deporte de minusválidos y pienso que algo tan feo no puede ser bueno para nadie. Lo digo en mi libro, y Silvia Sesé, la editora, me dijo que no podía ser que dijera esto. Pero yo me reafirmo. «No despreciéis el poder de la fealdad porque es la puerta de la estupidez y ésta lo es a su vez de la maldad», dijo Sánchez Ferlosio. Y sí, yo difícilmente acepto que una cosa buena sea fea. 

Esa es una de las críticas que le hace, por ejemplo, a los hospitales.

Sí, ya es difícil tener que ir a uno, solo hace falta que además sean tan feos. No hay un bar bonito en ningún hospital, ¿por qué? ¿Por qué el bar de un hospital tiene que ser tan deprimente? Tendría que ser lo más sensual del mundo. Uno de los primeros proyectos de Alvar Aalto, un arquitecto a quien yo admiro especialmente, fue un hospital, y dedicó muchísimo trabajo a los techos, porque decía que es lo que ve un enfermo todo el rato. Ya han pasado sesenta años de esto, y en los techos de los hospitales los enfermos continúan viendo un fluorescente y un detector de humos. 

¿Y qué piensa de las mascarillas?

Odio las mascarillas. Es una cosa tan fea… Y si se decoran, peor; son indiseñables. No te permiten ver la mitad de la cara de la persona con la que hablas, y es terrible para los que padecemos un poco de sordera, porque distorsiona la voz y encima te impide leer los labios. Que hablen con mascarilla por televisión me pone malo, ¡que hagan el favor de separarse dos metros y se quiten la mascarilla! ¿Cómo puede ser que los recogepelotas del tenis, que están a veinte metros el uno del otro, vayan con mascarilla? Es para dar ejemplo, ¿sabes? Es este mundo pío que se nos ha puesto; este mundo de dar ejemplo, de discursos paternalistas. Como estos anuncios de cerveza que te dicen que tienes que ser más bueno y preservar la naturaleza. Está muy bien esto de preservar la naturaleza, pero ¿qué tendrá que ver con la cerveza? ¿O con el virus? Pero no hablemos de cosas feas…

Pues hábleme de algo que sé que le gusta, del gótico y el modernismo catalán.

Yo creo que Cataluña en arquitectura ha tenido dos momentos álgidos: el gótico y el modernismo. No soy nacionalista, así que no pienso que todo lo que se haya hecho en Cataluña sea bueno en absoluto, pero creo que estos dos momentos fueron momentos de interés universal. El gótico catalán es un gótico muy particular, muy diferente del francés, el inglés y el nórdico. Así como el gótico apenas entró en Italia, porque Italia es un país que tiene una resistencia a las cosas internacionales fantástica, en España, concretamente en Cataluña, entró con una arquitectura realmente buenísima. Es la arquitectura de la basílica de Santa María del Mar, que yo opino que es de las iglesias más bellas del mundo. Después está el modernismo: el Palacio de la Música de Domènech i Montaner, los mueblistas y diseñadores de joyas… Todo esto es impresionante, fue un momento altísimo de Barcelona. Y luego está Gaudí, que supera el movimiento.

Ha hablado mucho de la Sagrada Familia, y ha hecho una defensa de la continuación de las obras. 

Yo de joven pensaba que era una barbaridad continuar la Sagrada Familia, que los que lo querían hacer eran unos carcas. Pensaba que no había suficientes documentos, que no sabíamos qué hubiera hecho Gaudí. Fui uno de los instigadores de un manifiesto, que firmaron incluso Le Corbusier y otros, para que no continuaran con las obras. Evidentemente, el manifiesto lo que hizo fue revitalizarlas. Dijeron que éramos un grupo de comunistas, y más gente empezó a donar dinero para que se acabara. Hace unos años un arquitecto amigo me dijo que me equivocaba totalmente, y que teníamos que ir un día a verla juntos. A mí, ya desde la calle, cuando veía que levantaban la nave central, me entraron dudas. Pensaba: «¡Caray!, esto es un Calatrava pero en bueno». Pero cuando entré tuve la conversión de San Pablo. Hay muchísimos detalles equivocados, pero la luz y el espacio, que son los protagonistas de la arquitectura, son incomparables. Entonces escribí un artículo para El País que se titulaba “¿Cómo pudimos equivocarnos tanto?”. Fue un escándalo. 

¿Y cómo la ve ahora?

Hace muy poco, en plena pandemia, Jordi Faulí, el arquitecto jefe, se pasó una tarde acompañándome por las obras. Ahora hay una cosa interesantísima: por encima de las bóvedas de la nave central, donde salen las cuatro grandes torres de los evangelistas, la torre de la Virgen, y la torre más alta, la de Jesucristo, se han creado unos espacios que Gaudí preveía que había que ir fragmentando con forjados intermedios para la integridad estructural, pero que ahora lo han sustituido por anillos armados metálicos con acero inoxidable. Son unos espacios magníficos en el interior de las torres, de cuarenta o sesenta metros de altura. En este caso no hay discusión, porque aquí no hay esculturas ni nada: hay pura arquitectura gaudinista; una geometría estricta que no tiene vuelta de hoja. Nuestro razonamiento fundamental, que era que Gaudí no había dejado suficientes documentos, no es en absoluto cierto. Gaudí hizo una maqueta inmensa por la que se podía pasear que en la guerra española los rojos destrozaron, pero hay fotos buenísimas de la época, y en esta maqueta el interior está todo definidísimo. Aparte de esto, como Gaudí tenía la mala experiencia de que en la Pedrera le llegaban piedras de la cantera que no le coincidían, empezó a trabajar solo con formas definidas geométricamente. Y por lo tanto no tienen discusión; las hace un robot. Otro asunto es la parte figurativa. Gaudí opinaba que todas las esculturas tenían que ir en el exterior, que en el interior no tenía que haber prácticamente nada. Decía en un artículo que creía que la escultura está pensada desde Grecia para ir al exterior y estar iluminada por luz natural. Cuando hace la fachada del Nacimiento, hace esas locuras de ver a un viejo por las Ramblas y decirle: «Usted ahora es San José», y sacar un molde. Pero claro, sin Gaudí, ¿estas locuras quién las hace? Así que en la parte figurativa sí que tienen un problema muy grave. La fachada de la Pasión la hizo Subirachs, yo creo que con un resultado muy penoso, y la fachada que falta es la principal, la fachada de la Gloria. Allí tiene que haber doscientas esculturas, aunque ahora he visto que han encontrado una maqueta en la que hay todo un recubrimiento bellísimo que prácticamente las tapa. Pero, bueno, sí, yo me he pasado la vida defendiendo la Sagrada Familia y Benidorm, y las dos cosas me han traído problemas. 

También atacando muchas otras, ¿no? En Pasando a limpio dedica muchas páginas a las cosas que le enervan, y ha dicho en más de una ocasión que usted es un viejo cascarrabias.

Sí, aunque yo no soy ni un apocalíptico ni un integrado, como los que describe Umberto Eco, o tengo algo de los dos. Hay muchas cosas del mundo contemporáneo que me repatean y otras que me encantan. Por ejemplo, yo ya no leo en papel. Para leer, los libros me parecen un coñazo, un mal diseño. Y luego hay cosas contemporáneas que me horrorizan. La moto de agua, por ejemplo. A mí me gusta navegar a vela. El mar me encanta, me enloquece desde pequeñísimo, pero la moto de agua… qué tortura, qué estupidez, qué despilfarro de energía. Yo los insulto cuando los veo. Tampoco soporto los menús gastronómicos de la alta cocina, o a las multitudes invadiendo los museos para pasárselo mal. Si se lo pasarán bien, pues mira, pero es que ves a los vejetes allí destrozados. 

Para ver el máximo número de cuadros en el menor tiempo posible.

Yo creo que hay un umbral máximo de percepción con el arte. Si uno ve tres obras maestras en un día, ya no puede ver más. Por esto mismo estoy totalmente en contra de los menús gastronómicos de los restaurantes de vanguardia. Cuando llevo veinte gustos yo ya no puedo valorar ninguno más. Hace poco llevé a mis hijos a Roma y vimos cinco cosas: alguna escultura griega del Museo Vaticano y la Capilla Sixtina. Es que yo creo que no puedes valorar ni entender más cosas. No se puede entrar en el Louvre y ver 3.000 años en un día. Lo que me parecen maravillosos son los museos pequeñitos, dedicados a un solo artista, como el Sorolla de Madrid. 

Y tampoco le gustan los museos de arte contemporáneo… 

La pintura y la escultura que triunfan ahora me aburren muchísimo. Es un déjà vu… ¿De verdad piensan que lo que hacen es nuevo? Su única justificación es que es nuevo, porque que sea bello está claro que no les importa, ¡pero no es nada nuevo! Lo he visto veinte veces. Y, bueno, cualquier arte ideológico me mortifica. Sea del tipo que sea. Si es patriótico, peor. 

Usted tuvo mucha amistad con Dalí, ¿cómo le recuerda?

Dalí es la persona más original, más creativa y divertida que he conocido. Él superaba a su obra. Era imposible aburrirse con él, porque se había puesto la obligación de divertir, de no resultar nunca aburrido. Exceptuando los últimos años, claro, porque estaba tan enfermo y tan mal que no quería que lo viésemos; se encontraba feo. Antes de eso, era como hablar con una persona joven. O hablábamos de Luca Pacioli o de Borromini y cosas de estas, o hablábamos de las discotecas de Nueva York. A él le gustaba hablar con gente joven, físicamente agradable, y ya no digamos con arquitectos. Consideraba la arquitectura el arte supremo, y la música el arte más bajo de todos, porque decía que la música se dirige a las vísceras —y se tocaba la barriga—, y la arquitectura al cerebro. Hablar de arquitectura conmigo le divertía muchísimo. Yo antes de conocerle era antidaliniano, por prejuicios políticos de aquel momento. Un día me lo presentaron en una fiesta de Federico Correa y me dijo que le gustaba mucho una casa que yo había hecho en Cadaqués. Me invitó a su casa y fui con mi mujer de entonces, Beatriz de Moura. Salí convertido. Nos cogió aparte y nos dijo: «No podríais volver mañana?» Y volvimos, volvimos, y volvimos. Estuve con él en Portlligat, en Barcelona, en Madrid, en Nueva York, en París… Fantástico. Cuando quedaba con él, tenía la seguridad de que me lo iba a pasar bien. No le encontrabas nunca deprimido. Aunque si le caías mal era muy duro, ¿eh? A veces hacía levantar a gente de la mesa. Un día un tipo se rió del príncipe que iba a ser rey, de Juan Carlos, y le echó. 

Pues parece que vivir sí que ha sido divertido para usted…

Yo he tenido muchísima suerte en la vida. Nací en el año 1941, así que pertenezco a la primera generación europea que no fue a la guerra, y además era muy joven durante los 60 y 70. Ser joven en el momento de la aparición de los Beatles, los hippies, California y el 68 en París era fantástico. Yo creo que la música de esa época era en general mejor que la de ésta, y que ser joven en esa época era más apasionante que ahora. Ha sido una de las suertes de mi vida. También vivir en Barcelona, que era un ejemplo destacado de todo esto. Hubo un momento en el que Barcelona fue muy divertida y Madrid nos envidiaba. En el extranjero a veces se considera que España era un país plano y gris, que no tuvo ningún interés hasta que en el 75 muere el dictador y entonces se convierte en un país apasionante. Pero esto no es verdad. Yo acabé la carrera en el año 64, y todos los sindicatos de la universidad eran comunistas. Eran ilegales o lo que quieras, pero existían, y la cultura era toda antifranquista. Antes de la muerte de Franco pasaron muchas cosas divertidas e interesantes. Había un local, Zeleste, al lado de Santa María del Mar, donde tocaba Pau Riba, El Gato Pérez, Sisa… Qué gente. Y eran amigos nuestros. Nosotros hicimos la Casa Fullà en el 74, y estaba siempre llena de gente divertida. Se vivía siempre con las puertas abiertas. Nos acostábamos con las novias de nuestros amigos, y nuestros amigos con la nuestra. Era una cosa difícilmente digerible, pero teníamos la idea de que las mujeres no eran una propiedad privada. 

¿Qué dice en su nuevo libro sobre la vejez?

Pues digo: «Jóvenes, no os creáis esto de los vejetes bien avenidos en la cubierta de un barco, mirando el horizonte porque tienen un plan de pensiones». Es mentira todo esto. Esto del cine americano, de superar las enfermedades, de que las parejas después de veinte años se quieren más que cuando se conocieron… Son todo mentiras. Al final afronto temas más delicados: la eutanasia, el suicido, hablo de muertes de amigos, de muertes siniestras, de la de mis padres… El penúltimo capítulo es sobre el suicidio de Juan Belmonte, que me parece modélico. La cubierta es un dibujo mío de él toreando… El arte del toreo tiene algo bueno, que es que, si eres un absoluto farsante, te coge el toro. A un fraude como el de Koons o el de Hirst, los coge el toro al primer pase. Yo no conozco otro arte así.


Foto: Retrato de Oscar Tusquets, hecho por Eva Blanch.