En un artículo anterior de La Puñalada, hablé de cómo los ensayos y artículos de Jean-François Revel podían servirnos para entender uno de los conflictos geopolíticos más importantes de la actualidad: la guerra entre Rusia y Ucrania. En esta ocasión, me gustaría volver a su obra para tratar de comprender algunos aspectos del conflicto que más atención ha acaparado, a nivel global, en el año que acabamos de cerrar: la guerra entre Israel y Palestina.
Revel era un gran conocedor de las realidades políticas de muchos países africanos, asiáticos, americanos, y por supuesto, estudió con profundidad los Estados Unidos, Rusia y Europa; y sin embargo, apenas escribió sobre Oriente Próximo. Si me interesa analizar este conflicto a la luz de sus ideas, no es en este caso para recuperar sus opiniones y análisis sobre el conflicto palestino-israelí en particular, sobre el que nunca se posicionó de forma muy clara, sino para reivindicar su aproximación a los conflictos políticos en general, que contrasta de forma evidente con el discurso maniqueo que se impuso desde el comienzo de esta guerra.
Después de unos meses de alto al fuego, podemos analizar lo sucedido con la serenidad que exige un asunto tan delicado, siguiendo la frase que se le atribuye a Kapuściński, de que el periodista empieza a trabajar cuando se apagan los focos. En este caso, la intensidad del foco era tal que era difícil ver sin quedar deslumbrado. Seguramente desde la Guerra del Vietnam no ha habido conflicto político que haya despertado más interés mediático que la reciente guerra entre Israel y Palestina. Las entregas de premios, los conciertos y todo tipo de certámenes se vieron durante un tiempo plagados de proclamas de apoyo a la causa palestina y de exigencias de boicot a Israel que, a la vista estaba, tenían mucho más de exhibición moral que de indignación real (un ejemplo elocuente de ello fue la triste misión humanitaria que partió desde Barcelona, coronada por el triunfo mediático de sus protagonistas, que regresaron sonrientes ante las cámaras tras el fracaso de su empresa). La frivolidad con la que se tratan asuntos que causan tanto sufrimiento humano; la ligereza con la que muchos se apresuran a tomar partido sin tener el más mínimo conocimiento del conflicto; el oportunismo con el que algunos políticos se suben al carro de las corrientes ideológicas de moda; la mala fe con la que se interpretan cualquier duda, objeción o matiz en el debate público, nos hicieron echar en falta una voz como la de Revel, que siempre se aproximaba a los hechos sin la coraza de la ideología, para analizarlos caso por caso, sin apriorismos ni prejuicios.
Es duro vivir sin ideología –explicaba en El conocimiento inútil–, ya que, en ese caso, uno no encuentra, en su existencia, más que casos particulares, cada uno de los cuales exige un conocimiento de los hechos único en su género y apropiado, con riesgos de error y de fracaso en la acción, con eventuales consecuencias graves para uno mismo, con peligro de sufrimiento y de injusticia para otros seres humanos, y con probabilidades de remordimiento para quien toma una decisión.
Él vio a muchos intelectuales de su generación poner su influencia y prestigio al servicio de los regímenes más sanguinarios sin que eso pareciera quitarles el sueño, y reaccionó a ello con los mayores escrúpulos y diligencia en el oficio que terminó por ejercer la mayor parte de su vida, el periodismo.
En sus fascinantes memorias, El ladrón en la casa vacía, se lamentaba de vivir en tiempos dogmáticos e ideológicos en los que se hubiera sustituido el arte de la conversación por la lógica de la notificación: «Cuando unos interlocutores se informan mutuamente sobre sus posiciones no es para modificarlas eventualmente tras haber escuchado al otro, sino para saber dónde se “sitúa” éste con objeto de decidir si podrá reclutarlo o tendrá que exterminarlo». No se trata, desde luego, de un fenómeno exclusivo ni de su época ni de la nuestra, pero es cierto que hay tiempos más dogmáticos que otros. Durante la guerra palestino-israelí, la imperiosidad con la que se exigía una notificación adquirió tintes grotescos. Ya incluso con la guerra terminada, recientemente, pude ver cómo una chica pasaba verdaderos apuros al comentarme que iría a un concierto de Radiohead. Se apresuró a justificarse: «Ya sabes lo que dicen, pero yo no creo que sea del todo cierto», etc. Por lo visto, el pecado del grupo británico había sido defender una obviedad para cualquiera que no esté enfermo de dogmatismo: que tocar en un país no es lo mismo que respaldar a su gobierno. Esto es algo que dijeron en 2017, tras recibir críticas por haber dado un concierto en Tel Aviv, pero cuando estalló la guerra, dejaron claro que no tocarían en Israel mientras Netanyahu continuara en el poder. Se ve que a muchos seguidores les había parecido un apoyo demasiado tibio a la causa palestina. No le descubro nada al lector: este es solo uno de los miles de ejemplos que uno podía ver a diario, cuando las almas justicieras se desocuparon de la vida íntima de los hombres para dedicarse de lleno al linchamiento, no ya de los defensores de la causa israelí, sino incluso de los que decidían no posicionarse o se posicionaban sin el entusiasmo que algunos creían que la causa requería. Todos pudimos ver a algunos periodistas sudar la gota gorda para sacarle a Woody Allen una postura clara respecto a la guerra en la gira que dio para presentar su primera novela, pero él se desenvolvió con la calma del que ya ha sido cancelado unas cuantas veces, y tuvo la honradez y la elegancia de decir y repetir que, sencillamente, no tenía nada inteligente que aportar al debate. En esto siguió el espíritu de Revel, que siempre se guardó mucho de pronunciarse sobre una cuestión más que después de haber «considerado todas las informaciones disponibles, sin eliminar deliberadamente ninguna y sin deformar ni expurgar ninguna».
El clima que se vivió no era solo dogmático, también era conspiranoico: muchas empresas empezaron a ser señaladas como sospechosas de apoyar de alguna forma oscura y secreta la guerra israelí. En muchas universidades americanas, sobre todo las más prestigiosas, los estudiantes con más afán de protagonismo se manifestaban y acampaban convencidos de que había una trama urdida entre su universidad y el gobierno israelí. En España, una intervención de un diputado de Madrid se hizo célebre: «¿Qué le debe Ayuso a Israel?» Como si todo apoyo a Israel tuviera que explicarse siempre por motivos inconfesables (algo muy propio, por lo demás, del antisemitismo). Por no hablar de la extraña moda de vestir kufiya y corear proclamas genocidas («Desde el río hasta el mar») entre los hijos de las mejores casas occidentales.
A Revel siempre le inquietó –lo vemos sobre todo en El conocimiento inútil, pero es algo que atraviesa toda su obra– que el ser humano, teniendo a su disposición informaciones que le permitirían evitar una serie de catástrofes, decidiera, deliberadamente, ignorarlas. En las democracias no existe, en principio, un problema de acceso a información fiable; sin embargo, Revel constató que los prejuicios y los odios son a menudo más eficaces que la censura a la hora de impedir el conocimiento. Él fue testigo de cómo grandes mentiras difundidas por las peores tiranías, sobre todo por la URSS, lograban imponerse en Occidente aunque en ocasiones una verificación mínima, al abasto de cualquiera, hubiera bastado para evitar su difusión. A veces las mentiras eran tan burdas que hacía falta una buena dosis de ingenuidad –en el mejor de los casos– o de fanatismo y mala fe –en la mayoría de ellos– para aceptarlas. Ya en los años 80, cuando Revel escribía para Le Point, Israel formaba parte del Imperio del Mal para la izquierda (hay que recordar que no ha sido siempre así: Israel gozó de su total apoyo y simpatía durante su fundación) y era víctima de bulos persistentes. En una reseña del ensayo De Moscou à Beyrouth: Essai sur la désinformation, de Léon Poliakov, Revel habla de las atrocidades apocalípticas atribuidas al ejército israelí durante la guerra del Líbano del verano de 1982:
Tanto si se aprueba como si se desaprueba la política del Estado de Israel en esta ocasión, tiene que ser posible distinguir entre lo que pasó realmente en el campo de batalla y las noticias que de tales hechos dieron los medios de comunicación. Es perfectamente legítimo considerar que de ciento cincuenta a ciento sesenta víctimas civiles en los dos bombardeos de Tiro y de Saida son una cifra de todos modos intolerable, y sin embargo preguntarse por qué los medios de comunicación internacionales creyeron en un principio poder hacer una estimación de quince mil muertos, sin que posteriormente hayan rectificado.
Podemos preguntarnos también por qué la relatora de la ONU Francesca Albanese creyó que podía estimar que habían muerto 680.000 gazatíes cuando incluso Hamas contabilizaba 65.000. O por qué se publicaron en los medios tantas fotos de supuestos gazatíes hambrientos que resultaron tener patologías previas. O por qué se insiste en hablar de apartheid en un país donde la minoría árabe y drusa —un 20% de la población— goza de los mismos derechos legales que sus compatriotas judíos y acceso a las más altas instituciones del Estado. Hay una diferencia esencial entre un país en el que la población árabe puede desarrollarse plenamente y acceder a todos los ámbitos de la vida pública, y otro en el que sería inconcebible que residiera un ciudadano judío. Y, sin embargo, es el Estado de Israel el que es acusado una y otra vez de practicar el apartheid. O por qué, y esto es lo más incomprensible de todo, la opinión pública apenas ha protestado por que los líderes de Hamás utilizaran viviendas civiles, mezquitas, escuelas y hospitales como lugares para almacenar armamento, yendo en contra de las Convenciones de Ginebra y poniendo en riesgo evidente a la población civil. Por qué se ha evitado reconocer, en definitiva, que los primeros opresores de los palestinos han sido sus propios gobernantes y que, en muchas ocasiones, el Estado israelí adoptó más medidas para proteger a la población civil palestina que sus dirigentes, quienes los usaron como carne de cañón. Siguiendo a Revel, no es mi propósito dilucidar aquí cuáles fueron los excesos de Israel —que, sin duda, los hubo—, sino preguntarme por qué la conversación pública se degradó hasta el punto de no solo distorsionar o manipular los hechos, sino de invertir sistemáticamente los términos de la realidad.
La guerra siempre ha sido un escenario propicio para los bulos, y resulta difícil distinguir la verdad de la mentira cuando las noticias provienen de lugares remotos desde los que se informa en las peores condiciones. A nadie se le puede escapar, sin embargo, que el conflicto entre Israel y Palestina, como el de Rusia contra Ucrania, es un conflicto entre una democracia (imperfecta, desde luego) y una dictadura, y que la opinión pública ha tomado partido sin ambages desde el principio por la dictadura. Hemos asistido a un fenómeno que Revel no se cansó de denunciar: quienes, en las democracias, se presentan como los mayores paladines de los derechos humanos, cierran los ojos ante las atrocidades cometidas por los regímenes más sanguinarios. Podríamos llegar a creer que tienen una sensibilidad democrática exquisita si no fuera porque todos sus escrúpulos se desvanecen cuando de lo que se trata es de juzgar a las peores tiranías del mundo. Esto es algo que obsesionaba a Revel, y que le parecía que terminaría por ser fatal para las democracias: que los regímenes más permisivos con las críticas fueran los únicos vulnerables frente a ellas; que los ciudadanos de las democracias pudieran trabajar activamente por su destrucción de una forma en que no podrían en una dictadura, y que una y otra vez eligieran ejercer esa libertad contra su propio sistema, contribuyendo, en la práctica, a la expansión de los totalitarismos.
Otra cuestión a la que Revel dedicó muchas páginas es a lo que él llamaba tercermundismo, esa ideología que impide criticar a cualquier país pobre y huye de atribuirle ninguna responsabilidad a sus gobernantes de la miseria a la que somete a su población, y sistemáticamente atribuye a los países ricos la culpa de todas sus crisis y desgracias. Esto es algo que sin duda sucede en el conflicto palestino-israelí. Vemos que la opinión pública se escandaliza cuando ve la prosperidad de la que goza la sociedad israelí en comparación con la pobreza que sufre la palestina, pero en cambio no se inmuta al ver la opulencia en la que vivían los líderes de Hamás y la miseria a la que sometían a su población, pese a que en este segundo caso la responsabilidad sea indiscutible.
En El conocimiento inútil, Revel explicó cómo las organizaciones internacionales que buscan erradicar la miseria y la tiranía en los países del tercer mundo contribuyen, por el contrario, a acrecentarlas. Los peores dictadores de los países más pobres han explotado sistemáticamente esa miseria para enriquecerse. En sus momentos más bajos, en las peores carestías, abrían las puertas a los reporteros de la BBC y hacían alguna declaración sobre la falta de apoyo de los países ricos. El público occidental recibía la noticia horrorizado y, con la mejor intención del mundo, se disponía a enviar donativos o a presionar a sus gobiernos para que enviaran ayuda. Por supuesto, ese dinero nunca llegaba a los hambrientos. Según Revel, la receta es de Lenin, pero ha sido repetida numerosas veces y perfeccionada por dictadores como el coronel Mengistu Haile Mariam, que se enriqueció a costa de la muerte de 1.200.0000 etíopes. Hamás ha sabido explotar la misma estrategia con gran éxito: sus líderes han recibido cientos de millones de dólares de organizaciones humanitarias norteamericanas y europeas. Con la guerra empezada, el sufrimiento del pueblo gazatí fue también su arma más poderosa. La prueba más evidente de ello es que no hicieron nada para evitarlo, sino todo lo contrario. Todo esto nos lleva a una pregunta que Revel se hizo a menudo y que sigue siendo del todo pertinente al analizar el apoyo a la causa palestina: ¿somos amigos del tercer mundo o amigos de los tiranos del tercer mundo?
Que el dolor de los pueblos pobres importa más bien poco lo demuestra el hecho de que solo suscite indignación cuando pueda atribuirse a Occidente. Las olas de solidaridad despertadas por el pueblo palestino, frente al silencio mediático que acompañó, por ejemplo, el conflicto en Sudán o, más recientemente, las protestas iraníes, confirman la aguda observación de Bioy Casares: «A nada quiere tanto la gente como a sus odios». Uno de los odios históricos de la izquierda y de cierta derecha ha sido la democracia liberal americana, de ahí que Israel y su gran aliado, Estados Unidos, sean presentados como el origen de todos los males. Sobre este odio, Revel sí que escribió largo y tendido. La obsesión antiamericana, el último libro que publicó, trata de eso:
Los días 11 y 12 de septiembre, ante las ruinas y los miles de cadáveres, éramos «todos americanos». Pero, al cabo de cuarenta y ocho horas, se oían algunas notas discordantes. ¿No había que preguntarse por las causas profundas, las «raíces», del mal que habían movido a los terroristas a su acción destructiva? ¿No tenían los Estados Unidos una parte de responsabilidad en su propia desgracia?
El discurso recuerda mucho al que se impuso tras los hechos del 7 de octubre con la diferencia de que, ni siquiera el 7 y el 8 de octubre, fuimos todos israelíes. En Democracias y cultos a la muerte, un ensayo tan recomendable como perturbador, el periodista británico Douglas Murray ha dejado constancia de los tuits que hicieron algunos profesores de las universidades más prestigiosas del mundo occidental celebrando la masacre cuando los terroristas aún ni siquiera habían sido neutralizados. Ese mismo día también se convocaron manifestaciones de apoyo a sus actos, algunos de los más salvajes jamás registrados, en ciudades como Londres y Nueva York. A medida que avanzaba la guerra, una parte significativa de la opinión pública —muy especialmente en el ámbito estudiantil— se fue aproximando peligrosamente a las posiciones de Hamás (no en vano, sus dirigentes celebraron lo que denominaron «la gran movilización estudiantil» en las universidades occidentales). Poco les faltó para corear lo que en 2012 proclamó el vicepresidente del Parlamento de Hamás en un sermón: «Oh, Alá, destruye a los judíos y a quienes los apoyan. Oh, Alá, destruye a los americanos y a quienes los apoyan. Oh, Alá, cuéntalos uno por uno y mátalos a todos, sin dejar ni a uno solo».
Revel estudió a fondo la Guerra Fría y la maquinaria de la mentira que la sostuvo. Tras la caída del muro de Berlín, su obra sigue ayudándonos a comprender y a orientarnos en un mundo que continúa tan envenenado de ideología y dogmatismo como aquel que describió. En sus memorias advertía de que la herencia más profunda y destructiva del comunismo había sido «la persistencia de graves costumbres de falta de honradez intelectual que se consideran legítimas y sustituyen con toda naturalidad el debate leal y competente de ideas». Estas costumbres siguen vigentes; rara vez lo hemos visto con tanta claridad como en los peores momentos de esta guerra. En el año en que se cumplen veinte años de su muerte, y que se anuncia tan convulso y complejo como el que dejamos atrás, urge rescatar el espíritu del que Vargas Llosa calificó como el último heredero de la gran tradición de los inconformistas franceses.
Foto: De Romain Guy, vía Flickr.
