Filosofía

Lecciones de filosofía y amistad en el «Critón»

En el Critón, mientras Sócrates espera el regreso de la nave de Delos que anunciará su muerte inminente, Critón lo visita con la intención de proponerle que huya y salve su vida:  Si mueres, no padeceré solo una desgracia, sino que aparte de perder a un amigo como no voy a encontrar a otro, también a muchos que no nos conocen bien a ti y a mí les parecerá que, pudiendo salvarte si quisiera gastar dinero, no me he preocupado.  Sócrates protesta: «Pero ¿y a nosotros qué nos importa, querido Critón, el parecer de la mayoría?». Si seguimos las consecuencias de la argumentación posterior de Sócrates, relativa a esta pregunta, no hay que dar importancia a las opiniones de la mayoría, pero no porque sean de la mayoría, sino porque hay que tomar en consideración solo la buena opinión frente a la mala, y es esta la que suele atesorar la mayoría, mientras aquella pertenece generalmente a los pocos. Critón insiste en lo que cree que es un error de su amigo: «Me parece, Sócrates, …

Juan Benet y la novela como metafísica de la ruina

En ocasiones decimos que la novela es un método de conocimiento de la realidad. Bien, pero, ¿de qué clase de conocimiento y de realidad hablamos? Por no ser éste el lugar para tratar con detenimiento un asunto de tal complejidad, propongo al lector que me conceda una premisa: el ser humano es un ser narrativo. Cuenta historias, narra, y haciéndolo otorga sentido a los acontecimientos —historializa— y se da una identidad. La novela, arte narrativo por excelencia, puede proporcionarnos un conocimiento valioso y distinto al que encontramos en otros campos del saber. En efecto, considero que si queremos descifrar a ese animal paradójico y temporal que es el ser humano debemos dirigirnos a las artes (la literatura y la música entre ellas) por ser el terreno que durante siglos hemos abonado hasta hacerlo especialmente fértil.  Tanto si estamos hechos de tiempo —«Tu materia es el tiempo, el incesante / tiempo» leemos en «El ápice» de Borges— o si somos creadores de tiempo, lo cierto es que en el monumento literario podemos encontrar una serie de …

Gregorio Luri: «No tenemos derecho a enjuiciar el pasado, a traerlo aquí maniatado ante el tribunal de nuestras impaciencias»

Gregorio Luri (Azagra, 1955) es filósofo, pedagogo, escritor y, como él mismo recuerda a menudo, ante todo maestro. A lo largo de su trayectoria ha enseñado en todas las etapas educativas, desde la escuela hasta la universidad, y ha participado de forma constante en el debate educativo en España.  Es autor de una extensa obra ensayística —entre otros títulos, La escuela no es un parque de atracciones (Ariel), El deber moral de ser inteligente (Plataforma) o La imaginación conservadora (Ariel)—, en la que combina su formación clásica con una mirada crítica sobre los desafíos actuales de la educación.  La entrevista que sigue se adentra en algunas de las ideas de su publicación más reciente, La dignidad del mediocre (Ediciones Encuentro). Pregunta. En La dignidad del mediocre, su último libro, usted presenta al ser humano como un proyecto siempre por terminar, marcado por la imperfección y por una necesidad de perfeccionarse que nunca llega a cerrarse del todo. Gregorio Luri. Exactamente. Se trata, al menos, de aprender a convivir con tu condición real. En nuestra sociedad hemos …

TELÉMACO

El sueño de la orfandad engendra monstruos

«Pobre mente, que tomas tus argumentos de los sentidos y luego quieres derrotar a estos. Tu victoria es tu derrota». (Demócrito, B125) Suelen ser extraños todos los tiempos para los que los padecen, salvo, tal vez, durante periodos, perdidos entre las hecatombes históricas, agraciados con la placidez y el tedio de la paz y la abundancia. En la segunda mitad del siglo XX cupo un bienestar social, económico, tecnológico y cultural hasta un grado sin precedentes para cada vez mayores regiones y capas de la población. Para los contemporáneos bendecidos por el crecimiento occidental tras la postguerra mundial no resultaba fácil prever el declive patético que, sin embargo, se fue vislumbrando como inexorable a medida que las opulencias sociales iban reblandeciendo materialmente las instituciones que las hacían posibles. Una de esas instituciones condenadas al desagüe de la Historia o, en todo caso, a su debilitamiento y casi marginalidad entre las clases favorecidas por el desarrollo del Estado benefactor fue la familia y, con ella, la figura paterna. Sucedió también, de modo acaso más flagrante, con …

Desidiosa occupatio

Desidiosa occupatio

Cuenta Séneca en Sobre la brevedad de la vida (XVII.7) que «uno de esos adictos al placer —si es que hay que llamar “placer” a desaprender la vida y la costumbre humana—, cuando lo sacaron del baño en brazos y lo colocaron en una silla, preguntó: “¿ya estoy sentado?”», y añade: «Este que ignora si está sentado, ¿tú crees que sabe si vive, si ve, si está libre de inquietudes?».  Ese delicatus —nosotros hemos traducido «adicto al placer»— se ha entregado hasta tal punto a los placeres que ha perdido la capacidad de interpretar el estado en el que se encuentra su propio cuerpo, y Séneca nos lo presenta para insistir en una idea que ya ha anunciado antes: que hombres tales no son verdaderamente otiosi —en la cita hemos traducido el término otiosus por «libre de inquietudes»—, sino más bien hombres ocupados, ajetreados por su necesidad de placer. Para Séneca el otium consiste en el cultivo de la sabiduría, y el otiosus es, ante todo, el hombre sabio que no pierde el tiempo en …

La fértil penumbra

La fértil penumbra

Alguien accedió por vez primera a la profundidad de una cueva, donde la oscuridad se adueña de los sentidos, no en busca de refugio, pues el riesgo que corría en esos adentros superaba por mucho todo sentido de seguridad, sino para dejar, movido por una intuición menos instintiva, una huella ocre e indeleble de conciencia. En lo más profundo se dejó constancia inaugural de inquietudes enteramente humanas. «Allí, justamente allí: en la intimidad», escribe Ferran Sáez Mateu en uno de sus últimos ensayos, La intimidad perdida, publicado por Herder en octubre de 2024.  Sin posibilidad de recibir explicación alguna de aquel primer artista, nos es razonable suponer que lo que ocurría en la cueva no se trataba en el fondo de un acto de comunicación para un otro, sino que, en ese espacio sombrío, el hombre puso en marcha nuestra irrenunciable tradición representativa por una necesidad de internalización de lo externo. La pintura en las paredes no era en ese momento para nadie más que para él; un intento de colmar el vacío de significado …

Ninguna parte

Ninguna parte

Puede que incomode preguntarse por enésima vez qué son las humanidades y por qué hay que lamentar ⎯si es que hay que lamentarlo⎯ su decadencia, pérdida, corrupción o como se quiera llamar a eso que parece que les ha ocurrido entre el siglo XVII y la actualidad, y puede que incomode porque no es descabellado pensar que la respuesta que vamos a ofrecer aquí pudiera ofender especialmente a los que creen ser sus acérrimos defensores.  Lo primero que seguramente es necesario aclarar es que, aunque vamos a manejar aquí el concepto de «humanidades» sin darle de entrada una definición precisa, y por lo tanto conservando aparentemente su significado usual, lo cierto es que enseguida se verá que para nosotros adquiere de hecho connotaciones y matices que cambian completamente su sentido. Ese sentido, resumido, es lo que intentaremos presentar aquí, aunque puede que este espacio sea demasiado breve para que tengamos éxito.  Si la pregunta sobre la decadencia de las humanidades se la hiciéramos a los presuntos expertos, es más que probable que tuviéramos que aguantar …

Más allá de la materia

Más allá de la materia

«En tu propio pecho llevas tu cielo y tierra, y todo lo que contemplas, aunque parezca estar afuera, está dentro, en tu imaginación, de la cual este mundo de mortalidad no es más que una sombra.» — William Blake En 1905, Albert Einstein formuló la teoría de la relatividad especial, que proponía que el tiempo y el espacio no eran absolutos, sino relativos al observador. Más tarde, en 1915, presentó la teoría de la relatividad general, que describe la gravedad como una curvatura del espacio-tiempo causada por la masa y la energía. En 1919, un experimento durante un eclipse solar verificó esta teoría, lo que catapultó a Einstein a la fama internacional. Dos años más tarde, en 1921, le fue concedido el Premio Nobel de Física, pero no por su teoría de la relatividad, sino por su descubrimiento del efecto fotoeléctrico, un hallazgo clave para el desarrollo de la mecánica cuántica. La aceptación de sus ideas sobre la relatividad no fue inmediata. De hecho, hicieron falta más de quince años para que la comunidad científica …

Lo que ocurrió antes

Lo que ocurrió antes

Algunas decisiones conscientes pueden predecirse antes de que entren en nuestra consciencia. Este tipo de hallazgos, demostrados en famosos estudios como los del fisiólogo Benjamin Libet en los ochenta, o los del neurocientífico John-Dylan Haynes más recientemente, plantean una conciliación difícil con la sensación inevitable de que uno es el origen consciente de sus decisiones y acciones. En Determined (2023), un compendio que se hace eco de estos y otros estudios que añaden a la causa, el neuroendocrinólogo Robert Sapolsky agita el debate sobre el determinismo con una posición contundente: el libre albedrío –dice con rotundidad– no existe. El determinismo causal no es una idea nueva, como tampoco lo es que este limitaría el libre albedrío. Pero Sapolsky dobla la apuesta y afirma que no tenemos agencia, que no tomamos decisiones ni participamos en procesos de razonamiento. Simplemente, somos seres a los que les pasan cosas. En Determined, las evidencias científicas se apilan una sobre otra, y el punto clave de la posición de Sapolsky estaría en el hecho de que la explicación no es …

Cartografía del silencio (La segunda navegación)

Cartografía del silencio (La segunda navegación)

Reseña (elogio) de Elogio de la filosofía, de Gabriel Albiac. Sobre un fondo negro, con los rasgos levemente difuminados, Edipo y la Esfinge mantienen, mejilla contra mejilla, una simetría sinuosa entregada a un lánguido abandono en el instante de quietud y calma tras el cual acecha el estallido. Justo antes de ser devorado por la Esfinge, Edipo abre los ojos. Ya no podrá cerrarlos. Cegado para siempre, vencido por un fogonazo insoportable, vagará sin remedio como el héroe que ha sido sacudido por un volcán de espanto, como el Hamlet que, según recuerda Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, ha conocido y siente náusea de obrar. Surcando las aguas neblinosas de las apariencias, el filósofo se empecina en abrir fisuras de una claridad artesanal que señalen al Edipo devorado por sí mismo vestigios de un mundo de palabras y geometría. En tal navegación de retorno (a la caverna o antro de sombras que nos constituye en acuciante suerte), la escritura va dejando rastro sobre el rastro que determina los destinos del caminante. La tensión …