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A vueltas con la tradición literaria, más una fábula

El pasado nunca muere, ni siquiera es pasado. — William Faulkner

Cómo leen nuestros contemporáneos es hoy una pregunta superflua o apremiante. Si lo primero, por la razón a la que apunta el desplome de los índices de lectura en nuestra y cualquier otra sociedad: muerto el perro, se acabó la rabia. Es evidente que se puede vivir y prosperar de la cuna a la tumba sin haber leído un solo poema, una sola novela, el más breve de los ensayos. Hay quienes declaran que la relegación de la literatura es marca de progreso; son los mismos que piensan que el único saber útil es el científico, y que la literatura es fumistería y distracción. ¿Qué puede enseñarnos una ficción? Y si las ficciones de hoy no aportan nada a la urgente tarea de hacer cuanto antes realidad el mundo feliz del radiante futuro, ¿qué decir de las de ayer? ¿Qué causa o razón puede justificar que dediquemos un minuto de nuestro valiosísimo tiempo a leer un verso de Shakespeare, un párrafo de Cervantes, un pensamiento de Montaigne?

Por otra parte, cómo leemos determina en buena medida cómo sabemos lo que sabemos y si algo sabemos. En un artículo reciente recordé el diagnóstico pesimista de Philippe Muray: «Nos hemos cargado la Historia y, con ella, la tradición. Que no es otra cosa que la capacidad de dar sentido al cambio». Sospecho que esta consecuencia ⎯eliminada la tradición, no hay manera de distinguir entre continuidad y cambio⎯ también es válida para los científicos, por mucho que les pese reconocer este hecho a sus más fanáticos turiferarios. No deja de ser curioso que precisamente sean estos los más proclives a seguir cultivando la superstición del positivismo, con todo y su concepción pre einsteniana de un tiempo que avanza imperturbable en un vacío verdadero y matemático, huérfano de observadores, y su corolario en el terreno de la historia: avanzamos siempre de menos y peor a más y mejor. Entran ganas de recordarles, a ellos y a todo el que desprecie la literatura, aquello de T.S. Eliot: «Alguien dijo: “Los escritores muertos nos resultan remotos porque sabemos mucho más que ellos”. Exactamente, y ellos son lo que sabemos».

La cita es de un ensayo famoso, Tradición y talento individual, que ha cumplido más de un siglo. Ahora que nuestra relación con el pasado corre el peligro de reducirse cada día más a hacer preguntas a un bot de Inteligencia Artificial, será necesario recordar en qué consiste (¿consistía?) esa forma específica de dicha relación que es la tradición literaria.

La tesis de Eliot, si hubiera que resumirla en una frase, es que la literatura no evoluciona linealmente, que en literatura no hay «progreso», en el sentido positivista del término. Para decirlo more científico, el orden cronológico no es una variable experimental de la literatura. Pero la «tradición» a la que se refiere Eliot no tiene que ver con el respeto y la veneración por obras y autores del pasado. No es un gesto conservador o reaccionario, sino la descripción fidedigna de la relación existente entre las obras de hoy y las del pasado, tanto en su vertiente creativa (el escritor) como receptiva (el lector). Más que abolición de la temporalidad, supone la existencia de una dimensión temporal en la que el antes puede fecundar el después, pero también, y con la misma eficacia, el ahora modifica la percepción que del ayer tenemos hoy y tendrán otros mañana.

En la dimensión temporal específica de la literatura no es que no se registre ninguna evolución, sino que esa evolución no es normativa. El primero en postular este principio fue Wölfflin, y su primer ámbito de aplicación fue el de las artes plásticas. Gérard Genette, el último gran teórico francés de la literatura, lo explica de este modo:

El principio de Wölfflin también puede formularse así: ninguna forma artística es admisible antes que otra, sino que supone que esta última ya ha sido adquirida, aceptada, rechazada o «superada». Este principio de evolución nunca es normativo, pero sin duda marca el rumbo de la historia de las artes. Creo recordar que Péguy decía más o menos que «Racine no sustituyó a Corneille como la cámara de aire sustituyó al neumático macizo»; ciertamente, pero sin embargo sería difícilmente concebible que Racine hubiera precedido a Corneille, o que Verdi viniera después de Puccini, o que los «postimpresionistas», así etiquetados por Roger Fry (y que quizá no siempre tuvieran mucho más en común), no hubieran conocido y «asimilado», cada uno a su manera, el llamado impresionismo. Esto no es mejor que aquello, pero esto siempre supone, de una forma u otra, un tránsito, el recuerdo de aquello —o su olvido voluntario—, como cuando Richard Strauss (que bien sabía lo que le debía a Wagner), al margen de cualquier «vanguardia » y hasta en su Capriccio (1942) o las Cuatro últimas canciones (1948), ignora a sabiendas (si se me permite este oxímoron) espléndidamente la aportación de un Debussy, un Schönberg, un Bartók o un Stravinsky. Por el contrario, no sabemos muy bien cómo calificar («¿avance?», «¿retorno a?») la forma en que este último, en los años 1950, ensaya (este verbo se queda corto, pero «abraza» sería sin duda demasiado fuerte) una escritura atonal vieja ya de varias décadas.

Esta manera de concebir el arte, la música o la literatura y su funcionamiento irradia en otros autores de reflexiones críticas tan fundamentales, en el caso de la literatura, para la comprensión del hecho literario como las que Eliot expuso en su canónico ensayo. Irradia y se amplifica, de tal modo que acaba fecundando una idea de la literatura atenta ante todo a la recurrencia (o el abandono) de figuras, temas, sensibilidades. Tan solo en el ámbito de la lengua francesa, Albert Thibaudet y Paul Valéry, Jean Rousset y Georges Poulet, Jean Starobinski y el mismo Genette son algunos de esos autores. Thibaudet aspiraba a escribir una historia de la literatura para la cual las fechas no contaran, una historia liberada de la tiranía de las redundantes cronologías, los reductores cuadros sinópticos, las monótonas fichas monográficas. Valéry soñaba con escribir una historia del espíritu «en la medida en que este produce y consume literatura»; es decir, una historia de la literatura en la que no fuese necesario registrar un solo nombre propio de autor. Propósito parcialmente logrado por quienes, como Rousset, Poulet y Starobinski, académicos de la Escuela de Ginebra, rompieron el estrecho y pobretón corsé de los estudios basados en «el autor y su obra», para explorar, con la mayor hondura filológica, histórica y literaria, los motivos temáticos y las imágenes del Barroco (Rousset, quien aplicó por primera vez a la literatura los conceptos y teorías del Barroco artístico), las visiones del tiempo humano o de una figura como el círculo plasmadas en obras literarias a través de los siglos (Poulet), la melancolía y sus variaciones (Starobinski). Para Genette, esa concepción en la que coinciden todos ellos es la de una literatura «totalmente contemporánea de sí misma, navegable, reversible, vertiginosa, secretamente infinita. Se puede decir de ella lo que Proust, en su Contra Sainte-Beuve, escribía sobre el castillo de Guermantes: “El tiempo ha tomado allí la forma del espacio”».

Esto fue escrito a mediados de los 60, y es fácil detectar en la visión de Genette cierta tendencia al utopismo, tan característico de la época. Eso sí, la utopía que subyace en ella es incruenta y fértil, a diferencia de las que asolaron el siglo XX y de las que siguen juntando cadáveres en el XXI. Es la utopía de un espacio sin límites en el que todos los libros son o aspiran a ser un solo libro, y donde cada libro contiene a todos los demás. Los lectores de Borges, si aún los hubiera, habrán reconocido en ese espacio un tema esencial de sus ficciones, ensayos y poemas. El espacio de la biblioteca borgesiana ofrece el más claro correlato objetivo de la espacialidad de la literatura postulada por Eliot y en diverso grado ilustrada por los citados escritores. Se trata de una biblioteca ideal, sin duda, en el sentido platónico, pero se levanta sobre los cimientos de una profunda intuición: la de que no es posible leer o escribir un solo libro, poema o ensayo aisladamente, porque todo libro, toda obra literaria convoca la memoria de otros libros y obras y es sostenida por ellos. Y en otro ejemplo de reversibilidad, en este caso no temporal sino entre lenguajes creativos, algunos cuadros de Maria Helena Vieira da Silva proponen una «lectura» visual de lo que Genette llamó la «visión panóptica de la Biblioteca Universal» que nos dejó Borges.

En Post-scriptum (2016), su último libro, Genette vuelve una vez más a abundar en las lecciones que es posible extraer de esta y otras ficciones borgesianas. Así con «Pierre Ménard, autor del Quijote», del que decía que «es lícito encontrar en este mito más verdad que en las verdades de nuestra “ciencia” literaria». Borges otorgaba validez a una sola historia de la literatura: no la de las obras, menos aún la de los autores, sino la de las lecturas. Ese es el sentido de esta extraordinaria fábula sobre un escritor que decide escribir el Quijote en pleno siglo XIX, no una versión o variación, sino literalmente la misma obra. Una fábula que ha alcanzado, como bien vio Genette, la estatura de un mito. Ya en un ensayo de 1928, Borges postulaba que una misma frase puede ser considerada un hallazgo o un lugar común, según que se atribuya su autoría a un escritor argentino contemporáneo, un autor chino o a Esquilo. La historia de la literatura, para Borges, es la historia de las lecturas de las obras literarias, y por eso advierte que la calidad de un texto literario no depende de la calidad de su escritura, sino de la de sus lecturas. «Todos nosotros ⎯dice Genette⎯, “hipócritas” o inocentes lectores, actuamos sin saberlo como Pierre Ménard, ya que, sin cambiar ni una sola palabra, y por el mero hecho de nuestra lectura y a veces de nuestra simple presencia, modificamos cada página que leemos o releemos. En mecánica cuántica, creo que esto recibe el nombre de “relación de incertidumbre”, y es la más fecunda en todos los ámbitos. Con cada nueva lectura, cada libro que leemos es “reescrito” mentalmente por su lector, exactamente como Ménard reescribió el Quijote. Así, la incansable fábula borgiana es quizá menos una parábola sofisticada de la producción literaria que una descripción fiel, en definitiva evidente y quizá banal, del acto de leer. (…) Y quizá sea este un buen momento para recordar la famosa frase de Pascal: “No es en Montaigne, sino en mí, donde encuentro todo lo que veo en él”».

Una fábula

Hace unos días hice un pequeño experimento con Claude, el «chatbot conversacional» que se ha puesto de moda recientemente. Andaba buscando ejemplos de discursos sobre la literatura que no tomaran en cuenta la tradición tal como ha sido concebida por autores como los que someramente he recordado sobre estas líneas.

El caso es que, guiada por una intuición, decidí hacerle una pregunta a Claude sobre Albert Thibaudet. Para ilustrar la idea que se hacía de la literatura y su evolución, y asimismo para dejar constancia de su rechazo del positivismo entonces imperante en Francia, Thibaudet tenía veinte años cuando irónicamente declaró su intención de escribir una «Historia de la Literatura de Bactriana». En conformidad con la metodología positivista, esa historia de la literatura ordenaría los géneros según fueron apareciendo y evolucionando temporalmente en la antigua civilización de Oriente Medio. Cada uno de ellos se vería «científicamente descrito» mediante fichas monográficas y cuadros sinópticos e ilustrado con la correspondiente selección de textos antológicos.

La pregunta que le hice a Claude es esta (utilicé la versión en inglés, suponiendo que un bot de IA tiene acceso a más fuentes en esta lengua que en cualquier otra ): ¿Tuvo Albert Thibaudet alguna vez la intención de escribir una historia literaria de Bactriana?

Esta fue su respuesta:

Sí, Albert Thibaudet, el crítico literario e historiador francés, tenía planes de escribir una «Historia literaria de Bactriana». Sin embargo, esta obra nunca llegó a completarse. Thibaudet era conocido por su interés en la evolución cultural y literaria de diversas regiones, y Bactriana, con su rico contexto histórico, era uno de sus temas de interés. Si quieres más detalles sobre sus otras obras o contribuciones, ¡no dudes en preguntar!

Queda claro que una aplicación de la inteligencia artificial maneja muchos datos, pero captar una ironía no forma parte de sus aptitudes. No obstante, propongo adoptar una actitud positiva y ver en Claude un inesperado y lejano primo de Pierre Ménard, para el cual la Bactriana y su rico contexto histórico justificaron un día el que Thibaudet, siempre interesado por las más «diversas regiones», se lanzara a redactar una Historia literaria de esta pintoresca región, que nunca llegó a completar…

Imagino los ensayos de las más diversas disciplinas que en este mismo instante estarán escribiendo millones de estudiantes universitarios en todo el mundo, basándose en informaciones, apreciaciones y comentarios como este del amigo Claude. Quién sabe, a lo mejor la IA está contribuyendo involuntariamente a la aparición de nuevas fábulas literarias.


Ilustración: Vista panorámica de la biblioteca del musée Guimet, París. Via Creative Commons