Destacado, Política

América, todavía

Los musicales que pasan a la historia suelen hacerlo por uno o dos números memorables. West Side Story tiene varios. Uno de ellos, «América», escenifica una disputa entre los Sharks, la banda de puertorriqueños, y sus mujeres. En un patio con escaleras de incendio típico del Upper West Side del Nueva York de los 60, ellas celebran las virtudes de vivir en Estados Unidos y ellos responden con sorna que lo único que hacen es conformarse con las migajas que les dejan los americanos. Lo que vienen a decir ellas es que en América vivirán siempre mejor que los puertorriqueños, lo que defienden ellos es que aquí vivirán siempre peor que los americanos. «Free to be anything you choose», canta la fabulosa Anita. «Free to wait tables and shine shoes», le responde uno de los Sharks. En el fondo, hablan del gran dilema de la persona con ambiciones que vive en un país subdesarrollado: quedarse y aspirar a ser el mejor en un entorno limitado, o emigrar y empezar desde abajo; permanecer donde siempre habrá una coartada para el fracaso, o marcharse y enfrentarse a un mundo donde otros parten con ventaja y habrá que trabajar el doble para llegar al mismo lugar.

Estados Unidos ha sido el destino por excelencia al que se han dirigido quienes buscaban esa oportunidad. En el siglo XIX, los inmigrantes llegaron sobre todo desde Europa; en el XX, desde América Latina y Asia. París también ha desempeñado ese papel, sobre todo para muchos intelectuales. Vargas Llosa describe en sus memorias la fascinación que le provocaba una ciudad que imaginaba mítica desde Piura, y recuerda una conversación con Cortázar en la que éste le dijo que «ser nadie en una ciudad que lo era todo era mil veces preferible a lo contrario». Pero la inmigración en América, sobre todo para la gente más humilde, ha representado algo distinto, mucho más sencillo: la oportunidad de construirse una vida libre y segura. 

Europa, por supuesto, también ofrece esa oportunidad, pero su discurso ha sido con frecuencia caritativo o asistencial: acoger inmigrantes se presenta aquí como un deber moral. Estados Unidos lo ha entendido como su fuerza. Mientras Europa se pregunta qué puede ofrecer a los inmigrantes, Estados Unidos se pregunta qué pueden aportar ellos. De Hollywood a Silicon Valley, la inmigración ha demostrado ser allí un motor de progreso; en la Europa más timorata, se ha visto con recelo por unos y con paternalismo por otros.

La inmigración es un fenómeno complejo, pero parece indiscutible que Estados Unidos ha ganado mucho más de lo que ha perdido con ella. No solo porque sea una nación de inmigrantes desde su origen, sino porque encarna una singularidad histórica: la voluntad de inventarse a sí misma. Octavio Paz, que tan bien descifró México y supo comprender a su vecino casi por contraste, lo explicó con gran lucidez: las naciones son hijas de la historia, pero Estados Unidos es en esto una excepción: es hija de la idea. 

El proyecto de los fundadores de los Estados Unidos no consistió en el reconocimiento del genio del pueblo, la idiosincrasia colectiva o el carácter único de la tradición nacional, como en otras partes, sino en la proclamación de un conjunto de derechos y obligaciones de orden universal. Los Estados Unidos fundaron su nación no en un particularismo sino en dos ideas universales: una, cristiana, que consagra la santidad de cada persona, considerada única e irremplazable; otra, que viene de la Ilustración, que afirma la primacía de la razón.

De ahí proviene su extraordinaria pluralidad étnica que, aunque hoy resulta común en muchas grandes ciudades occidentales, durante mucho tiempo fue excepcional. Estados Unidos es el lugar al que uno acude no tanto para adoptar una nueva cultura como para descubrir un nuevo yo o para convertirse en uno mismo en el sentido que Octavio Paz da a esta frase: «Llegar a ser ese otro que somos y que llevamos escondido en nuestro interior, más que nada como promesa o posibilidad de ser».

Sin duda, la inmigración también plantea problemas reales. La activista somalí Ayaan Hirsi Ali los ha descrito con una claridad poco común y ha insistido en los riesgos de una integración fallida, especialmente cuando se trata de las sociedades más alejadas de los valores democráticos y liberales, las musulmanas. Al mismo tiempo, pocas trayectorias ilustran mejor lo que puede aportar una integración exitosa.

En 2006, Hirsi Ali abandonó Europa —a la que siempre se ha mostrado agradecida por haberla acogido tras huir de un matrimonio forzoso en Somalia, pero de la que terminó saliendo prácticamente expulsada tras la maniobra de una compañera del partido en el que trabajaba en los Países Bajos— y se trasladó a Estados Unidos. En Nómada, la segunda parte de sus memorias, se aprecia hasta qué punto aquella decisión fue acertada. Hay una escena especialmente conmovedora. Hirsi Ali acude a dar una conferencia en el Scripps College, una universidad femenina de humanidades en California. Antes siquiera de empezar, se forma una larga fila de jóvenes musulmanas frente al micrófono para intervenir. Desde el público, una de ellas, con la cabeza cubierta, irrumpe a gritos: «¿Quién demonios le da derecho a hablar sobre el islam?». «¡La Primera Enmienda!», responde una pelirroja que espera su turno en la cola.

El ejemplo de Hirsi Ali también resulta elocuente en otro sentido. Como decía, pocas personas han dedicado tanto tiempo a advertir sobre los riesgos de una inmigración mal gestionada. Precisamente por eso, uno no puede evitar preguntarse qué pensará la somalí más ilustre del mundo cuando el presidente Trump —a quien ella misma apoyó— se refiere a los somalíes como «basura», o describe Somalia como un país que «no sirve» y «apesta».

Nadie conoce mejor que Hirsi Ali los problemas que conlleva la inmigración somalí. En Nómada los analiza con detenimiento y sin tapujos, y los resume en tres palabras: sexo, dinero y violencia. Son los ámbitos en los que, según ella, se concentran las mayores dificultades de integración de sus compatriotas. Pero de la crítica al señalamiento y el insulto hay un trecho, y de las legítimas demandas de control a episodios como las redadas de ICE en Minnesota, un abismo. 

El sueño americano ha sufrido reveses a lo largo de la historia, pero con el actual inquilino de la Casa Blanca atraviesa uno de sus momentos más delicados. Aun así, hay razones para el optimismo: no es fácil borrar de un plumazo siglos de apertura, libertad y pluralismo. Este mismo año hemos tenido una prueba de ello en la actuación del puertorriqueño Bad Bunny en la Super Bowl. Estados Unidos es, probablemente, la única gran potencia capaz de albergar, en su mayor escaparate mediático, un espectáculo protagonizado por un artista que ha sido muy crítico con las políticas de su presidente. Algo así resulta inconcebible no solo en China o en Rusia, sino también en la Europa hiperregulada y pazguata, donde es difícil imaginar un gran espectáculo que critique abiertamente y con irreverencia al propio sistema. No me refiero, claro, a las críticas rutinarias al capitalismo o a la consabida denuncia de la «maldad» europea, discursos que no solo se toleran, sino que se incentivan desde las propias instituciones, y que rara vez pasan de ser ejercicios de autocomplacencia. Tampoco a los espectáculos subvencionados de minorías culturales, que nadie ve ni a nadie interesan, y que solo sirven para aliviar la culpa blanca de nuestros dirigentes. 

Lo que se vio en la Super Bowl fue otra cosa: el hombre más poderoso del mundo puede mantener en vilo al planeta con sus políticas irresponsables y erráticas, pero no decide quién actúa en el evento más visible de su propio país. Se limitó a criticar en redes sociales, como un espectador más, lo que le pareció un espectáculo de mal gusto. Puede que no le faltara razón —el cantante de moda puertorriqueño, por lo visto el más escuchado del mundo, no es ni de lejos tan talentoso como los Sharks—, pero se equivocaba al negar que encarnara los valores norteamericanos. Aquella noche, los representaba mejor que él. God bless America.


Ilustración: Inmigrantes llegando a Nueva York ante la Estatua de la Libertad, c. 1887. Rakshitha Bhat / CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia.