Destacado, Pensamiento

De uno mismo y de los demás

Así como el llamado progresista ve con malos ojos la propiedad privada y, cada vez más, el derecho a la privacidad, así también marca a fuego su estigma en la ambición del individuo libre de diferenciarse del vulgo, ya sea en materia de esfuerzo personal y excelencia en el conocimiento ⎯la palabra «elitismo» ha convocado siempre el mayor vade retro del progresismo⎯, ya sea en materia de gustos, opiniones y actitudes, en todo lo que le hace a uno dueño de sí mismo. Por una perversión del sentido que oscila entre la ingenuidad y el cinismo, el falso demócrata llama igualdad a esta operación, pero la igualdad real consiste precisamente en lo contrario, en la posibilidad de todo hombre de distinguirse de los demás. Al final de su ensayo Sobre el carácter tétrico de la historia, Juan Benet dice que «la primera gran virtud ⎯en el campo cultural⎯ de la conciencia democrática es de naturaleza psicológica: sólo gracias a ella el hombre puede sentirse liberado de la masa. Sólo gracias a un reconocimiento de una cierta paridad con sus semejantes, puede individualizarse y separarse de sus semejantes, gesto que entra de lleno ⎯casi exclusivamente⎯ en el dominio cultural». No hay, ciertamente, distinción posible que no parta de una conciencia previa de igualdad, y reconocer el derecho de todo ciudadano a marcar distancias con los demás constituye la esencia misma de la igualdad. La separación ⎯como insiste Benet⎯ solo puede darse en el terreno de la cultura, entendida como la entendieron los antiguos, como el cultivo del propio espíritu mediante la lectura de los grandes autores, la educación y la experiencia ⎯el cultura animi de Cicerón⎯, por lo que la formación que se obtiene de una educación exigente y la que luego se procura uno mismo profundizando en el saber y el refinamiento del gusto es el último peldaño de la individualización: no puede haber identidad sin cultura; lo que ahora se entiende por identidades son en realidad lo más opuesto a la identidad porque celebran lo que viene dado, excluyen la iniciativa personal, y no tienen más valor que el certificado de pertenencia a una cofradía.

Bien sabe el progresismo que la cultura seriamente concebida es el único camino que puede tomar un individuo para alejarse del tumulto social, y es precisamente por eso por lo que ha corrompido el sistema educativo a fuerza de cortar las alas a los alumnos más ambiciosos y de fomentar en el resto el orgullo de ser lo que son y quedarse donde están sin nada que les perturbe: I am what I am and that’s all that I am, según reza el lema de Popeye el marino, que lejos de ser un canto a la distinción personal expresa el deseo de permanecer en la tabula rasa con que uno vino al mundo. Quienes proclaman que son lo que son quieren decir en realidad que defenderán con uñas y dientes su deseo de ser como todo el mundo, lo cual nos conduce a una de las mayores paradojas de la posmodernidad: el afán de singularización que empezó con el dandismo en el siglo XIX ha desembocado, con las revoluciones culturales del XX y su delirante evolución en el XXI, en una homologación general de las extravagancias. La distinción del dandi se daba en lo superficial, en la indumentaria y el gesto, pero quienes la practicaban no limitaban a ella su diferenciación; por el contrario, el dandismo contó entre sus representantes con los cerebros mejor cultivados de la época (Baudelaire, Huysmans, Wilde), que no hacían con ello más que mostrar su sano desprecio por el amontonamiento. A los primeros que, en nuestro tiempo, marcaron sus carnes con piercings y tatuajes, aunque no poseyeran precisamente la elegancia del dandi, les debió de mover el mismo deseo de diferenciarse, pero sin nada en su caso que pudiera rescatar su actitud de la más pura superficialidad, sin renunciar al calor del rebaño y sin caer en la cuenta de que su deseo no podía ser más vano en una sociedad en la que todo lo superficial se difunde a la velocidad del rayo y se imita hasta la náusea, pues es también un rasgo prominente de las masas, hoy en día enlazadas con potentes correas de transmisión, el tener por propio lo que hace, dice y piensa, si no toda la sociedad, sí un número ingente de sus miembros. No es por pura casualidad por lo que esa tendencia a la diferenciación masiva se ha desatado en paralelo a la creación institucional de identidades colectivas, un contrasentido del que la verdadera identidad no quiere saber nada. 

El estado de cosas al que hemos llegado no deja de resultar chocante si tenemos en cuenta que lo que hoy entendemos por progresismo nace de los movimientos sociales y culturales del siglo pasado, que a su vez derivaban de sus abuelos románticos y que, si bien aspiraban a la liberación del individuo por oposición a las restricciones morales que impedían el desarrollo personal y, en definitiva, la libertad de organizar cada uno su vida como mejor le pareciera, estaban edificando, sin quererlo, una nueva cárcel para el individualismo. A estas alturas ya está claro que las convenciones mojigatas de la pequeña burguesía traspasaron su poder de estabulación a las consignas posmodernas. Cambiaron los motivos de escándalo, aunque no todos ⎯nada tan parecido al autoritarismo puritano como el autoritarismo de la ideología de género⎯, pero el gusto por la vulgaridad, el interés en lo banal, el postureo y el cotilleo volvieron por sus fueros. Y, con ello, el rechazo militante al individualismo.

El siglo XXI, pues, no ha hecho otra cosa que arrastrar consigo los desechos de los dos siglos anteriores y, como esos productos obtenidos por reciclaje de residuos, los ha presentado con renovada factura, pero la oposición a la soberanía del individuo, que ahora se disfraza toscamente de reconocimiento identitario de desposeídos y marginados, presenta un largo historial dentro de la lucha que, en el desarrollo de las ideas democráticas, ha enfrentado la igualdad a la libertad. Más o menos a partir de la segunda mitad del siglo XIX, la causa del individualismo adquirió un espacio preponderante en la conciencia de los mejores exponentes del romanticismo tardío, quienes entendieron la poesía y el arte como un material imprescindible para modelarse a sí mismos. El albatros cautivo, escarnecido y torturado por marineros, que Baudelaire comparó en Les fleurs du mal (1861) con el poeta acosado por el griterío de la sociedad, simboliza la imposibilidad de conciliar el genio individual con la zafiedad y los intereses ordinarios de las masas. Unos años antes, Baudelaire ya había escrito una nota en Fusées, el diario íntimo que no sería publicado hasta después de su muerte, en la que incide en ese mismo repudio del vulgo como la mayor fuerza de contención que puede encontrar a su paso un individuo que aspire a volar alto sobre las cabezas de sus semejantes: «Las naciones no tienen grandes hombres más que a su pesar ⎯como las familias. Ponen todo su empeño en no tenerlos. Y, en consecuencia, el gran hombre necesita poseer, para existir, una fuerza de ataque mayor que la fuerza de resistencia desarrollada por millones de individuos». Hoy en día pocos dudan de la grandeza de Baudelaire ⎯no faltan, sin embargo, estudios de género que le ponen en la picota por sus opiniones sobre las mujeres⎯, pero si un autor contemporáneo escribiese algo parecido es muy probable que provocara la irritación de los funcionarios de la cultura. Si no es así en el caso de Baudelaire es porque esas cosas no se toman en su claro sentido y porque las naciones a las que se refiere son las de otro tiempo; en la actualidad los funcionarios de la cultura ⎯denominación que debe incluir a un buen número de escritores, artistas, editores, libreros y comisarios de exposiciones y museos⎯ viven en la convicción de que los grandes hombres reciben el reconocimiento y los honores de los Estados democráticos, siempre ⎯claro está⎯ que sus obras cumplan con los preceptos de igualdad, diversidad y representación adecuada de las minorías marginadas. De modo que todo ha cambiado para que nada cambie.

Oscar Wilde, por su parte, hizo del desprecio por los gustos e intereses del hombre común uno de los fundamentos de su obra. Tales eran sus ansias de exclusividad que, en una de sus Frases y filosofías para uso de la juventud, llegó a escribir que «una verdad deja de ser cierta cuando más de una persona cree en ella». Quiso decir, en su peculiar estilo paradójico, que lo que cree demasiada gente ⎯lo que un siglo antes Chamfort llamó «ideas públicas»⎯ suele ser una estupidez, pues la verdad solo se revela al que pone su inteligencia al servicio de descubrirla. Wilde fue, a la manera de Baudelaire, un cultivador apasionado de la distinción. El dandismo, tanto en el uno como en el otro, tenía todo el sentido en una sociedad que, como la nuestra, chapoteaba en la vulgaridad y el conformismo, pero lo sustancial en ambos escritores es que hallaron en la cultura ⎯en el arte, la literatura y el pensamiento⎯ la única posibilidad de construir una identidad propia a refugio de las masas y las inclemencias de las imposiciones sociales. Wilde era también un ingenuo. En su ensayo El alma del hombre bajo el socialismo se muestra convencido de que la abolición de la propiedad privada proveerá al hombre nuevo de los medios de subsistencia necesarios para que pueda dedicar su vida al enriquecimiento de su espíritu, y de que eso redundará en beneficio del individualismo, un ideal del que nunca se aparta. Teme, es verdad, que la tentación autoritaria pueda pervertir el proyecto socialista, y en ese temor está su único acierto en la previsión del futuro, pero en sus divagaciones pesa más el optimismo que la desconfianza. Hay que tener en cuenta que vive en una sociedad de grandes desigualdades materiales, y ve en la propiedad privada el obstáculo a la realización personal tanto de los miserables como de los ricos, porque poseer riqueza obliga al que la posee a unas preocupaciones materiales que le impiden pensar en cosas más profundas. Sin embargo, sus reflexiones sobre el valor y la apreciación de la cultura en esa sociedad que aborrece están cargadas de sentido. Siguiendo la estela de Baudelaire y Gautier, para Wilde el arte es por naturaleza enemigo de las ideas públicas y las pasiones colectivas. Insiste una y otra vez en su ensayo en la independencia del arte, al que ve como la máxima realización de la individualidad, y por ello siente un auténtico repudio por la pretensión de acomodarlo a los gustos populares. «El arte es individualismo ⎯escribe⎯, y el individualismo es una fuerza perturbadora y desintegradora. De ahí su inmenso valor. Porque lo que busca perturbar es la monotonía de lo estipulado, la esclavitud de la costumbre, la tiranía del hábito, y la reducción del hombre al nivel de la máquina». El acceso al arte ⎯a la cultura en general⎯, que en su tiempo se empieza a reivindicar como un derecho del pueblo, no puede exigirse a costa de devaluar su sentido. Todo ciudadano puede aspirar a esa ambición, que no derecho, pero solo puede hacerlo con su esfuerzo personal, no pretendiendo que los artistas y los escritores hagan suyos los prejuicios populares y renuncien a la complejidad en aras de la comprensión de quienes no tienen ningún interés en comprender. Como no podía ser menos, Wilde aborrece también la falsa admiración por los autores clásicos que observa en la gente supuestamente interesada por la cultura: «Se tragan enteros a los clásicos y nunca los saborean. Los soportan como inevitables, y como no los pueden infamar, se llenan la boca con ellos». Los aclaman sin entenderlos, simplemente porque saben que aplaudiendo, por ejemplo, un drama de Shakespeare la reputación social de su sensibilidad quedará en buen lugar; ante las obras contemporáneas, que tampoco logran comprender, ante cualquier manifestación artística que perturbe sus convicciones y no esté aún bendecida con la seguridad de lo clásico, su reacción suele ser de indignación y produce unas exclamaciones en las que no falta nunca el adjetivo «inmoral». Todo muy actual, solo que ahora, sin que la adoración embobada por unos clásicos que no se leen haya perdido posiciones, también se da una cierta inversión de los términos: la ortodoxia crítica del siglo XXI busca la inmoralidad en los clásicos y alaba, sin entenderlos, a los artistas contemporáneos que montan sus instalaciones con riegos generosos de dinero público. Claro que, de esas instalaciones, tampoco hay mucho que entender, como no sea que los que las producen halagan siempre con sus mensajes ⎯todas esas obras contienen mensajes que los comisarios de las exposiciones explican convenientemente en cartelitos adjuntos⎯ las creencias que alimentan la vigilancia moral del siglo XXI.

Oscar Wilde fue parte de un movimiento, el decadentismo, que tiene en una novela del francés Joris-Karl Huysmans, À rebours (1884), su obra más definitoria y también la más exagerada. Jean Floressas des Esseintes, el protagonista de esta novela, que en español se ha traducido por Al revés y A contrapelo, renuncia a la vida mundana que llevaba en París, vende el castillo que ha heredado de su familia y se retira a Fontenay-aux-Roses, donde adquiere una mansión que remodela a su gusto, y decora de la manera más estrafalaria que cabe imaginar: hace forrar las paredes «con tafilete de grano grueso y aplastado, con piel del Cabo satinada por fuertes placas de acero bajo una potente prensa», y hace colocar en el techo un falso tragaluz de grandes dimensiones y pintar en él un círculo de firmamento azul con serafines de plata bordados por la cofradía de tejedores de Colonia. Da a la sala en la que toma sus alimentos y que ha hecho construir dentro del comedor original de la casa la forma de un camarote de barco, practica en él un ojo de buey que se abre al espacio que queda entre las dos piezas y allí sitúa un gran acuario que llena con peces mecánicos. No voy a alargarme más en la descripción de los caprichos de Des Esseintes, que superan con mucho lo que aquí puedo resumir para dar una idea al lector de la locura del personaje, la cual llega al paroxismo cuando se le ocurre forrar el caparazón de una tortuga con oro y pedrerías. Todo esto solo tiene un sentido: Des Esseintes odia la realidad con todas sus fuerzas y cree firmemente que lo artificial es muy superior a lo natural. La realidad de la que abomina incluye en primer término la vulgaridad del hombre común, tanto en sus gustos adocenados como en sus ideas, sus placeres y sus costumbres ordinarias. No soporta ni por un minuto el mundo que ha conocido, no quiere tener a su alrededor nada que se le parezca y es por ello por lo que se aísla en su delirio estético. Pero no es solo un loco con un mal gusto exquisito; todo lo contrario, es en realidad un hombre muy inteligente y que posee una cultura extraordinaria. Esta circunstancia convierte varios capítulos de la novela en ensayos de crítica de arte y literatura. Lo único que Des Esseintes conserva de su antigua vida es una portentosa biblioteca y una colección de obras pictóricas de grandes artistas, y eso da pie a Huysmans a extenderse largamente sobre los grandes autores de la tradición grecolatina y de los siglos posteriores hasta llegar a sus contemporáneos. Todos sus comentarios son de un gran interés y es lo que proporciona a la novela sus mejores páginas. Después de un pasaje en el que razona su admiración por Goya, dice lo siguiente:

La inspiración salvaje, el talento áspero y alocado de Goya, le cautivaban. Pero la universal admiración que sus obras habían conquistado le desviaba de él un poco, y desde hacía años había renunciado a enmarcarlas, por temor a que, al ponerlas en evidencia, el primer imbécil que llegase juzgara necesario soltar asnadas y extasiarse ante ellas de un modo convencional. [Tomo el texto de la excelente traducción de Germán Gómez de la Mata, publicada por primera vez en 1919].

No vamos a condenar a Des Esseintes por la urticaria que le produce todo lo que se populariza. Su actitud es lo contrario del esnobismo, que no tiene otro objetivo que el de la apariencia. De hecho, el esnob, si es que llega siquiera a esnob, es más bien ese «primer imbécil» que se atreve a extasiarse ante un cuadro «de un modo convencional». ¿Quién no se ha irritado alguna vez al escuchar el aria de las Variaciones Goldberg como fondo musical de un anuncio o al ver en el Louvre la Gioconda o en el Prado Las meninas rodeadas de decenas de turistas agolpados para sacar una foto del cuadro o, mejor aún, de sí mismos ante el cuadro? La novela de Huysmans es una fantasía con la que su autor quiso llevar al extremo su convicción de que la experiencia del arte es superior a la de la vida y que esa experiencia solo es posible desde la entrega total y la sinceridad. Sus razones son las mismas que las de Oscar Wilde, en quien influyó decisivamente, hasta el punto de que À rebours es el libro que transforma la personalidad de Dorian Gray. Los decadentistas, celosos hasta la muerte de su individualismo, adoraron el arte y la literatura porque entendieron que solo a través de la alta cultura es posible liberarse de la masa. No es casual que el libro que más ha contribuido a reclamar la libertad individual, On Liberty, de John Stuart Mill, se escribiera precisamente por los años en los que Baudelaire trabajaba en Les fleurs du mal. Solo un ingenuo más ingenuo aún que Wilde puede esperar en el mundo de hoy el regreso a un estado de espíritu como el que propició en aquellos tiempos ese compromiso con la soberanía del individuo, pero si Occidente llega algún día a detener el sangrado constante de sus principios y sus logros en el que tan comprometido parece estar este siglo XXI en el que nos han metido, lo cual no parece muy probable, no lo podrá hacer sin devolver a la cultura lo que, a lo largo de los siglos, le dio su único sentido. Si se me permite el juego de palabras, de la decadencia solo se saldrá recuperando, dentro de lo posible, un cierto decadentismo.


Ilustración: Retrato de Joris-Karl Juysmans por Eugène Delâtre (1894). Grabado al aguatinta. Dominio público.