Mucho se ha escrito —quizás demasiado— sobre la novela de Miguel de Unamuno San Manuel Bueno, mártir (1931). Si decido ofrecer mi opinión de simple lector atento es porque creo que se ha caído, con demasiada frecuencia, en una imprecisión hermenéutica y en una omisión (o descuido). La primera responde al simbolismo de la nieve, la segunda al papel de un bobo llamado Blasillo. Ambas, como espero demostrar, están relacionadas entre sí.
Conociendo ya varios de los ensayos, novelas y poemas del autor, llegué al San Manuel Bueno, mártir con las más altas expectativas animado por Julián Marías, quien en un libro magnífico sobre Unamuno —la primera edición vio la luz en 1943— afirmaba que se trataba de la novela más entrañable, honda y personal del vasco salmantizado. La novela trata de un cura de pueblo cuyo martirio es la lucha interna que libra al no poder creer en la resurrección de la carne y la vida perdurable mientras se vuelca en consolar a sus feligreses; y no faltan todos los tópicos unamunianos como el agonismo (el término agon significa en griego lucha, contienda), el juego de máscaras (la vida del mártir es contada por Ángela Carballino, que adopta la posición de evangelista. A su vez, el texto le llega a Unamuno-personaje, quien lo da a conocer) y el paisaje como trasunto de un estado espiritual (el eje lago-montaña, de fuerte carga simbólica, sustenta gran parte de la novela).
Desde que leí por primera vez esta novela me acompaña, con la insistencia de un acertijo o uno de esos kōan que te roba el pensamiento mucho después de haber renunciado a conseguir la solución, esta frase: «¿Has visto, Lázaro, misterio mayor que el de la nieve cayendo en el lago y muriendo en él mientras cubre con su toca a la montaña?»
Me pregunto si estas palabras inspiradas —en el sentido en que un creador tiene la sensación de que le llegan como dictadas— no serán el origen de la novela. Algunos poetas hablan de sus mejores creaciones como el resultado del oficio de convertir en unidad poemática unos versos afortunados cuyo origen desconocen. Me temo que nunca sabremos las circunstancias en que surgió este fragmento pero, teniendo en cuenta la hondura y la posición que ocupa en el desarrollo de la trama, no me cabe duda de la importancia que tiene.
La nieve llega del cielo, como una gracia o un don que puede transfigurar el paisaje o nadificarse en el lago. Pero fijémonos en dos palabras: misterio y muriendo. Unamuno elige un gerundio de connotación existencial —y humana, pues solo existe y muere propiamente el hombre, que es quien se pregunta por el ser, tiene capacidad de salir de sí y conciencia plena de la finitud— en lugar de otros que nos situarían en un plano más físico como desapareciendo, diluyéndose, disolviéndose, etc. En cuanto al otro término, el misterio, ¿acaso no está íntimamente relacionado con el silencio?
Me sorprende que muchos críticos afirmen con rotundidad —sirva de ejemplo la nota que se incorpora en la edición de Cátedra, cuyo texto introductorio es, por otra parte, excelente— que el misterio aludido es el de la fe, «representado simbólicamente por la nieve». En primer lugar, y a modo de llamada a la prudencia, deberíamos tener presente a los autores que han señalado el carácter polisémico de los símbolos en una novela que es más compleja de lo que parece. Es cierto que la nieve nivela con su manto blanco, pero también lo hace un tipo de verdad dogmática o la memoria, puestos a especular. La nieve cae pura desde el cielo. Puede tener, así, un origen divino. El concepto de blancura, por ejemplo, recorre insistentemente las páginas del poemario El Cristo de Velázquez. El misterio de la nieve tiene relación con la fe como también la tiene con la temporalidad y la verdad. Hay un tipo de verdad colectiva que permanece un tiempo —como una pequeña victoria sobre la muerte— cohesionando al grupo mientras la verdad individual se extingue. El cura distingue entre su verdad (una verdad de muerte) y la verdad de vida. En toda la novela sobrevuela la idea calderoniana de la vida como sueño, creencia, fe. Para vivir, hay que creer. Fe, tiempo y verdad tienen que ver con la religión y su función social, pero también con el misterio. En segundo lugar, cuando se afirma que el misterio de la nieve es el misterio de la fe puede producirse un equívoco si de aquí concluimos que la nieve simboliza la fe o que funciona como mera imagen poética de su doble condición. La clave hermenéutica no estaría tanto en la equivalencia o identidad entre nieve y fe sino entre misterios: el misterio de la nieve y el misterio de la fe. Hay algo más allá de la palabra y la razón que puede presentirse —no verse— en la nieve, en la fe o en otras muchas realidades.
Unamuno, poeta de tendencia existencial y honda preocupación espiritual, no tiene motivos para decir poéticamente lo que puede decir directamente. En un texto que lleva por título «Mi religión» el vasco afirma que en sus Poesías (1907) está cantada su religión. Y la canta porque no se puede hacer desde la razón lógica. Por eso afirma Unamuno en este mismo texto que se pasará la vida «luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo». El misterio es lo inefable, y sólo desde la palabra poética Unamuno se puede liberar de la rigidez del concepto para hablarnos de esa realidad de otro orden. El símbolo de la nieve no funcionaría como una máscara bella para hablarnos de la fe sino como un intento de correspondencia entre lo visible y lo invisible, lo que puede ser expresado y lo que no. El símbolo apunta hacia lo que no tiene rostro y una de sus tareas principales no sería ofrecer un ejemplo ilustrativo sino superar distancias. No era Unamuno, precisamente, un hombre dado a los adornos gratuitos ni a perderse en oscurantismos innecesarios. En su «Credo poético» aconsejaba la desnudez de la ideas: «No te cuides en exceso del ropaje, / de escultor, no de sastre, es tu tarea, / no te olvides de que nunca más hermosa / que desnuda está la idea». ¿Por qué vestir de nieve la idea de la fe? Si Unamuno opta por esta formulación es porque nos está hablando de algo para lo que no ha encontrado palabras mejores. El mensaje no puede ser tan trivial como que la fe tiene algo así como una doble naturaleza que le permite calar en unas personas y en otras no. Recordemos el contexto. Ángela Carballino relata cómo su hermano cada vez muestra mayor admiración por el futuro santo. Sabemos que Lázaro, el hermano de Ángela, no es creyente y es una persona culta que ha vivido en América. Es Lázaro quien le dice a Ángela la frase que nos interesa, justo después de destacar la capacidad de sentir y animar la Naturaleza que tiene don Manuel. Con la palabra pronunciada el cura vivifica, anima, resignifica la Naturaleza.
Mi postura es que cuando el párroco de Valverde de Lucerna le dice las palabras inspiradas a Lázaro, que es algo así como el discípulo que ha de continuar su obra, no hace sino colocar al iniciado ante una verdad que debe des-cubrir por sí mismo. El misterio, por naturaleza, no puede ser aprehendido por la razón. Pensemos en ese célebre haiku de Bashō en que una rana se zambulle en el agua de un viejo estanque. Con el ruido del agua llega la iluminación. La rana, el salto, el ruido o el movimiento del estanque no deben interpretarse como máscaras de algo sino como el inicio de una vía de conocimiento. El que sabe mirar ve en lo cotidiano algo más.
Don Manuel, el futuro santo, es un mártir porque sufre. Su lucha interna consiste en que no puede consolarse mientras consuela a los demás. En el pensamiento unamuniano la fe viva es la que duda, frente a la fe del carbonero. La paradoja es que la fe viva que duda es la verdad de muerte que hace de la vida un infierno. Muere don Manuel ante el pueblo, su rebaño, acompañado de su discípulo Lázaro y de Ángela Carballino, quien dejará constancia de la vida, sentimiento, pensamiento y obra del mártir en lo que se ha denominado acertadamente una especie de evangelio. Pero no olvidemos que quien le coge de la mano y se duerme para no despertar nunca más es Blasillo, el bobo. Es posible que Unamuno se inspirara, tal y como apuntan algunos especialistas, en un tonto en gracia de Dios que aparece en la leyenda del Lago de Sanabria y que lleva por nombre Rosendo. El párroco consideraba que la religión debe proporcionar consuelo y cohesión a la comunidad. Entre sus funciones principales estaría el ayudar a morir bien.
Mi tesis es que no es casual que el bobo tenga un protagonismo esencial y a la vez secundario. Frente al conjunto de hombres y mujeres que forman el pueblo se destacan cuatro personajes: don Manuel (el santo), Lázaro (el converso), Ángela (la evangelista) y Blasillo (el inocente). Es Blasillo, el bobo, quien cogiendo de la mano a don Manuel y muriendo conjuntamente une su destino al del futuro santo. En la unión de los opuestos encuentran la dulce muerte.
Blasillo aparece en cinco ocasiones muy significativas. En la primera como un mono imitador que reproduce las palabras de don Manuel. Esas palabras no son otras que «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?». El pobre idiota del pueblo se regocija ante las respuestas de su patética imitación. La segunda aparición es en un momento en que Ángela Carballino empieza a descubrir contradicciones en el alma de don Manuel y experimenta la duda trágica en sus carnes. Al toparse con Blasillo y escuchar la reproducción del lamento por el abandono divino, Ángela se acongoja. La congoja siempre adquiere en los textos unamunianos una hondura existencial. La tercera aparición coincide con la decadencia del párroco. Blasillo parece imitar no ya las palabras del futuro santo sino el sufrimiento interno. Llora más que ríe, «y hasta sus risas sonaban a lloros». La siguiente aparición del bobo es para morir. Don Manuel y Blasillo se durmieron para siempre a la vez. La última referencia a Blasillo será como recuerdo. En las últimas páginas Ángela Carballino, después de desplegar una pluralidad de significados relacionados con la blancura (canas, memoria, pureza, etc.) distingue del rostro anónimo de la multitud a las personas más importantes para ella, otorgando —véase toda su significación— el último lugar, justo después de san Manuel, a Blasillo, «san Blasillo». El inocente, el puro, el que llevó sin ser comprendido el agonismo del amado. El mártir sin reconocimiento y sin pecado. El inocente que abrió su entraña al dios del dolor.
Y al escribir esto ahora, aquí, en mi vieja casa materna, a mis más que cincuenta años, cuando empiezan a blanquear con mi cabeza mis recuerdos, está nevando, nevando sobre el lago, nevando sobre la montaña, nevando sobre las memorias de mi padre, el forastero; de mi madre, de mi hermano Lázaro, de mi pueblo, de mi san Manuel, y también sobre la memoria del pobre Blasillo, de mi san Blasillo, y que él me ampare desde el cielo.
Sostengo que Blasillo no es un mero contrapunto o comparsa cuya función es generar escenas de humor o simpatías, sino un mártir. Más allá de las dudas acerca de la veracidad del relato y las intenciones de Ángela Carballino, cabe señalar que habla de mi san Blasillo, justo después de mi san Manuel. El cura permanecerá un tiempo en la memoria colectiva gracias a la continuación de su obra de caridad que hará Lázaro y el relato de Ángela (el texto inmaculado). En cambio, el hombre de carne y huesos que fue don Manuel se disuelve en el lago del olvido. Sabemos que para Unamuno el dogma es letra muerta, lo que importa es la vida. La infancia es la etapa vital antes del despertar de la conciencia histórica, origen de sufrimientos. Blasillo es el inocente que no ha abandonado esa feliz etapa. En cambio, conoce el dolor ante la finitud y la irreversibilidad temporal no por la razón, sino por la imitación. El conocimiento de los místicos es unión entre conocedor y conocido, amante y amado. Dirá Unamuno en La agonía del cristianismo que «la cualidad de ser cristiano es la de ser cristo. El cristiano se hace un cristo. Lo sabía San Pablo, que sentía nacer y agonizar y morir en él a Cristo». Pues bien, entre don Manuel y Blasillo hay compenetración de entrañas. El bobo de la aldea pasará de repetir las palabras del párroco a compartir sufrimiento y, finalmente, desnacimiento. La relación entre don Manuel y Blasillo dialoga con La imitación de Cristo de Tomás de Kempis. Pero lo más interesante es que se da un cambio sutil del modelo mimético. Al principio imita en el sentido de copiar o reproducir. En el modelo platónico esto significa una degradación ontológica respecto del modelo. Pero luego, ya no se trata de copia sino de actualización o representación. Aquí puede servirnos el modelo aristotélico que han recuperado para la hermenéutica Gadamer y Paul Ricoeur. La representación, a diferencia de la reproducción, hace aparecer la cosa. O, en términos filosóficos, podemos decir que hay una realidad cuyo ser es su aparecer. Si el cristianismo es sufrimiento antes que palabra y dogma, entonces Cristo se hace presente —se manifiesta o revela— en el dolor de don Manuel tanto como en el de Blasillo.
Si don Manuel es mártir porque detrás de las obras de caridad sufría sin consuelo, ¿no lo ha de ser Blasillo que, además, no encontró ni reconocimiento ni comprensión? El Cristo hablaba, no escribía. De aquí la importancia de la oralidad de don Manuel. Pero más importante aún será el pathos. Si aceptamos que el padecimiento es la esencia del cristianismo, y que el que sufre se hace uno con Cristo, ¿no ha de ser, pues, Blasillo el mismo don Manuel y Cristo? Aún más, este inocente tocado por la gracia divina representa la doble condición de ser naturaleza (permanencia) y drama del tiempo histórico (extinción), verdad de muerte y verdad de vida. El misterio de la nieve estaría, pues, también relacionado con el misterio de Blasillo. Y con el autor, pues no se nos pasa que en el agonismo de don Manuel y Blasillo está presente la lucha interna del propio Unamuno. Hasta su filosofía quijotesca no será, en palabras de Pedro Cerezo Galán, otra cosa que cristología agónica.
Miguel de Unamuno aceptó la labor de inquietar a sus prójimos, agitar conciencias y sugerir más que aclarar. Si con este texto se abren nuevos interrogantes en el lector y se cuestionan afirmaciones que pueden llevarnos a sostener casi dogmáticamente un equívoco o caer en una omisión, algo del espíritu unamuniano habremos resucitado.
Ilustración: Miguel de Unamuno. Via Wikimedia Commons
