Destacado, Política

El último liberal

Cincuenta años cumple Del buen salvaje al buen revolucionario. El libro del venezolano Carlos Rangel es un clásico, y, como suele suceder con los clásicos, ha dado lugar a diversas lecturas, en función de las intenciones e intereses de sus autores en destacar tal o cual de sus facetas. Porque lo cierto es que Del buen salvaje ofrece mucho donde espigar. Por un lado, está el análisis detallado y certero del continuado fracaso económico y político de las naciones hispanoamericanas, expuesto en el marco de un análisis crítico de los mitos históricos e ideológicos latentes en la pervivencia de ese fracaso. También contiene esta obra, por primera vez redactada con claridad y rigor, el acta de acusación más certera contra la obsesión de los europeos por proyectar en la América Latina sus complejos de culpa por sus viejas empresas coloniales. Ocho años antes que Pascal Bruckner en El sollozo del hombre blanco, Rangel diagnosticaba aquí las trampas de la fe, religiosa primero y después ideológica, que han encerrado a los latinoamericanos en la jaula de la supuesta pureza de sus indígenas y el no menos supuesto heroísmo de sus revolucionarios. El mismo Rangel explorará más a fondo esta perversión histórica y sus letales consecuencias en una obra posterior, El tercermundismo.

Con el tiempo, Del buen salvaje ha adquirido reputación, a uno y otro lado del Atlántico, de Biblia para liberales hispanos. A ello contribuyó no poco la publicación, veinte años después, del Manual del perfecto idiota latinoamericano, cuyos autores reconocieron explícitamente su deuda con el libro de Rangel. Desde entonces, es esta faceta la que se ha impuesto como clave preferente de su recepción crítica. Sin duda Rangel fue un liberal, esa rara avis en el ámbito hispánico. Pero ensalzar este libro como suelen hacerlo hoy los liberales, elevándolo a la condición poco menos que de texto sagrado, es obviamente una traición al espíritu liberal, ajeno a mitificaciones y capillas. Como también lo es limitar su utilidad a ariete polémico contra los «idiotas» de todo pelaje que pululan en las márgenes zurdas de la realidad.

Conviene recordar, para volver precisamente a la realidad de la que partió y se nutrió Rangel, que este libro tan influyente fue el opus primum de un hombre que tenía cuarenta y cinco años cuando acometió su redacción y que antes no había publicado nada salvo artículos en la prensa local de su país. Rangel fue una figura destacada en Venezuela, ciertamente. Había desempeñado algún cargo público y ejercido brevemente como diplomático y académico. Sobre todo, era conocido por animar, junto a su segunda esposa, Sofía Imber, un programa de opinión matutino en la televisión local. Sin embargo, a pesar de su proyección como figura pública en el debate político venezolano, Rangel era un hombre modesto y tímido, lo más alejado de la clásica figura del escritor o intelectual envanecido y ávido de fama y reconocimiento. Tan modesto y tímido, de hecho, que es muy posible que Del buen salvaje no hubiese visto nunca la luz, si Rangel no hubiese vencido su natural carácter reservado en una dichosa ocasión: la visita a Caracas de Jean-François Revel, en 1974. Vale la pena detenerse en el relato del origen de este libro que dejó el gran liberal francés en sus Memorias:

Cuando conocí a Carlos en Caracas, en agosto de 1974, (…) me pidió que leyera unas hojas escritas por él sobre el destino histórico y la psicología política de América Latina. Modesto, me las presentó como, en el mejor de los casos, el borrador de un artículo. Tras leer esas páginas brillantes, y estimulado también por una amistad personal y una fraternidad intelectual que surgieron entre nosotros casi de inmediato, le animé, no sin cierto entusiasmo contagioso, a desarrollar sus ideas con toda la amplitud que merecían, en un libro exhaustivo y detallado sobre el tema de la civilización latinoamericana. Nada más regresar a París, le envié un contrato de Robert Laffont. Esta es la explicación de la paradoja de que la edición original de la obra maestra de la teoría política latinoamericana, Del buen salvaje al buen revolucionario, se publicara en francés. (…) El hecho de que (…) se publicara en francés antes que en castellano no era una mera anécdota, sino que tenía un significado relacionado con el contenido del libro. De hecho, este estaba dirigido tanto al público europeo como al latinoamericano. Las dos fuentes de inspiración de Carlos son, de manera conjunta y complementaria, los errores de América Latina sobre sí misma y los errores de los europeos sobre América Latina. Las aberraciones y las ilusiones de los latinoamericanos siempre han sido alentadas por las proyecciones narcisistas de los europeos. Para ellos, América es como el espejo de sus propias obsesiones, repulsivas en el caso de América del Norte, ideales en el de América del Sur. (…) La izquierda europea esperaba de América Latina, y del Tercer Mundo en general, la revolución que le había sido negada.

Me interesa traer a colación esta cita, además, porque en ella coexisten dos dictámenes sobre la obra de Rangel que son certeros, pero uno de los cuales ha tenido un recorrido intelectual más limitado. Revel dice que Del buen salvaje es «la obra maestra de la teoría política latinoamericana», y también que una de las fuentes de inspiración de Rangel al escribirlo fueron «los errores de América Latina sobre sí misma». Lo segundo es lo que ha quedado relegado a un segundo plano. Y sin embargo, basta no solo con leer esta obra y los posteriores escritos de Rangel, por no decir nada de sus intervenciones públicas, para comprender que este pensador estaba obsesionado con las causas del continuo fracaso económico y político de las sociedades hispanoamericanas. El parcial olvido de esta parte de su obra quizás obedece a esa tendencia, tan bien diagnosticada en Del buen salvaje, a proyectar fantasmas ideológicos en la realidad latinoamericana y servirse de ella como excusa para denunciar los errores que el observador foráneo pretende fustigar en su propia realidad. «Los errores de América Latina sobre sí misma» movilizan menos el interés que la denuncia de los mitos del izquierdismo, o la exaltación de un liberalismo que en tierras hispanas ha corrido históricamente con escasa fortuna.

Ese «parcial olvido» es tan pertinaz, que hay quienes llegan a cubrir con su manto al mismo Rangel. En una reseña de Del buen salvaje publicada en mayo de 1978 en The Hispanic American Historical Review, leemos que «Rangel ha hecho por la América Latina del siglo XX lo que Alexis de Tocqueville hizo por la América del Norte del siglo XIX». Magnífico homenaje, pensarán muchos liberales, olvidando, como el autor del elogio, el nada pequeño detalle de que Rangel no fue un extranjero que analizó la realidad de otra nación en otro continente, sino un hijo de América Latina. Lo que, a mi entender, hace aún más admirable su obra, porque nada hay más difícil que examinar, analizar y describir con objetividad la misma realidad a la que pertenecemos y nos constituye.

En el caso de Rangel, además de la Hispanoamericana, esa realidad tomó la forma muy concreta de Venezuela en la segunda mitad del siglo XX. Nadie ignora la suerte que ha corrido ese país desde que cayó en manos de gobiernos socialistas. En cambio, el hecho de que no pocos de los males que justificadamente atribuimos al Socialismo del siglo XXI tuvieron su origen en el anterior periodo democrático, y que incluso algunas de las más insensatas y destructivas medidas económicas impuestas en Venezuela bajo el chavismo hubiesen sido ya antes ensayadas por gobiernos de signo democrático, son hechos que ignoran o prefieren ignorar muchos de los que ensalzan la obra de Rangel, pasando de puntillas sobre sus reflexiones en torno a los serios problemas que lastraban el sistema político y económico venezolano antes de la llegada de Chávez al poder. Sobremanera, el gigantismo del Estado petrolero venezolano, la discrecionalidad con la que actuaban aquellos gobiernos en materia económica, la ausencia de una auténtica oposición política; características muy negativas que Rangel atribuía a la implantación en su país de un régimen que acertadamente llamó «capitalismo de Estado».

Quiero detenerme en la crítica de Rangel a este régimen, antecesor directo del destructor chavismo. Por dos razones. Por un lado, porque esa crítica, además de justa y veraz, revela que su autor conocía tan bien a su país que pudo vaticinar, basándose en ella, lo que acabó sucediendo en Venezuela a partir de 1999. La otra razón, en cambio, es puramente melancólica. Parte de la constatación de que la clase política venezolana no se ha detenido a considerar la crítica de Rangel y, por tanto, como rara vez las mismas causas producen distintos efectos, que difícilmente podrán diseñar para Venezuela sus líderes políticos un programa de gobierno que rompa, por primera vez en la historia de este país, con la tradición del «Estado megalómano», como lo llamaba Revel, y que abrace, también por primera vez, los principios básicos de las democracias liberales. Hay una razón exógena que viene a agravar esta melancolía, y es que Venezuela parece encaminarse a una lenta y complicada transición precisamente ahora, cuando las democracias liberales tradicionales, empezando por la más antigua y consolidada, la de los Estados Unidos, empiezan a mutar hacia formas iliberales.

Una de las ocasiones que tuvo Rangel de exponer detalladamente sus críticas al funcionamiento del Estado y los gobiernos venezolanos anteriores al chavismo coincidió con el inicio del derrumbe de la economía venezolana. El 18 de febrero de 1983, por primera vez el gobierno de Venezuela declaró insolvente al Estado venezolano. En esos años ochenta, que acabaron siendo conocidos como la «década perdida» del desarrollo en América Latina, uno tras otro, los principales países de la región (Argentina, México, Brasil y Venezuela) se declararon en quiebra técnica, incapaces de cumplir con sus acreedores y obligados a refinanciar sus deudas a través de diversos mecanismos multilaterales. En este contexto fue invitado Carlos Rangel por la Asociación Venezolana de Empresarios a pronunciar, en julio de ese mismo año, el discurso de honor en un acto de homenaje al recién fallecido empresario Carlos Cisneros Rendiles. En su día, el diario caraqueño El Universal, donde Rangel ejerció de columnista durante décadas, publicó algunos pasajes del discurso. El Cato Institute lo publicó íntegramente en 2011 en formato digital, extractos del cual fueron recogidos en España por Libertad Digital. No conozco ninguna edición en papel de este importante documento. En YouTube circula una grabación del acto de pésima calidad visual y mediocre calidad sonora.

En las palabras que pronunció en aquella ocasión, Rangel explicó la crisis venezolana que había desembocado en el default de 1983 como el resultado de la triple nefasta acción de la tradición anticapitalista de la Corona española, de la ideología socialista y de la confiscación accidental por el Estado de la riqueza petrolera. Con la convicción de que la actual postración económica y política de Venezuela no se comprende si se la desvincula de los errores cometidos antes del chavismo, me ha parecido útil ofrecer aquí mi propia selección de pasajes de ese discurso. Con ánimo, y quiero subrayar esto, radicalmente no partidista. En otras ocasiones he dicho que el chavismo ha sido una desgracia para Venezuela y para todos los venezolanos, sin distinción de credos políticos; pero asimismo que es un error abundar en la creencia de que los males de Venezuela desaparecerán con el fin de este régimen atroz. No conozco mejor brújula, para salir del laberinto en el que se ha metido Venezuela desde antes de este último y trágico cuarto de siglo, que estudiar el detallado mapa de esa complicada cárcel que dejó trazado Carlos Rangel.

Estas son algunas de sus observaciones, realizadas pronto hará 43 años, 15 antes de la elección presidencial que permitió a Hugo Chávez asentar sus reales en el palacio de Miraflores (la transcripción es mía, así como las mínimas correcciones hechas para facilitar la lectura):

Es evidente que tiene que haber algo radicalmente errado en el modelo de desarrollo que hemos venido usando.

(…) el país político, de derecha a izquierda, o de izquierda a izquierda, porque aquí nadie está dispuesto a no pretender ser izquierdista.

(Asistimos a) un mayor intervencionismo del Estado, mediante instrumentos tales como la ley de costos, precios y salarios con la que se nos está amenazando (…). En Venezuela, ni en años recientes ni en realidad nunca hemos tenido una economía libre. No la tuvimos cuando éramos una colonia española, no la tuvimos en el siglo XIX, no la tuvimos durante la hegemonía andina, y no la hemos tenido en los años desde 1945. En cada uno de esos momentos se puede señalar, desde luego, la existencia de una economía mercantil y de la propiedad privada de hacendados, comerciantes y artesanos, y más recientemente de industriales y banqueros, y, por lo mismo, la presencia de algunas contadas y más bien modestas fortunas particulares, hechas exclusivamente mediante el trabajo, el ahorro y la inteligencia. Pero ese sector de la economía merecedor del calificativo de privado, movido por consideraciones racionales de cálculos de costo y beneficio y aspirante a ser recompensado solo a cambio de servicios efectivamente prestados y de bienes efectivamente producidos a un costo competitivo, ha sido siempre reducidísimo en comparación con el poder y la riqueza en cualquier momento del Estado, y el segundo mejor negocio es ser amigo, cómplice o sirviente de los dueños del Estado, así como la manera más segura de arruinarse ha sido tradicionalmente ser enemigo del gobierno.

En medio de la multitud de traficantes de influencia, es muy difícil, casi imposible, la existencia de un verdadero sector privado incontaminado por la corrupción. Ningún ciudadano, por productivo y meritorio que sea, está seguro en su posición, a menos de haber tenido cuidado de vincularse estrechamente al mundo de la política. Esa vinculación, indispensable para no sufrir abusos de poder, casi invariablemente sirve para perpetrarlos, de modo que hombres que en circunstancias más propicias hubieran dedicado toda su energía y toda su inteligencia a cumplir cabalmente su función social específica de productores de riqueza y empleo, encuentran primero indispensable y luego provechoso pactar privilegios con el poder político.

La desconfianza patológica contra todo cuanto no esté iniciado o por lo menos expresamente autorizado y permitido por el Estado viene de muy lejos, de la pasión estatista e interventora de los gobiernos venezolanos, y también de la costumbre de que la función pública sirva para enriquecerse. Pero en el camino, esas dos tradiciones se han agravado monstruosamente por dos factores nuevos: el socialismo y el petróleo.

Cuando el socialismo conquista a nuestros dirigentes políticos contemporáneos (…) no viene a contradecir o a contrapesar la tradición hispánica intervencionista, estatista y autoritaria, de omnipotencia de los gobernantes y de desprecio de los gobernantes por la sociedad civil y la actividad de los particulares, sino que se juntan las dos cosas y se multiplica el efecto. La tradición anterior encaja como anillo al dedo en la mitificación que el socialismo hace del Estado como representante del bien común contra el egoísmo de los particulares.

Nos encontramos con la siguiente paradoja: que nuestros gobernantes, durante los últimos veinticinco años, han sido hombres bien intencionados que han querido hacer bien las cosas, que han prometido desarrollo económico y justicia social, liberarnos de la excesiva dependencia de la monoproducción petrolera, descentralizar el poder y aumentar la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones. Pero si miramos en torno nuestro, vemos que nada o casi nada de esto se ha logrado, aunque inesperadamente estos hombres manejaron gigantescas sumas de dinero. Lo que se ha logrado, en cambio, es el desquiciamiento de la economía y de la moral pública, la marginalización de una parte creciente de la población, el colapso de la moneda, y que en el momento actual, la mitad de un todavía inmenso ingreso petrolero se vaya en pagar sueldos de funcionarios, y que no alcance la otra mitad para cubrir las pérdidas y amortizar las deudas causadas por un sector público improductivo y monstruoso. Y también se ha logrado que, como al drogadicto a quien se le retira de pronto el estímulo venenoso y artificial con que se distraía de la realidad, la sociedad venezolana esté amenazada de entrar en convulsiones impredecibles. Yo he dicho en otra parte y quiero repetir hoy que los socialistas suelen ser infinitamente tercos, y que su destrucción de las bases de una sociedad puede ser comparada a la operación que consiste en persuadir o forzar a esa sociedad, puesto que nada sino el infame capitalismo le impide volar y alcanzar la utopía, a lanzarse de un segundo o un tercer piso. Y cuando el objeto de semejante disparate resulta magullado o hasta con alguna fractura, sostener que ese primer fracaso se debe a que no se le obligó a intentar volar desde más arriba, y repetir la operación indefinidamente cada vez desde un piso más alto. Esto define la encrucijada dramática en la cual se encuentra Venezuela, postrada, magullada y malherida por las consecuencias ineluctables del comportamiento destructivo, asfixiante, corrompido de un Estado avasallante, semejante a un gigante con cerebro minúsculo y sin control de sus actos y que, sin embargo, persiste en postularse como único capaz de conducir hasta sus más mínimos detalles la vida de una sociedad que supone o postula compuesta por eternos menores de edad en eterna necesidad de tutela. Y si el gigante persiste en que el remedio es más de lo mismo, veremos a Venezuela despeñarse de muy alto y caer tan bajo económica y políticamente como hemos visto ya hundirse sociedades latinoamericanas anteriormente prósperas y democráticas, como los países del cono sur.

El capitalismo de Estado es un flagelo que nos ha traído a donde estamos y nos puede llevar mucho más abajo todavía económica pero también políticamente, hasta la tragedia del cono sur o, en el otro extremo, la de Cuba o Nicaragua. Si los partidos que nos gobiernan insisten en tratar de enfrentar la actual crisis con mayores dosis de la misma medicina equivocada, se hundirán y nos arrastrarán a todos con ellos.

Coda

Al final del libro de entrevistas a Raymond Aron publicado en 1981 con el título Le spectateur engagé (por alguna ignota razón, en el de una reciente edición española se ha reemplazado «espectador» por «observador»), le preguntan a Raymond Aron si piensa que él es «el último liberal». La misma pregunta se le hubiese podido hacer a Carlos Rangel, antes del infausto 14 de enero de 1988. La tarde de ese día, que fue un día normal en su vida, un día más en una vida activa, llena de compromisos laborales y sociales, Rangel, en su domicilio caraqueño, se metió en su estudio y, tras despachar la correspondencia del día, se pegó un tiro en la cabeza. 

Cabe soñar que la respuesta de Rangel hubiese podido ser, como la de Aron, esperanzadora:

— ¿Es usted el último liberal?

— No. Hoy en día hay muchos que comparten mi opinión. En cierto modo, podría estar de moda.


Ilustración: Carlos Rangel junto a su primera esposa, Barbara Barling, en Los Ángeles (1965). Autor desconocido. Dominio público.