Destacado, Pensamiento

Descivilización

A la masa desnuda todo le parece la Bastilla.
Elias Canetti, Masa y poder

En su prefacio a La granja de los animales, publicado póstumamente en 1972, Orwell advertía que el principal peligro para la libertad de pensamiento y de expresión no es la injerencia directa del Estado, sino la cobardía intelectual de escritores y periodistas. No la persecución o la amenaza de cárcel, sino la autocensura. Los intelectuales no son más inmunes que otros humanos a la presión de grupo, y el temor al ostracismo es uno de los más arcaicos instintos de supervivencia. Esa presión y ese temor están siempre presentes, no son privativos de tal o cual circunstancia histórica. Orwell escribió aquello al comienzo de la Guerra Fría y tras haber visto muy de cerca, en España, tanto la brutalidad del fascismo como las fauces del totalitarismo comunista. Hoy las circunstancias son otras, pero incluso quienes tienen la fortuna de vivir en sociedades donde la actividad de pensar y escribir no está oficialmente perseguida, saben que hay palabras tabú, ideas poco frecuentables, análisis del mundo que al intelectual no le conviene airear, so pena de ninguneo por sus pares. Cada vez que cede al humanísimo temor a verse arrojado fuera del animalísimo calor de la tribu, el intelectual renuncia a ejercer la primera de todas las actividades que justifican su existencia. Charles Péguy acuñó la definición más concisa y clara de esa actividad, y le dio forma de mandamiento: «Hay que decir siempre lo que vemos; sobre todo, hay que ver siempre ⎯lo que es más difícil⎯ lo que vemos». 

Ver lo que vemos significa no ponerse anteojeras. O quitarlas, según. Pero luego viene algo no menos difícil: encontrar las palabras para decir lo que vemos con la mayor exactitud y veracidad posible. Lo que hoy se puede ver en países como Francia, España, Italia ⎯y desde mucho antes también en Reino Unido, Suecia o Alemania⎯ es, tras varios años de degradación de la enseñanza, lumpenización de los jóvenes, de zonas urbanas abandonadas a la delincuencia, de implantación de grupos étnicos opuestos al universalismo secular, un incremento acelerado de diversas formas de violencia en casi cualquier faceta de la vida social. En las últimas semanas, no solo Francia, pero en particular este país, se ha visto y sigue viéndose barrida por brutales oleadas de violencia urbana. En ese país, tan solo el episodio del sábado 17 de octubre, en el que se produjeron en decenas de ciudades un total de 440 manifestaciones con participación de más de medio millón de personas, deja un balance estremecedor: 2488 comercios saqueados y vandalizados, más de 2000 incendios, más de 2500 detenciones, más de un millar de policías heridos… A la altura está el balance económico. Según cálculos de la Fundación iFRAP, reconocido think tank liberal, el coste de los estallidos de violencia de ese único día ⎯recuérdese que manifestantes, saqueadores y vándalos volvieron a salir a las calles el siguiente sábado, y su intención declarada es repetir el mismo guion hasta las calendas griegas, en este caso, hasta las presidenciales de abril-mayo⎯ alcanza 1.100 millones de euros, en su hipótesis más optimista, de los cuales cerca de 910 millones corresponden a daños materiales y 190 millones a pérdidas de explotación o lucro cesante como consecuencia del cese o la reducción de la actividad. Los comercios representan la mayor parte de este monto (666 millones de euros), por delante de los bienes públicos (200 millones), entre los que se encuentra el ayuntamiento de Limoges, devastado por las llamas de un incendio provocado. Otros estallidos de violencia, con consecuencias menos graves pero comparables por su naturaleza, se han registrado en Italia (Milán, Bolonia y Roma) y España (Barcelona y Bilbao).

Hasta aquí, someramente, lo visible y cuantificable. Los líos empiezan a la hora de nombrar lo observable. Revueltas. Revolución. Protestas (por el coste de la vida, el sistema educativo, el paro juvenil). Vandalismo (de la mano de grupos de extrema izquierda, inmigrantes, islamistas, bandas de delincuentes). Guerra civil. Sí, por increíble que parezca, hoy en Francia se analiza lo sucedido como las primicias de una guerra civil, primer acto del enfrentamiento entre la Francia tradicional ⎯la Francia periférica, para decirlo con Christophe Guilluy⎯ que vota a la extrema derecha, y la «Nueva Francia» de Mélenchon y la izquierda radical, representada por los habitantes «racializados» de las banlieues. Hay quienes alucinan, como si fueran aplicaciones baratas de la IA, y proponen paralelismos con las guerras de religión que enfrentaron a católicos y calvinistas y dejaron devastada la Francia de la segunda mitad del siglo XVI… Por no hablar de otros delirios hermenéuticos, el más corriente de los cuales consiste en postular que detrás de los estallidos de violencia en algunas de las principales ciudades europeas, anida la variante de moda de las sempiternas teorías conspirativas: la guerra híbrida. Fomentada, al gusto del consumidor de conspiranoias, por rusos, chinos o israelíes, cuando no por los tres a la vez. Si la advertencia de Orwell conserva hoy toda su vigencia, como lo pienso, esta inflación de conjeturas sin duda delata la desaparición de los grandes relatos ideológicos (liberalismo versus marxismo, capitalismo versus comunismo) y su sustitución por un esoterismo de andar por casa, hecho con retazos de sociologismo, periodismo e historicismo. Aquello de entonces era reductor y embrutecedor, esto de hogaño también, pero al menos también es risible. Con algo hay que consolarse.

Dicho lo cual, sorprende lo poco que nuestros hermeneutas recurren a una palabra que parece la menos inapropiada para intentar comprender estos estallidos de violencia: descivilización. Sospecho que tiene que ver con el hecho de que el autor responsable de ponerla en circulación hace quince años, Renaud Camus, es el mismo que más a fondo ha teorizado la sulfurosa idea del «gran reemplazo» de poblaciones autóctonas por la inmigración masiva. Este otro Camus, que empezó siendo, con la inestimable ayuda de Roland Barthes, el poster boy de la intelectualidad gay parisina, se ha convertido en el crítico más acerbo de cuanta política o moda progresista es adoptada en Francia, lo que equivale a decir que se opone a prácticamente todo lo establecido y consensual en este país. Como era de esperar, ha sido ostracizado por la biempensancia local, que lo considera un ultraderechista de manual, enemigo de la razón y el progreso. Anecdóticamente, confieso haber dado un respingo el día que escuché esa expresión, «gran reemplazo», dicha, o mejor dicho chillada histéricamente por Irene Montero en un mitin de la rabiosamente descerebrada izquierda que ella y los suyos lideran, pidiendo a gritos que se produzca por fin el gran reemplazo «para barrer de fachas, de racistas y de vividores» a España… No me queda claro que su intención haya sido irónica, como decretó la prensa. Jean-Pierre Faye teorizó hace más de medio siglo la teoría de la herradura, según la cual en política, las ideas y tendencias más extremas tienden a colindar. Y cuando digo que no me queda claro es porque pienso en un artículo en el que el escritor y periodista inglés Peter Hitchens, hermano del más célebre Christopher, en su juventud marxista a macha martillo y hoy conservador burkeano, señalaba en estos términos la vieja relación entre izquierda e inmigración:

Cuando yo era un marxista revolucionario, todos estábamos a favor de que hubiera tanta inmigración como fuera posible. No porque nos gustaran los inmigrantes, sino porque no nos gustaba Gran Bretaña. Veíamos a los inmigrantes, vinieran de donde vinieran, como nuestros aliados contra la sociedad aburrida, estancada y conservadora que nuestro país seguía siendo a finales de los sesenta. Además, nos gustaba sentirnos superiores a tanta gente desconcertada, habitantes casi todos de las zonas más pobres de Gran Bretaña, que veían cómo sus barrios se transformaban de repente en supuestas «comunidades vibrantes». A los que se atrevían a expresar la más mínima objeción, los tachábamos de intolerantes.

El caso es que descivilización es una palabra que muchos han decidido no tocar ni con un palo. Extrañamente, porque lo que en 2011 expuso Camus en Décivilisation es una serie de observaciones sobre los comportamientos habituales de nuestros contemporáneos que hoy en día pueden considerarse hasta banales, y que se desprenden de su tesis central: que el igualitarismo imperante ha infantilizado a la sociedad y expulsado de la esfera pública al adulto. No es ni mucho menos el primero en establecer este diagnóstico; basta con pensar en Ortega, o en el Gombrowicz genial de Ferdydurke. Y, más cerca, en Alain Finkielkraut cuando, para escándalo de los contertulios de un programa de la televisión francesa, diagnosticó el mismo mal en los estudiantes que manifestaban airadamente en las calles de las principales ciudades francesas en 2006. Vale la pena citar sus palabras, que pueden aplicarse con la misma propiedad a las manifestaciones estudiantiles que sirven de pretexto a la actual andanada de violencias:

El principal problema de los jóvenes es que no tienen a nadie frente a ellos (…) no hay adultos que les hagan frente. Cuando es posible decir que una revuelta de estudiantes de instituto es ejemplar, es que algo raro nos está pasando. (…) Personalmente, creo que hoy en día existe una angustia entre los jóvenes relacionada con la realidad del desastre educativo. Un desastre que se ha ido instalando desde hace ya algunos años, que tiene que ver con unos programas de estudio en los que, efectivamente, los niños y adolescentes no se enfrentan a nada ni se comparan con nadie. Y en los que, partiendo de la igualdad de las personas, llegan a la conclusión de que todos son igualmente geniales. (…) ¿Qué les hemos oído reclamar? Un empleo estable para todos. ¡Un empleo estable para todos! (…) Esto, si se quiere, es conmovedor, es patético, pero ¿qué significa? Significa que se pide la retirada de lo real, la derogación de lo real, o más bien, que se dice: «Señor Real, un minuto más». Un minuto más de esta dulce ilusión de una vida sin conflictos, de una vida en la que, en cierto modo, nadie tiene que demostrar nada, como si precisamente el ser humano no fuera una tarea que cumplir, sino una serie de derechos insatisfechos.

Para que su acción sea realmente eficaz, además de la infantilización de sus miembros, para descivilizar una sociedad se requieren otros dos elementos: el ocio y esa peculiar forma de gobierno que encarna en los Estados burocráticos. En este último punto, los análisis de Hannah Arendt en Sobre la violencia (1970) me parecen iluminadores. Arendt añade a las cinco formas convencionales de gobierno («de uno o de unos pocos en la tiranía y la monarquía, de los mejores o de muchos en la aristocracia y la democracia»), «la última y quizá más formidable forma de gobierno: la burocracia», a la que propone llamar «gobierno de Nadie». Explica Arendt por qué la considera la más tiránica de todas:

Si, conforme al pensamiento político tradicional, identificamos la tiranía como el gobierno que no está obligado a dar cuenta de sí mismo, el gobierno de Nadie es claramente el más tiránico de todos, pues no existe precisamente nadie al que pueda preguntarse por lo que se está haciendo. Es este estado de cosas lo que hace imposible la localización de la responsabilidad y la identificación del enemigo, y una de las causas más poderosas de la actual y rebelde intranquilidad difundida por todo el mundo, de su caótica naturaleza y de su peligrosa tendencia a escapar a todo control, al enloquecimiento.

Arendt hizo estas observaciones a finales de la década de 1960, teniendo presentes las manifestaciones contra la guerra de Vietnam y las revueltas estudiantiles en Estados Unidos y Europa. Lo que realmente le interesaba era averiguar qué tipo de relación hay entre el ejercicio del poder por un determinado tipo de gobierno y los súbitos y masivos estallidos de violencia en el espacio público, en sociedades en las que, a diferencia de las de los Países del Este antes de la caída del Muro, la libertad de pensamiento y expresión no se enfrentaban a ninguna forma de censura oficial. ¿Por qué la violencia, en sociedades prósperas y libres? Precisamente porque en ellas, los gobiernos burócratas parecen haber renunciado a ejercer la única forma de violencia legítima, la del Estado, confiados en la eficacia de su complejísimo entramado de leyes, normas y regulaciones. Pero en épocas de desajuste económico, de transición industrial y tecnológica, o ante la amenaza de una guerra, el Estado burocrático es lento e ineficaz en sus respuestas. Irrumpe entonces la tentación de valerse de la violencia para ejercer las normales funciones de una sociedad civil: denunciar, reclamar y obtener satisfacción. En resumidas cuentas, cuando el Estado renuncia a ejercer el poder, es decir, la violencia legítima de la que el pacto social le ha investido, la violencia desnuda y ciega de las masas se enseñorea del espacio público. Es lo que Arendt resume diciendo que «políticamente hablando, es insuficiente decir que poder y violencia no son la misma cosa. El poder y la violencia son opuestos; donde uno domina absolutamente falta el otro. La violencia aparece donde el poder está en peligro pero, confiada a su propio impulso, acaba por hacer desaparecer al poder».

No puedo saber si Michel Houellebecq, el único escritor francés que practica hoy parecida función social a la que en su día ejercieron Voltaire, Hugo o Zola, ha leído a Arendt. Tampoco creo que le haga falta hacerlo. Lo cierto es que a su manera dice lo mismo en una reciente entrevista, cuando le preguntan por la violencia desatada en su país: «En Francia la violencia no viene del descontento, sino de que ya no hay miedo a la policía ni a la justicia». Una violencia que, recuerda, lleva años manifestándose en un país que se está acostumbrando a que cualquier ocasión sea buena para que su espacio público sufra violencias sin freno que el gobierno se niega a reprimir con severidad. Y es que antes de los estallidos de las últimas semanas, cualquier ocasión festiva ⎯desde la celebración nacional del 14 de julio hasta un banal campeonato de fútbol⎯ degenera en Francia en catastróficos episodios de pillajes y saqueos.

En cuanto al ocio, por último, aunque aparentemente modesto e inocuo, quizás se trate del más corrosivo agente de la descivilización que padecen nuestras sociedades. El ocio no es otra cosa que el poso que deja la abolición del riesgo. Una sociedad infantilizada, en la que todos se sienten titulares de derechos infinitos y, por tanto, víctimas en cuanto no pueden satisfacer alguno de ellos, detesta el riesgo que supone luchar por ellos y defenderlos, y solo concibe volcarse en la violencia para reclamarlos o en el ocio para ejercerlos. Ahora vivimos, cada día más, sitiados por las consecuencias de lo descrito por Arendt: la desaparición o ineficacia o eclipse de un poder político sobredimensionadamente burocrático que abre las puertas a jaurías violentas.

En una carta fechada el 18 de febrero de 1969, el siempre infalible Emil Cioran escribe a su gran amigo Amel Guerne, traductor de profesión y héroe de la Resistencia, para decirle la mezcla de angustia y rabia que siente. Ya antes habían comentado los sucesos de mayo del año anterior ⎯el famoso Mayo del 68⎯ pero en esta ocasión, Cioran aconseja a su amigo que no venga a París. Describe una ciudad entregada a diversas formas de violencia, entre las que destaca señaladamente lo que ve desde su ventana: pequeños grupos de jóvenes ociosos que casi siempre acaban peleándose entre ellos y propinando una brutal paliza a alguno de sus miembros. Añade que en Estados Unidos, por lo visto, pasan cosas parecidas, a tenor de un testimonio leído en la prensa, en el que «un yanqui rico» decía que ahora pasaba sus vacaciones en Leningrado porque al menos ahí podía salir a pasear de noche sin arriesgar la vida. «Es casi seguro ⎯escribe Cioran⎯ que la atmósfera de los países opulentos, civilizados y “libres” acabará volviéndose irrespirable».

De estas observaciones, Cioran extrae una conclusión en forma de análisis prospectivo, que me permito copiar íntegramente porque me parece que resume esa descivilización que hoy parece ser el único horizonte de las sociedades en las que vivimos:

Cuando los trabajadores, gracias a la automatización, solo trabajen unas pocas horas a la semana, acabarán reaccionando como los estudiantes; también ellos querrán echarlo todo por la borda. Por aburrimiento, por exasperación, por ese vacío aterrador fruto de la ociosidad. ¡La vida solo es soportable para los esclavos, para aquellos que, como tú, han traducido setenta volúmenes! Para un joven que no ha hecho nada y no sabe hacer nada, la vida es una pesadilla. La revolución como fiesta (ese fue el gran descubrimiento del año pasado), ¡la revolución como orgía permanente! Me inclino a pensar que todos estos jóvenes son, en mayor o menor medida, unos agotados sexuales: hastiados del placer, del que, sin embargo, hacen el motor de sus acciones, están resentidos con una sociedad que les ha proporcionado demasiado tiempo libre. Es el odio contra el benefactor, el resentimiento de la mujer mantenida contra su amante.

¡Todo es de una idiotez rematada!

Como Orwell, Cioran siempre veía lo que veía, y además lo nombraba. En efecto: vivimos en sociedades cada vez más idiotizadas. Más descivilizadas.


Ilustración: Violentos disturbios en París. Foto de Jorge Jaramillo tomada en el Boulevard Voltaire el 17 de octubre de 2026. Via wikimedia commons.