Destacado, Pensamiento

Una conquista frágil

Siempre he sentido un gran consuelo con la renuncia de Moses Herzog al final de Herzog (1964), la novela de Saul Bellow. Herzog tiene una capacidad extraordinaria para analizar el mundo. Formula diagnósticos sobre la sociedad, recuerda a los grandes filósofos y examina las motivaciones ajenas con precisión. Pero esa capacidad no le garantiza la comprensión de su propia vida. Escribe cartas a todos: amigos, familiares, amantes. Ninguna consigue sacarlo de la crisis en que se encuentra desde la ruptura de su matrimonio con Madeleine. Hay cosas que quizá no podamos llegar a comprender del todo. La traición de un amigo que se acuesta con tu mujer tal vez sea una de ellas. Herzog dispone de un vocabulario privilegiado para describir el mundo. Y aun así no consigue comprender su propia vida de una manera que le permita vivirla. El consuelo final es su renuncia: necesitamos razonar mucho antes de aceptar que la razón no siempre basta.

En su discurso de recepción del Nobel de Literatura, en 1976, Bellow vuelve sobre esta cuestión, que atraviesa Herzog y gran parte de su obra. Habla de las «true impressions» que Proust describe como destellos fugaces de reconocimiento: momentos en los que alcanzamos a percibir algo de la complejidad de nuestra existencia que el pensamiento no consigue apresar por completo. La literatura importa porque puede producir esos momentos. Los grandes novelistas rescatan de las profundidades solitarias del alma una noción fugaz y duradera de lo que somos y nos la ofrecen para nuestra comprensión. Pero esta concepción del arte presupone una determinada idea del individuo: alguien cuya realidad nunca queda agotada por las explicaciones que podemos dar de él. Esa concepción ya llevaba tiempo tambaleándose en el momento en que Bellow escribió su discurso. Robbe-Grillet, muy prolífico en las décadas de los cincuenta y los sesenta, afirmaba en Sur quelques notions périmées (1957), más tarde integrado en su célebre libro Por un noveau roman (1963),  que las novelas de Kafka, Camus o Sartre marcaban el fin de la literatura de personajes. Que el mundo contemporáneo había renunciado a la centralidad del individuo para dirigirse a una conciencia menos antropocéntrica. Y que la personalidad, el carácter y la individualidad eran categorías de una época histórica superada. Bellow interpreta esta transformación como una posible renuncia a la centralidad de la persona. La duda es pertinente. ¿Qué perdemos cuando abandonamos esa idea del individuo? Está en juego algo más que las convenciones de la novela. Tal vez —sugiere Bellow— un asunto tan decisivo como la posibilidad de reconocer algo sobre los seres humanos.

Hay un texto de D.H. Lawrence, citado por el mismo Bellow en su discurso de laureado, donde el escritor inglés describe una sociedad en la que la simpatía espontánea entre los seres humanos se ha quebrado. «The sympathetic heart is broken», dice. «We stink in each other’s nostrils». El texto, introducción a una novela de Edward Dahlberg titulada Bottom Dogs (1930), es una reflexión apasionada y extraña sobre la deshumanización de la vida moderna. Lawrence comienza denunciando la masa de fracasos que sostiene la prosperidad económica de Estados Unidos. En el Oeste, dice, los pequeños rancheros arruinados dejaron paso a explotaciones mayores que se beneficiaron del trabajo agotador de los pioneros. Hombres capaces de enfrentarse a dificultades extraordinarias terminaron derrotados, mientras su esfuerzo desaparecía sin dejarles nada. La novela retrata a personas cuya vida interior parece haberse reducido a una forma elemental de persistencia: voluntades frías, con una conciencia mínima, incapaces de establecer vínculos afectivos satisfactorios. A esto Lawrence lo llama «repulsive consciousness», una conciencia dominada por la repulsión, en la que el otro ha dejado de suscitar simpatía y se ha convertido en una presencia físicamente intolerable. La paradoja está en que la benevolencia pública y las convenciones morales pueden mantenerse mientras existe una repulsión privada cada vez más intensa. Si Lawrence hubiera denunciado la deshumanización como un mero resultado del trato de las instituciones o del sistema económico, probablemente el texto no sería tan interesante. Pero donde apunta es al interior de la experiencia humana, al lugar y el momento donde perdemos la capacidad de sentir a los demás como seres con los que compartimos algo fundamental. Es fácil identificar en esas observaciones la vida interior de nuestro presente: una voluntad fría, cada vez mayor aislamiento social, y un pasmo exasperante ante cuestiones graves. Todo al tiempo en que se anuncia la solidaridad con los demás. Bellow recoge el testimonio de Lawrence para llevarnos en la dirección contraria. No para concluir de manera simplista que la literatura elimina la distancia entre las personas o que nos garantiza comprenderlas, pero sí para sugerir que puede devolvernos, por un rato, la conciencia de que detrás de lo que nos resulta extraño, irritante o incomprensible hay una experiencia humana que no se agota en nuestra percepción de ella.

Si la individualidad puede erosionarse por causas históricas, es porque también tuvo causas históricas su nacimiento. Esa es la idea que atraviesa uno de los libros más interesantes de Isaiah Berlin: Las raíces del romanticismo (1965). Berlin describe el Romanticismo como una revolución de la conciencia. La Ilustración había confiado en que la razón podía descubrir principios universales y contribuir a construir un orden humano racional y comprensible. Los románticos, sin embargo, cuestionan la idea de que todos los valores puedan reducirse a un sistema coherente, con soluciones correctas y reconciliables. El ser humano tiene la capacidad de descubrir y crear los fines que desea perseguir, es decir, que puede imaginar posibilidades, darles forma e ir detrás de ideales que no estaban contenidos de antemano en el mundo. Con ello, el Romanticismo abrió la posibilidad de que existieran formas de vida genuinas e incompatibles entre sí, sin que una sola pudiera reclamar legítimamente el monopolio de lo verdadero. Fue esta idea la que transformó la noción de individualidad. Berlin lo plantea en términos prácticamente inequívocos: fue una ampliación de la conciencia humana; un cambio en la estructura psicológica del individuo. Las consecuencias —sobre todo a nivel político— aún las sentimos, aunque no me detendré en ellas ahora. Lo que me interesa señalar es la posibilidad de que esa noción de individualidad tuviera en efecto una naturaleza histórica. Si así fuera, ¿podría llegar a desaparecer como ideal cultural? ¿Podemos conservar la libertad y la autonomía mientras dejamos de concebir a las personas como algo más que el resultado de sus circunstancias, sus preferencias y sus condicionamientos? El alegato de Bellow en su discurso del Nobel es una reivindicación romántica. Herzog, a su manera, una elegía velada del espíritu, al que Bellow se cuida mucho de llamar así en su discurso:

La esencia de nuestra condición real, con su complejidad, su confusión y su dolor, se nos muestra en destellos, en lo que Proust y Tolstói consideraban «verdaderas impresiones». Esta esencia se revela y luego se oculta. Cuando se va, nos deja de nuevo en la duda. Pero nunca parecemos perder nuestra conexión con las profundidades de las que provienen esos destellos. El sentido de nuestros verdaderos poderes, poderes que parecemos derivar del propio universo, también viene y va. Somos reacios a hablar de esto porque no hay nada que podamos probar, porque nuestro lenguaje es inadecuado y porque pocas personas están dispuestas a arriesgarse a hablar de ello. Tendrían que decir «Hay un espíritu», y eso es tabú. Así que casi todo el mundo guarda silencio al respecto, aunque casi todo el mundo es consciente de ello.

Casi nadie con influencia parece hoy dispuesto a entender al ser humano en estos términos. Ni en la política, ni en la ciencia ni en el arte. La energía creativa del hombre se concentra alrededor de la tecnología, el enésimo apéndice de la razón, y la vida interior se explica con argumentos mecanicistas que se pretenden irrefutables. 

Esto cambia lo que le ocurriría hoy a un personaje como Moses Herzog. No porque falte quien tenga su afán de comprensión racional, sino porque ese afán encuentra respuesta inmediata y gratuita. Herzog escribía cartas que nunca enviaba y pagaba con su crisis cada explicación que no le bastaba. Hoy podría pedirle a ChatGPT un diagnóstico de Madeleine, otro de su amigo y un tercero de sí mismo, y recibirlos en segundos, bien escritos y razonables. La novela de Bellow nos dice que ninguna de esas explicaciones habría sido suficiente. Pero Herzog llegó a esa conclusión porque agotó el camino. Me pregunto si, con la explicación tan barata y tan a mano, seguiremos recorriéndolo lo bastante como para descubrir dónde termina. La renuncia final de Herzog fue un consuelo porque tuvo que ganársela, y sin ella los destellos de los que habla Bellow no tienen dónde aparecer. Es el viaje que Bellow, a través de Conrad, atribuye al artista: descender a esa parte solitaria e interior de uno mismo y encontrar allí las palabras con las que apelar a los demás. Nadie emprende ese descenso mientras tenga una explicación a mano. De modo que la precaución de Bellow se vuelve más relevante. ¿Queda siquiera algo de lo que se atrevió a llamar «espíritu»? ¿Aspiramos aún a rescatar esos destellos de comprensión que la literatura hace posibles? ¿O acaso esa idea de individualidad es solamente un residuo de la psicología y la moral del siglo XIX al que algunos escritores irritantemente nostálgicos se agarran? Que la individualidad sea una invención histórica no la hace menos real, pero sí la hace más frágil: una conquista que dura mientras alguien se tome la molestia de defenderla. Quizá la literatura siga siendo uno de los pocos lugares donde todavía se hace.


Ilustración: Conciencia. Óleo sobre tela de Andrei Mironov (2015). Via Wikimedia Commons