Colombia llega a la segunda vuelta presidencial del 21 de junio de 2026 con una confrontación política de perfiles claramente opuestos: de un lado, Abelardo de la Espriella, abogado, figura mediática, candidato de derecha dura y presentado por sus seguidores como un hombre de orden; del otro, Iván Cepeda, senador del Pacto Histórico, dirigente de la izquierda radical, defensor de la continuidad del proyecto político iniciado por Gustavo Petro. La contienda no es solo entre dos nombres: es entre dos visiones de Estado, seguridad, economía, justicia y relación con el poder.
De la Espriella («El Tigre» para sus seguidores), ha construido su campaña sobre un mensaje directo: autoridad, mano dura contra el crimen, reducción del Estado y ruptura con el petrismo. Sus propuestas más destacadas incluyen militarizar la lucha contra las organizaciones criminales, erradicar cultivos ilícitos, construir megacárceles, endurecer penas y terminar con la llamada «Paz Total» del gobierno actual. También ha hablado de un «Plan Colombia 2.0», con uso de drones, inteligencia artificial y cooperación internacional para enfrentar al narcotráfico y los grupos armados.
Cepeda, admirador de Fidel Castro y Hugo Chávez, por el contrario, propone una agenda basada en lo que llama «revoluciones democráticas»: ética, social, económica, política y territorial. Su programa insiste en la justicia social, la defensa de las víctimas del conflicto, la reforma agraria, el fortalecimiento de lo público, la educación gratuita, la salud universal y una política de paz basada más en diálogo e inclusión que en militarización.
Este es el discurso del candidato de extrema izquierda, pero otras son sus intenciones: mayor control de Estado, intervención creciente en la economía hasta llevarla a un estado calamitoso como pasó en Cuba y Venezuela, y restricciones de los derechos y libertades del ser humano. Su candidatura es vista como la opción de continuidad del Pacto Histórico, aunque en la recta final ha intentado tomar distancia de algunas posiciones de Petro, especialmente de la idea de una asamblea constituyente. Si triunfara intentaría imponerla.
La diferencia más profunda está en la seguridad. De la Espriella promete recuperar el control territorial con fuerza, disciplina y autoridad estatal. Su discurso conecta con millones de colombianos cansados del avance del narcotráfico, las disidencias, la extorsión y la violencia. Para sus simpatizantes, el país necesita un gobierno que no negocie con criminales sino que los derrote. Para sus críticos, algunas de sus promesas, como derrotar el narcotráfico en noventa días, son difíciles de cumplir y pueden conducir a excesos de poder o a choques institucionales.
Cepeda ofrece otra respuesta: fortalecer el Estado social, proteger líderes comunitarios, atender causas estructurales de la violencia y defender los acuerdos de paz. Sus adversarios lo presentan como un candidato de izquierda radical o comunista; sus aliados lo presentan como un defensor de derechos humanos y de las víctimas. La pregunta que pesa sobre su campaña es si Colombia desea profundizar el experimento «progresista» de Petro o si, por el contrario, quiere cerrar ese ciclo.
En economía, el contraste también es evidente. De la Espriella apuesta por un modelo liberal: reducción de impuestos a empresas, menos trámites, crecimiento privado, inversión, fracking, nuevos contratos petroleros y modernización de la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (DIAN), con inteligencia artificial. Cepeda propone mayor progresividad tributaria, lucha contra la evasión, fortalecimiento del Estado, Banco del Pueblo, renta básica y reformas sociales más profundas.
En estilo político, De la Espriella se presenta como outsider, frontal, antipetrista y sin compromisos con la clase política tradicional. Su campaña ha sido comparada con fenómenos de derecha como Nayib Bukele, Javier Milei y Donald Trump. Cepeda, en cambio, representa una trayectoria parlamentaria, militante, de izquierda radical organizada, con fuerte vínculo con movimientos sociales, comunidades indígenas, sectores populares y organizaciones de víctimas.
El duelo entre ambos candidatos resume una Colombia partida en dos. Una parte del país quiere orden, castigo al crimen, autoridad y giro económico hacia el mercado. Otra parte quiere continuidad «progresista», reformas sociales, paz negociada y mayor intervención estatal. De la Espriella habla al miedo, al cansancio y al deseo de autoridad. Cepeda habla a la memoria, a las víctimas, a la igualdad y a la promesa de una transformación social pendiente.
En política internacional Cepeda mantendría y profundizaría sus vínculos con la izquierda radical antiestadounidense. El régimen cubano sueña con un nuevo Nicolás Maduro que lo saque de la terapia intensiva en que lo ha dejado la captura del líder chavista. De la Espriella se alinearía con Gobiernos como el de Trump, Milei y Bukele: anticomunistas y promercado. Para los comunistas cubanos sería otra pesadilla.
La decisión final será, en buena medida, un plebiscito sobre el gobierno Petro y sobre el rumbo de Colombia: seguridad con mano dura y giro a la derecha, o continuidad de izquierda con énfasis social y paz política. El 21 de junio no solo se elegirá presidente; se decidirá qué entiende Colombia por salvación nacional: autoridad inmediata o reforma social profunda.
Ilustración: Penitentes (1917), Xul Solar, vía Wikiart.
