Destacado, Pensamiento

Turismo homérico

Desde su estreno, la Odisea de Christopher Nolan ha motivado discusiones en todas las direcciones sobre sus presuntos aciertos o desaciertos. Hay quienes desde un romanticismo ingenuo reclaman «fidelidad» a la adaptación y rechazan todo lo que les parece ⎯con un criterio más que dudoso⎯ que se aparta del original homérico; hay también quienes, por defender que ninguna reinterpretación de un clásico le debe fidelidad al original, dan un paso más y parecen concluir que cualquier decisión es válida, olvidando por el camino que a toda obra hay que exigirle siempre una consistencia interna. Ambos tienen en común que creen saber ⎯o suponen⎯ de antemano qué es eso de Homero y en qué consiste lo esencial de la Odisea. Hay un tercer grupo, más reducido, que se mueve en un espacio más sensato en la medida en que reconoce que no sabemos exactamente cómo hay que interpretar el texto original, pero sorprendentemente parece olvidar también algo esencial: que, aunque el diálogo con la tradición en cierto modo sea caprichoso, toda reinterpretación artística de un clásico, en el formato que sea, puede terminar por tener una relación solo cosmética con el original, que aparece entonces solo como pretexto para decir otras cosas, y en tales casos uno se pregunta qué necesidad hay de recurrir al clásico en cuestión para decir algo que podría decirse de otras maneras.

En ese sentido, no creo que la película de Nolan sea, en relación con Homero, digna de comentario, y no porque sea buena o mala, sino sobre todo porque es del todo irrelevante para aproximarse al problema homérico. He leído en las redes a unos cuantos defensores de la película que sostienen que gracias a Nolan ahora hay más lectores de la Odisea y que el mundo clásico se ha acercado más al llamado «gran público». Las ventas de las ediciones del poema han aumentado en estas últimas semanas, desde luego, y ahora hay quizá más gente que sepa que Homero existe y que la Odisea es una obra fundacional de Occidente. Lo que no hay es, en sentido estricto, más lectores de Homero. Leer la Odisea (hay que suponer que traducida) no es sinónimo de tener intención alguna de acercarse al mundo homérico o a la Grecia antigua. La existencia del filme, en realidad, ni nos acerca a la obra original ni nos aleja de ella más de lo que lo haría, por ejemplo, una película de Spiderman. 

Hay muchas formas de aproximarse a una obra, y no todas pretenden entenderla. Es legítimo, desde luego, tomar como fuente de inspiración una obra clásica, por ejemplo como material artístico. Cuando se hace eso, lo que realmente se hace es tomar prestados giros, imágenes, ideas, escenas, personajes, etc., para luego diseñar algo propio. Como digo, es perfectamente legítimo y también es fuente de riqueza cultural, y es uno de los motores del arte, pero eso no tiene nada que ver con tratar de entender a Homero. Es un asunto bien distinto.

Por un lado, gran parte de lo que fue Homero está ya perdido. No sabemos cómo sonaba exactamente un hexámetro; también se nos escapa, en gran medida, el papel de lo que nosotros identificamos como «música» en el contexto de la Grecia arcaica (donde no existe aún tal concepto); y no digamos ya en época micénica. Se ha perdido para siempre también el sentido de las palabras, aunque podamos reconstruir muchos aspectos de su significado. Nuestra aproximación es desde luego siempre artificial y dubitativa, provisional, y así seguirá siendo. Y sin embargo, no cualquier interpretación que hagamos es consistente con los versos homéricos. Por ejemplo: una interpretación en términos ⎯digamos⎯ «feministas» de los poemas es de hecho una proyección anacrónica sin sentido, y nos impide de raíz la posibilidad de acceder al poema. Lo mismo pasa cuando, por poner otro ejemplo, queremos dar al Hades un significado moderno similar al que para nosotros pueda tener el más allá (da igual cómo nos lo representemos, tanto si creemos en él como si no). La incursión de Odiseo en el Hades es sin duda una cosa muy distinta de lo que solemos imaginar. 

El problema no es que tengamos nuestras propias categorías, pues está claro que no podemos evitar tenerlas; el problema es que toda interpretación se vuelve anacrónica cuando deja de utilizar sus categorías como instrumentos de interrogación y empieza a proyectarlas sobre el texto. Criticar los poemas homéricos porque en ellos aparecen esclavas es muy parecido a criticarlos porque los héroes no van en coche en vez de montados en un carro. La discusión moderna sobre la igualdad y la libertad no pertenece a ese mundo. Del mismo modo, y puesto que tampoco la idea de un más allá existe aún, preguntarnos cómo presenta Homero el más allá solo nos desvía de la interpretación. 

La Odisea de Homero no nació como un texto, pero nos ha llegado en forma de texto. Los demás elementos, como decía, se han perdido. Es un problema irresoluble con el que hay que convivir. Eso no solo sucede con Homero, sucede también en una u otra medida con cualquier autor griego arcaico o clásico, y también con otras obras antiguas que no son griegas, como el poema de Gilgamesh o el Mahabhárata, o el Antiguo Testamento, por poner un ejemplo más sensible. 

Toda traducción de Homero a una lengua moderna es imposible en el fondo, más de lo que lo es una traducción de Shakespeare o de Petrarca. Esa imposibilidad indica también por qué debe interesarnos el asunto. El fracaso es un indicador de relevancia. Allí donde algo no es posible, precisamente allí es donde se hacen evidentes nuestras limitaciones —y no las de la cosa. Somos nosotros, y no Homero, en este caso, los que tenemos un problema. Precisamente por eso tendremos que ser especialmente cautelosos cuando queramos defender la importancia de leer la Odisea: ¿qué significa, en tal caso, «leer»? No es un problema menor. Aplicado a Homero, leer es una operación contraintuitiva; tenemos que detenernos constantemente y sospechar de cada conclusión a la que creemos llegar. La lectura de Homero es necesariamente perturbadora porque a cada paso pone en evidencia nuestra propia incapacidad como lectores. Cada verso nos obliga a batallar contra nuestra convicción de ser realmente lectores decentes. Leer no es solo la obtención de un significado contenido en un texto, es también, y en primer lugar, la comprensión de los supuestos operativos en ese texto. Cuando leemos una novela o un artículo científico actuales, generalmente tenemos la impresión de poder acceder directamente al significado del texto porque compartimos supuestos con él y no sentimos la necesidad de tener que explicitarlos constantemente, y por eso olvidamos que leer es, en primer lugar, sacar a la luz los supuestos, los propios y los del texto. 

Volvamos al asunto: ¿qué quiere decir realmente que «Nolan ha acercado el mundo clásico al gran público»? ¡Y precisamente en una película de Hollywood! Significa que ha encontrado la forma —y no precisamente porque la haya buscado— de no perturbar las almas de sus contemporáneos. Las discusiones en torno a su propuesta tienen que ver en su mayoría con cuestiones de purismo romántico o con las religiones woke de turno, tanto de izquierdas como de derechas. El hecho de que el interés del público se lo lleve el color de piel de Helena, por ejemplo, o la apariencia vikinga de los barcos aqueos, o la armadura de superhéroe de Agamenón, o incluso cierto carácter pusilánime del Odiseo de Damon en comparación con el original, parece sugerir que la obra de Nolan, como por otro lado era de esperar (y quizá no tenía otra opción, dada su filiación hollywoodiense), en realidad, no discute nada, no asume nada, no dice nada en absoluto. Que las discusiones sean esas, las mismas que vemos en una riña política cualquiera, delata la docilidad de los espectadores, y aunque eso no nos permita inferir la insignificancia artística de la película directamente, el hecho de que no tenga el poder de ofender o asombrar más allá de las provocaciones ideológicas de turno quizá sí que indica algo sobre su calidad cinematográfica. Dejando de lado la operación de marketing indiscutiblemente exitosa, lo que vemos es que las polémicas asociadas a la película se sostienen sobre un espejismo. No discuten ningún problema real. 

Esta farsa, como en otros tantos casos, tiene relación con la tendencia actual a inventar problemas ficticios, sin ninguna base real, que luego, una vez aceptados, parecen relevantes solo a los que los han creado y aceptado. Fuera del marco que los animó, son meras ficciones sin vida. Las ideologías woke (en su doble cara de izquierdas y de derechas) son un ejemplo claro de estas ficciones y su funcionamiento. Los problemas que plantean no son, en origen, verdaderos problemas. Más bien ocurre que un conjunto de intereses individuales y colectivos ⎯del tipo que sea, no solo económicos, también sencillamente de ego⎯ dependen de que la farsa siga celebrándose sin interrupción. 

El hombre actual no entiende ⎯ni quiere descubrir⎯ los problemas a los que se enfrenta realmente, se limita a vivir instalado en un conjunto de farsas que le resultan cómodas porque, por lo general, no le impiden seguir con el curso tedioso de la vida. El mundo de hoy se caracteriza por la creación incesante de ficciones que prometen dar un propósito y un sentido a la vida. Las ficciones de unos chocan contra las de los otros. En esa sopa de disparates, cada cual cree haber encontrado su fe. 

La expresión desidiosa occupatio, acuñada por Séneca, que ya usé en un artículo anterior, es oportunísima también en esta ocasión. Una ocupación desidiosa es aquella destinada a ocultar la ausencia de propósitos. Tenemos un ejemplo formidable de ocupación desidiosa en la pasión contemporánea por los viajes, que da al hombre la ilusión de estar aprovechando el tiempo y baña ese delirio con un barniz superficial de actividad cultural. Piénsese en la cantidad de visitas que reciben cada año La Gioconda de Leonardo o el David de Miguel Ángel. Se reviste el encuentro de un brillo atrayente para que el turista no repare en su incurable desgana. Es una ocupación desidiosa, ciertamente, la de visitar Tailandia o Bali, pero también lo puede ser cualquier otra actividad, dependiendo de la actitud del que la lleva a cabo: practicar un deporte, tocar la guitarra, bailar bachata o aprender un nuevo idioma. También encontrar pareja, salir de fiesta con los amigos, ver series o incluso tener hijos. 

La Odisea de Nolan no es sino una atracción turística más, otra oportunidad para la ocupación desidiosa, pero eso no tiene nada de especial; también la lectura del texto homérico, traducido o en lengua original, puede hacerse sin propósito ni sustancia: nadie está libre de caer en ese pozo. Bien pudiera ser que también fuera una ocupación desidiosa, aunque mucho más productiva que otras, la de ser un cineasta anodino.


Ilustración: Ulises desafía al cíclope Polifemo, dibujo de Joseph Franz Seraph Lutzenberger (finales del s. XIX), extraído del libro Stories from the Classics, de Eva March Tappan. Boston Public Library. Via Wikimedia Commons.