Para quienes admirábamos a Dolly Parton, existe un placer por lo menos tan grande como el de reproducir sus canciones y sus actuaciones: el de verla en entrevistas. Dolly era merecedora como pocos del calificativo de estrella; tenía un carisma y un magnetismo que puede decirse, sin temor a exagerar, que seguían sin tener rival entre las celebrities cuando ya había cumplido los ochenta. Tras su muerte el pasado 25 de agosto, los medios de todo el mundo han escrito ríos de tinta sobre las mil vidas que vivió: su talento y fecundidad como compositora —escribió unas tres mil canciones—; la dulzura de su voz, con ese vibrato tan country; su inteligencia para los negocios; la generosidad que mostró en su obra filantrópica, y lo extraordinario de su periplo vital. Pero no hacía falta saber nada de ella para comprender, al escucharla hablar, que uno estaba ante una mujer de una originalidad excepcional.
Dolly envejeció maravillosamente, no por toda la cirugía plástica que llevaba encima —que, como decía a menudo, porque siempre se burlaba de sí misma, la había convertido en una especie de dibujo animado incapaz de envejecer—, sino porque nunca perdió su ingenio, su candor y su fuerza. Reunía lo mejor de los valores republicanos —la libertad entendida como responsabilidad, el patriotismo más noble, el sentido del deber— y lo mejor de los demócratas —la ausencia de prejuicios, el inconformismo, la liberalidad—. Por eso era amada por todo el mundo: consiguió que los demócratas le perdonaran que nunca se posicionara políticamente y que los republicanos pasaran por alto sus escandalosos escotes. Era una típica magnolia de acero sureña, con la sensibilidad y la calidez de una mujer y la firmeza y la seguridad de un hombre.
La escritora Camille Paglia, que tanto ha estudiado la persona —entendida, en su acepción original, como máscara; es decir, como un artificio, una construcción cultural que el ser humano utiliza para presentarse en sociedad y contener el caos de la naturaleza—, se interesó especialmente por la fuerza de las mujeres sureñas. ¿Qué tienen las mujeres sureñas?, se preguntaba mientras veía los concursos de misses y comprobaba cómo, año tras año, las ganadoras eran mujeres del Sur, deslumbrantes tanto por la fuerza de su belleza como por la de su personalidad. En una conferencia del año 2014 recogida en el libro Free Women, Free Men, Paglia repasa lo que considera los tres prototipos de mujer sureña: la férrea anciana de las montañas de los Apalaches, con sus botas llenas de barro y su pipa; la cariñosa mammy de las plantaciones anteriores a la Guerra Civil, cuya imagen pervive en el logotipo de la mezcla para tortitas Aunt Jemima, y la belleza sureña. Como la actriz Ava Gardner o el personaje de Scarlett O’Hara, Dolly Parton, rubia despampanante donde las haya, pertenecía a este último prototipo.
Lo que tienen en común, explicaba Paglia a los alumnos de la Universidad de Misisipi, para empezar, es que proceden del mundo agrario, capaz de forjar mujeres más fuertes física y mentalmente que la mayoría de las mujeres acomodadas y de éxito modernas, “obsesionadas con hacer pilates en sus elegantes gimnasios urbanos”. Pero lo más importante, y esa es la conclusión de su conferencia, es que las tres tienen una forma de hablar firme y asertiva, “que nada cuesta y todo lo consigue”.
Dolly tenía esa firmeza y esa asertividad. Basta ver su actitud en una entrevista que he visto incontables veces, siempre admirada por la gracia con la que se desenvuelve: la que le hizo Barbara Walters en 1977. La periodista la trata con condescendencia, le plantea preguntas humillantes, como cuánto pesa, y se detiene a mirarla con lástima en un momento para recordarle que “no tiene por qué vestirse así”. “It’s certainly a choice”, le responde Dolly, sin inmutarse, porque era siempre amable sin ser complaciente, un equilibrio al alcance de muy pocos. “Siempre digo que jamás me rebajaría tanto como para ir a la moda”, añade, con su habitual ingenio y esa rara mezcla que siempre mostraba de enorme seguridad y franca humildad. Hay que entender muy poco a Dolly para pensar que vestía como lo hacía para complacer a alguien: de niña decidió que quería parecerse a la prostituta de su pueblo de Tennesse, que sus vecinos despreciaban y ella admiraba, y fue con ese aspecto con el que terminó enamorando al mundo y entrando, a través de la televisión y la radio, en los hogares de todas las familias estadounidenses más respetables.
Paglia también explica que las mujeres sureñas tienen la habilidad de interesar y atraer a los hombres y, al mismo tiempo, mantenerlos a una distancia prudencial. Dolly tenía una belleza capaz de acaparar todas las miradas, pero no muchos hombres se habrían atrevido a abordarla y, desde luego, sabía defenderse si alguno lo intentaba de malas maneras. La primera vez que visitó Nueva York, no dudó en sacar la pistola que llevaba en el bolso para ahuyentar a un hombre que la había confundido con una prostituta y se había puesto muy insistente. Aspecto de prostituta, modales de dama y coraje de vaquero: Dolly Parton reunía en una sola mujer a todos los mejores personajes de un western.
Hay personas de cierta estatura moral, calidad humana, originalidad o belleza cuya sola existencia basta para que uno se sienta, de algún modo, reconfortado; para que desee ser un poco mejor y se alegre de compartir especie con ellas, porque elevan, en cierta forma, la estatura de la humanidad. Son personas que consiguen que uno se sienta un poco menos irritado por las pequeñas molestias cotidianas y un poco menos preocupado por los grandes problemas de la vida. Dolly Parton tenía esa capacidad, y eso vale por lo menos tanto, si no más, que las grandes canciones que dejó y la extraordinaria obra filantrópica que realizó. Nos deja con la certeza de que el ser humano puede brillar; que se le puede sacar partido a la vida, cumplir los sueños y ganarse la estima del mundo sin renunciar ni un palmo a lo que uno quiere ser. Todo eso que la gran mayoría nunca lograremos, pero que, gracias a una vida y a una personalidad como la de Dolly, al menos podemos saber que está a nuestro alcance.
Ilustración: Dolly Parton de joven
