La realidad inminente es que un dron nos traiga la ropa de la tintorería, la utopía es un mundo con drones arcangélicos que mecen la vida del hombre nuevo y en la distopía acechan drones malvados que nos sorben el alma para convertirla en combustible para naves espaciales. Una contraposición entre novela utópica y novela distópica ya es una evidencia de la literatura, y más aún en el siglo XX. La utopía habla de un mundo que ha llegado o puede llegar a la perfección, mientras que la distopía, por el contrario, habla de un mundo que pretende ser ideal y acaba siendo trágico, catastrófico o apocalíptico. Después de tantos sistemas ideales que fueron un infierno, curiosamente todavía nos resulta más familiar el concepto de novela utópica que el de novela distópica. Será una herencia del siglo pasado, campo magnético para el fracaso de todas las utopías y escenario hecho realidad de las novelas distópicas. Ahora, utopía y antiutopía, tan presentes en la ciencia ficción como en el thriller tecnológico, por no hablar del cine, son la iniciación heráldica de una nueva época muy incierta.
Por eso ahora hablamos de futuro pragmático versus ilusionismo progresista. Poner el progresismo bajo sospecha no significa descreer de los progresos, de la máquina de vapor, la penicilina, la exploración espacial, Internet o la inteligencia artificial, salvo cuando pretende trastocar la naturaleza humana. Pierre-André Taguieff detecta una religión del progreso en el momento en que se produce una sumisión al dogma progresista que nos desresponsabiliza. Cuando voluntad y libertad entran en la peligrosa demarcación de una utopía, ya anda por ahí alguien que va a escribir una novela distópica.
En agosto de 1931 el escritor Aldous Huxley escribe a su padre y le dice que acaba de escribir una novela cómica ⎯o, al menos, satírica⎯ sobre el futuro para desvelar la atrocidad de la utopía. El hijo describe a su padre los presagios sobre la posibilidad futura de producción científica de niños, con la consecuente abolición de la familia. Habla del condicionamiento ⎯según la teoría de Pavlov⎯ de los individuos antes del nacimiento. Huxley siempre está preocupado por la superpoblación. Aquella novela fue Un mundo feliz, publicada en 1932. Las castas superiores hacían el cálculo de la ratio población/recursos naturales para equilibrar generacionalmente la cifra óptima: más o menos, dos mil millones. La superpoblación le inquietaba tanto que, incluso después del lanzamiento del Sputnik en 1957, seguía pensando que las masas humanas no entraban en la era del espacio: seguían en la era de la superpoblación. Huxley escribe Un mundo feliz en cuatro meses. El título original es Brave New World y proviene de Shakespeare, de La tempestad. Por cierto: en sus páginas comparece el personaje secundario de Primo Mellon, inspirado en los nombres del general Primo de Rivera y del industrial americano Mellon.
Desde hace más de noventa años, Un mundo feliz mantiene la bella y útil solidez, impecable, de unas tijeras Solingen o de una pluma Parker. En 2026, más que nunca, es una contradefinición de nuestro mundo. Las décadas van pasando y comprobamos hasta qué punto Huxley acertó. Había nacido en 1894 en una de las dinastías ilustradas más notables de Inglaterra: el abuelo T. H. Huxley a los doce años estudiaba lógica y geología. Enseñaba alemán. Sería el gran evolucionista que tuvo una polémica muy áspera con los obispos críticos con la teoría darwinista. Aldous Huxley también tenía por ascendiente al poeta y crítico Matthew Arnold. Su hermano terminó siendo secretario permanente de la UNESCO. El joven Huxley, precoz, a los diecisiete años, escribió una novela de ochenta mil palabras, nunca publicada. Inicialmente hubiese querido ser un científico ⎯al fin y al cabo, los sabios mandan en la La nueva Atlántida (1626) de Francis Bacon⎯, pero el éxito literario le llega tempranamente. Su nombre aparece en la gran novela de Proust. Pronto alcanza esa fama mundial que a veces condiciona la inteligencia del escritor. Tenía una personalidad sociable y al mismo tiempo congénitamente distante, siempre más predispuesta a la contemplación intelectual que a la emoción.
Desde el primer momento, Huxley es un artífice del ingenio y de una farsa que solo la inteligencia desenvuelta, fluida, sabe combinar con la voluntad de interpretar la vida y el mundo, una aspiración infrecuente en la literatura más de moda. Él sabía que tener una inteligencia de excepción impone deberes. Es cierto que un exceso intelectual ⎯o intelectualista⎯ puede perjudicar las novelas, pero a pesar de todo, la novela de ideas sigue siendo un artilugio maravilloso, con todo derecho a ser un híbrido más allá del instinto narrativo. Todo cabe si queremos buena literatura: los personajes, las ideas, la ficción y el hecho histórico, el instinto y la inteligencia. Si todo encaja, los lectores salen ganando.
Huxley pertenece a la peculiar familia de escritores que comienzan por la literatura «per se» y acaban formulando profecías. Un caso ejemplar es Tolstoi. Va de la realidad a la visión de un camino para la transformación del mundo, una redención. Así escribe Guerra y paz, que podemos considerar la mejor novela de todos los tiempos. Con la experiencia de la vida de San Petersburgo y de vuelta de las guerras de Crimea, Tolstoi era un joven llevado por la pasión, arrebatado, capaz de todo. Pero después quiere ser un profeta que intenta dar luz a los enigmas de la humanidad. Decide repartir las tierras de su linaje entre los sirvientes. Renuncia a su pasado familiar, a la categoría de novelista vital. Queda iluminado por los combates morales de la castidad. Defiende la castidad matrimonial. Decide hacerse vegetariano. Toma parte en una secta.
Al final, encarar así la responsabilidad intelectual se convierte, sea por exceso o por extrapolación, en una espiral irresoluble. Huxley fue el novelista satírico y desencantado de entreguerras, y después el pacifista y místico que se instaló en California del Sur. En los años cuarenta escuchaba al Swami Prabhavananda comentando las escrituras hindúes cada martes y jueves en Hollywood, en un Taj Mahal de miniatura. Llega hasta las puertas de la percepción a fin de encontrar la filosofía perenne. Son los títulos de dos libros suyos. No es extraño que, ya cerca del final, no supiera si es que realmente la ciencia permite habilitar un mundo más humano, una irresolución que adquiere más densidad trágica ya en la segunda década de un nuevo siglo, con las tesis transhumanistas incorporándose a la clonación y la inteligencia artificial con el fin de proporcionar inmortalidad a una humanidad por definición finita.
Antes de Un mundo feliz, Huxley había escrito su gran novela, Contrapunto. Hay que compararlas para divisar tanto la versatilidad intelectual de Huxley como una mutación de época. A finales de 1926 comenzó a escribir Contrapunto: dejaba atrás las veleidades de dandi, había dado la vuelta al mundo. Fue su época de gran amistad con el novelista ⎯gran escritor, gran poeta⎯ D. H. Lawrence, conocido por su peor obra, El amante de Lady Chatterley. Los azares de la vida acaban por marcar grandes páginas de la literatura y se convierten en destino. Con su mujer, Maria Nys, hija de un industrial belga, Huxley pasa los veranos en Italia. En otoño de 1928 sale publicado Contrapunto. El modelo musical debía proporcionar las simetrías pero quizá la energía definitiva la suministra D. H. Lawrence, de hecho, personaje de la novela. Huxley escucha la música de Bach y ahí busca la forma que sustente contraposiciones capitales: la fidelidad al instinto o a la razón, el principio de fuerza o la realidad intelectiva. Y del contrapunto pasa a la distopía de Un mundo feliz. De hecho, era indiferente a las utopías. A diferencia de muchas novelas de tesis, Un mundo feliz tiene agilidad, ironía y elegancia de lenguaje.
Los personajes de Un mundo feliz, en vez de decir «¡Dios mío!» juran por el gran padre Ford, que da nombre a la era de la producción en masa y la cadena de montaje. Ford sustituye a Dios. En términos de nuestro calendario, el escenario temporal es el año 2049, justo después de la Guerra de los Nueve Años. Tras la guerra y la catástrofe económica, los líderes de todas partes han acordado un Estado mundial. Quedan algunas reservas salvajes. Los habitantes del mundo feliz juegan a golf electromagnético y van de un lado para otro en helicóptero. El régimen político es una combinación «contra natura» de capitalismo y comunismo. Los niños viven en Centros de Condicionamiento del Estado. No hay familia. Todo pertenece a todos, como en la Utopía de Moro. La nobleza y el heroísmo están de más. No interesan las cosas antiguas, sobre todo cuando son bellas.
Tras el proceso de concepción in vitro, ningún ciudadano de las castas inferiores provocaba conflictos ⎯dice Huxley⎯ porque desde que era capaz de hablar y entender, todo niño de casta inferior recibía, por el método de la hipnopedia, instrucciones una y otra vez repetidas, noche tras noche. La hipnopedia, además de la tecnología reproductiva, podía producir mentes de uniformidad maquinal, al servicio de máquinas uniformes. El Estado Mundial tiene divisa: «Comunidad. Identidad. Estabilidad». De las Salas de Fertilización provienen miles, cientos de miles de gemelos, determinados por un sistema prenatal. También están las salas de Predestinación Social. La cuestión es que la gente ame su insoslayable destino social. El electroshock aplicado a la infancia fácilmente consigue que los niños sean inducidos a odiar, por ejemplo, los libros o flores. Los habitantes del mundo feliz no necesitan valores, ni fe religiosa, ni identidad existencial. En casos de debilidad psicológica, de fatiga, toman unas píldoras químicas, el «soma». El resultado es una beatitud en falso. La dosis de «soma» garantiza la fidelidad al Estado. El «soma» ⎯nos dice Huxley⎯ es la religión del pueblo. Con frecuencia, Huxley experimentó con drogas, naturales o químicas, del peyote mexicano al LSD, que tuvo su auge en los años sesenta.
La eugenesia es un hecho fundacional en la ficción distópica de Huxley: óvulos inferiores, sometidos a tratamiento y manipulaciones prenatales que engendran seres subhumanos: trabajadores no cualificados, mecidos por el entretenimiento, y, sobre todo, por la dosis diaria de «soma» que anula todo espíritu crítico o de contradicción. Una felicidad negativa, por inexistencia del bien y del mal como opciones, negada ya la naturaleza trágica. De lo contrario, las opciones son eliminar la heterodoxia con un lavado de cerebro o ir a parar, desterrados, a una isla remota.
Destacas dos personajes: Lenina, atractiva y por tanto de capacidad sexual neumática, y el psicólogo Bernard Marx, un Alfa-Más que vive en estado de insatisfacción y duda vital. Rehuye las euforias del «soma». Pretende ejercer una conciencia. A pesar de todo, atrae a Lenina, de una forma estrambótica, porque ella vive satisfecha con los estados narcóticos del «soma». El gran contraste será ⎯a modo de lección de experiencia⎯ la figura del Salvaje que Lenina y Bernard encuentran en una Reserva de Salvajes. En concreto, cerca de Santa Fe. Por contraste con el «soma», el Salvaje reclama el derecho a ser desgraciado, el dolor. El derecho a envejecer, a morir. Quiere saber quién es Dios, quiere poesía, quiere pecado. Es un salvaje que, por suerte, es todo lo contrario del buen salvaje de Rousseau. Tiene a Shakespeare en la memoria. Sabe lo que es la condición humana.
A poco de Un mundo feliz, si la imaginación distópica de Los viajes de Gulliver es de 1725, en 1949 aparece la otra novela distópica del siglo XX: 1984 de George Orwell, su última novela. El mundo está dividido en tres superestados: Oceanía, Eurasia y Asia oriental. El tótem único y despótico es la figura del Gran Hermano. Vigila con la telepantalla omnipresente. Domina la policía del pensamiento. Aquí el héroe, si puede hablarse de héroes en un mundo antiutópico, es Winston Smith, en manos absolutas del Estado y convertido en individuo que no desea la libertad. Es más, acepta un lenguaje, el famoso Newspeak que transforma la verdad en una ficción anestésica, sin libertad de opciones. Un sistema social sin vida privada, sin búsqueda personal de la verdad. El totalitarismo, en definitiva. Cuando Winston Smith conoce el amor, es castigado.
A los pocos meses de publicarse 1984 Huxley escribe una carta a Orwell. Le dice que 1984 es un libro profundamente importante. Y predice: «En la próxima generación, creo que los líderes mundiales se darán cuenta de que predeteminar a los niños y la narcohipnósis son más eficientes, como instrumentos de gobierno, que los clubes y las cárceles y que la ambición obscena por el poder puede ser completamente satisfecha induciendo a la gente tanto a amar la servidumbre como forzarlos físicamente a la obediencia». Orwell ya sabe del terror estalinista y de la hecatombe nazi, aunque ⎯según sus biógrafos⎯ todavía no tenía noticia del Gulag. Huxley, en cambio, había escrito Un mundo feliz antes del estalinismo y del nazismo. La dictadura de su novela es más benévola, más halagüeña, menos brutal, pero mucho más equiparable, después del derrumbe del comunismo, con el mundo que ahora despunta. En 1958, cuando Huxley publica el ensayo Nueva visita a un mundo feliz, los métodos del estalinismo iban introduciendo componentes más científicos, perfeccionados y perversos. Unas castas superiores incentivadas por el sistema, por ejemplo. Una primera versión de la «nomenklatura», con sus supermercados de privilegio, mientras en las tiendas del proletariado no había nada. Después, el sistema psiquiátrico intentaría acallar la disidencia.
En 1984, la presencia pavorosa es el Gran Hermano. La telepantalla centralizaba la verdad, sin conciencia. Diría que hasta cierto punto el mundo digital o el zapping desbaratan la posibilidad de una telepantalla única pero no anulan los peligros de la tecnología de la comunicación. ¿Y la pantalla del ordenador o del Iphone? En mi opinión, son de una naturaleza muy distinta al Gran Hermano. Nos ponen al alcance información casi ad infinitum y al mismo tiempo actúan de forma condicionante pero no nos predeterminan totalitariamente. No mandan de forma absoluta y totalitaria como el Gran Hermano. El gran Hermano hace uso de la tortura mientras que en el futuro contemplado por Huxley domina la anestesia, las píldoras de «soma». La era fordiana es estable y sin miedo a la muerte. Pero también es cierto que aquellos individuos sin entidad no podrían ejercer la libertad de abstenerse. Abstenerse de la facilidad con la que el «soma» evita la pasión y el sufrimiento moral. Ahora bien: Un mundo feliz y 1984 coinciden en una advertencia capital: la libertad a menudo es más frágil ⎯demasiado⎯ de lo que pensamos.
Es ilustrativo el contraste paranoico entre la tesis antiutópica de Un mundo feliz y la novela Walden Two, un libro de tesis determinista, obra del psicólogo conductista Skinner. Walden Two es del año 1948. Describe el mito utopista de una comunidad que responde a un colectivismo de la ciencia aplicada, sin tentaciones antisociales, un mundo que en teoría debería ser feliz pero no lo es. De Walden Two al mundo angustioso de la novela Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury el sentido de la distopía aumenta, ahora sin término medio. En Fahrenheit 451 está la linde entre la libertad que puede convertirse en un hecho banal y, por el contrario, el conflicto trágico entre la conciencia y el determinismo.
Con la disociación intelectual que iba adentrándose en la obra de Huxley, cada vez más discursiva que narrativa, empieza a entretejer distopía y utopía. Por ejemplo, en 1948, imaginó en la novela Simio y esencia que después de la guerra nuclear el mundo estaba en manos de los simios. Quizás sea una de las primeras novelas sobre el riesgo del apocalipsis atómica. Habían transcurrido tres años desde la bomba atómica contra Hiroshima y Nagasaki. Era un año antes de 1984 de Orwell. Esta novela es una parábola, no muy inteligible, sobre los supervivientes de una hecatombe nuclear en un mundo gobernado por una jerarquía de sacerdotes castrados. Como novela del futuro postatómico, inicialmente, quería ser un guión cinematográfico. Describe un mundo sin compasión, ni afectos, mundo de una extremada crueldad en una comunidad primitiva, sin otra salida que el suicidio. Ésta es una nueva novela distópica, entre otras cosas porque ve venir el callejón sin salida de la estrategia nuclear conocida como MAD, «Mutua destrucción asegurada». Ahora sabemos que MAD fue la protagonista de buenas películas ⎯Kubrick, por ejemplo⎯ pero por suerte nunca se hizo realidad. Deberemos aceptar que Aron tenía razón cuando decía entonces, en plena guerra fría: «La paz es imposible; la guerra es improbable». Aquello era un mundo bipolar. Y ahora, ¿qué ocurre en un mundo multipolar?
Finalmente, casi un tercio de siglo después la distopía de Un mundo feliz, en 1962, Huxley escribe una novela utopista, Isla. El profeta daba un giro copernicano. Como dice la biógrafa y amiga de Huxley, la escritora Sybille Bedford, la intención fue prescribir en términos posibles cómo puede ser una buena sociedad. El lugar es Pala, una combinación de islas del Océano Índico, donde un médico escocés ha salvado, por hipnosis, la vida del rajá. Se hacen amigos y buscan cómo cambiar la sociedad. La población es de facciones bellas. De nuevo, Huxley propone una economía que no es capitalista ni comunista. Ortega dice que cuando surgen las grandes construcciones racionales sobreviene un extraño desdén hacia las realidades: la percepción de las ideas con sus aristas geométricas hace olvidar a los hombres que la misión de la idea es coincidir con la realidad que en ella va pensada. Ese parece ser el momento en que se crean las utopías, posteriomente contraatacadas por las distopías.
Sin duda, sería espléndido que todos fuéramos buenos, felices, inteligentes. ¿Pero de acuerdo con qué educación, qué sociedad, qué economía? Sin pretender tener la fórmula definitiva, Huxley describe un mundo sin hambre, sin superpoblación, con una agricultura científica. Sí, un mundo utópico, sin problemas de poder porque existen paliativos bioquímicos. Es raro pero es así: años después de escribir Un mundo feliz, Huxley proponía un sistema utópico para resolver los problemas de Pala, es decir, de la humanidad. Él lo llama un sueño pragmático. A su vez, era el resultado de años de parapsicología, filosofía oriental y viaje psicodélico. El mundo profético. Utopía pura. Según Ortega, una idea forjada sin otra intención que la de hacerla perfecta como idea, es precisamente lo que llamamos utopía.
Huxley decía que cuando escribió Un mundo feliz a principios de los años treinta del siglo pasado, no creía que todo iría tan rápido. Faltaban, suponía, más de dos generaciones para llegar a una sociedad dispuesta de forma voluntaria a no ejercer la libertad, con un sistema científico de castas o el dócil bienestar inducido químicamente. Un mundo de eficiencia perfecta sin iniciativa individual. Un mundo desindividualizado. Pero pronto había comprendido que regular los comportamientos irregulares por castigo era menos eficaz que recompensarlos por manipulación no violenta. En su reencuentro con un mundo feliz, Huxley habla de millones de personas anormalmente normales. Lo describe con precisión: hacerse la ilusión de la individualidad mientras se van desindividualizando; una conformidad que nos hace uniformes
Aldous Huxley seguiría con fascinación total las hipótesis actuales de la neurociencia o las teorías transhumanistas que presuponen la posibilidad de transformar la naturaleza humana. Quién sabe si ya habría visitado algunos de los laboratorios secretos que realizan pruebas sobre la clonación. Pensamos qué páginas escribiría sobre los efectos de la ley de Moore o la forma en que los algoritmos intervienen en nuestra existencia. Hace ya un tiempo que los ordenadores les ganan la partida a los maestros del ajedrez o los sabio del Go. ¿Cómo escribir una novela en esa era de nanotecnología e impresoras 3-D? Mientras tanto, la ideología del progreso está siendo sustituida por las supersticiones de nuestro tiempo, mutantes como máscaras de cinematografía virtual, en pleno oleaje de reacción que va transfigurando la política y simplifica los activos de la conciencia humana con la excusa de un destino tecnológico absolutista. De los paisajes distópicos al crepúsculo del progreso, se impone «el presente perpetuo sin pasado ni porvenir» que diagnosticó Orwell. Eso significa vivir sin darle sentido al pasado. Es un efecto frontal del nihilismo liofilizado y en formato de reality show.
Y si en 1984 la tecnología era el brazo largo del Gran Hermano, ahora vemos como por Internet existen tantos canales para el progreso como para la regresión, por los vínculos y las oportunidades, para informarse o pervertirse. El gran periodista que era George Orwell quedaría asombrado viendo cómo en algunas confrontaciones entre la protesta y las dictaduras o regímenes iliberales el gobierno puede controlar el sistema mediático habitual ⎯expulsar corresponsales, cerrar medios de comunicación⎯, pero, si no controla Google, el libre tráfico de opinión e información de los bloggers y youtubers sobrevive. La fórmula lleva ya tiempo circulando por el ciberespacio. Retrasar el envejecimiento y al mismo tiempo tener la seguridad de cobrar la pensión son dos aspiraciones de millones de personas que quieren ir más allá de la ciencia ficción. El culto a las formas juveniles nos lleva a los gimnasios, al bótox y al chip en el cogote. Según las tesis transhumanistas, la inmortalidad es tecnológicamente factible. El Gran Inquisidor prefiguró la estipulación totalitaria, regida por la religión del Estado creador de los hombres nuevos.
Andamos atareados con cómo reparar en los efectos de la biotecnología en una sociedad que de forma gradual vemos posthumana. Francis Fukuyama cree que Huxley tenía razón y que la posibilidad de un mundo posthumano, una mutación ⎯manipulación⎯ de la naturaleza humana es el gran riesgo, más que la opción impracticable de un Gran Hermano en nuestra sociedad. ¿Quién nos dice que sabremos poner límites a la clonación humana? Y entonces, ¿acaso seremos más o menos libres? Esto inquietaba ya la inteligencia excepcional de Aldous Huxley. Y, en más de un aspecto, seguimos todavía con el mito del hombre nuevo. Por otra parte, la conexión de egoísmos turba la idea de un bien común. Queremos ser ajenos al destino de los demás. No hay conciudadanos o no los vemos, no queremos conocerlos. Es el riesgo de un despotismo soft. Incontestado. El monstruo dulce que degradaría a los hombres sin atormentarlos.
Y en cualquier caso, encontraremos sustitutivos del «soma». Cada generación ha tenido su «soma», sus formas de felicidad negativa. Hemos vivido, vivimos todavía, tiempos hipermodernos, relativistas. Europa envejece y tiene una baja natalidad. Ni Huxley ni Orwell habían previsto un siglo XXI con intensos brotes de fanatismo teocrático. Ni tampoco una escenografía tan intensa de tecnologías constructivas y tecnologías disruptivas. Aquí vienen los grandes dilemas , la tierra inexplorada de las incógnitas bioéticas. Y ¿cómo regularlo, cómo legislarlo? Michael Sandel se pregunta cuál es la diferencia entre educar a un hijo para conseguirle un mejor futuro o recurrir a la optimización genética.
Con las novelas distópicas queda constancia de que el progreso lineal ininterrumpido que postuló la Ilustración lleva ya tiempo bajo sospecha, pero el apocalipsis puede hacernos caer en el fatalismo. De repente, un invento, una nueva tecnología, en definitiva, una persona y no un rebaño, nos llevan a los avances. No en vano, la fortaleza de la literatura tiene que ver con la aparición de personalidades extraordinarias. Huxley dijo que nada hacía prever la existencia de un Shakespeare o de un Tolstoi. Pero es cierto que han existido.
Cuando Huxley murió de cáncer el 22 de noviembre de 1963, la noticia no tuvo mucho eco: ese día todo el mundo hablaba del magnicidio de Dallas. Sea como fuere, seguía siendo un miembro privilegiado del Quien es Quien de la aristocracia de la inteligencia. Quien sabrá cuantos lectores le quedan. En Un mundo feliz, cuando el Salvaje dice «quiero tener a Dios, quiero poesía, peligro real, bondad, pecado», le contestan: «De hecho, reclamas el derecho a ser infeliz». Huxley supo hacerse leer, algo complicado. Es cierto que Un mundo feliz tuvo un impacto que iba y va mucho más allá de la literatura, pero no podríamos olvidar que es la obra de un escritor de estilo, aunque poco a poco su obra posterior padeció una sobrecarga de ideas y teorías, especialmente en el tránsito de la literatura a la profecía. Cuando creyó que había logrado liberarse de su personalidad, sus novelas le perdieron consistencia. ¿Eso es cierto o solo apariencia?
Ilustración: La nueva Babel (1930). Témpera sobre papel de Fortunato Depero. Dominio público. Via Wikipedia Commons.
