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Los ratones de Chantal Maillard

Hay autores que están más allá de las clasificaciones y taxonomías que tanto gustan a los críticos. Es el caso de Chantal Maillard (Bruselas, 1951). Decir que domina todos los géneros literarios, si es que tiene sentido seguir manteniendo estas divisiones cuando hablamos de la autora de La razón estética, poco aporta a estas alturas. Me parece más interesante destacar que los mismos conceptos que aparecen en bruto en sus diarios se aligeran en sus poemas, adoptan intensidad en el diálogo dramático o se imbrican y explican unos a otros en la obra ensayística. En cada uno de sus textos podemos encontrar el núcleo de su pensamiento. Por este motivo, considero que la mejor forma de acercarse a sus obras es no tomándolas como mónadas cerradas en sí sino como organismos vivos que forman parte de un todo.

Chantal Maillard, especialista en filosofías de la India y Premio Nacional de Poesía en 2004, nos sorprende ahora con nuevas publicaciones en Galaxia Gutenberg. Se trata de cinco breviarios que forman la pentalogía Cinco ratones ciegos: Para una educación senti-mental: Principios de ética aplicada, Los hombres son hierba: Utopías, La vía previa: O cómo pensar una ascesis para estos tiempos, El circo de la poíesis: Acerca del arte inútil y Pensar cómo pensar: Para una educación del habitar. En el momento en que escribo este texto solo han salido de imprenta los dos primeros.

¿Por qué Cinco ratones ciegos? El origen hemos de buscarlo en el libro de Laurence Lerner A.R.T.H.U.R.: The Life and Opinions of a Digital Computer. Un disparatado texto que Lerner atribuye a la computadora A.R.T.H.U.R. responde al debate surgido a mediados de los setenta acerca de la capacidad creativa de los ordenadores. El desarrollo de la Inteligencia Artificial viene a demostrarnos que el debate continúa vigente, motivo por el que la propia Chantal Maillard incorporó el poema de los cinco ratones ciegos en su ensayo Contra el arte y otras imposturas (2025).  

Lo primero que sorprende al lector de Para una educación senti-mental es hallar un procedimiento lógico-deductivo para hablar de la necesidad de una ethopolítica (una política del ethos, que es tanto un comportamiento como un hábitat). La razón es que los ciudadanos que conocen mejor sus procesos mentales elegirán con más acierto a sus gobernantes. Chantal aborda la cuestión política teniendo en cuenta no solo la responsabilidad ética, también toda una tradición de la filosofía de la mente que pasaría por Descartes, Locke, Hume, Kant o Wittgenstein hasta autores contemporáneos. Pero la reflexión acerca de la compleja actividad de la mente y sus engaños es algo que ya estaba en las escuelas de pensamiento indio, de las que la autora es también deudora. En la segunda parte del libro encontramos una práctica enfocada al ejercicio de la observación del proceso mental. El proceso se ralentiza cuando el observador concentra su atención. El observador de la sucesión de imágenes que siga el método propuesto tal vez llegue por la vía de la no identificación con los actos de pensamiento a la observación sin observador. La finalidad de la praxis es llegar a un punto en el que el yo desaparezca, que del yo pienso inicial quede solamente el pensamiento. La tercera parte es una vuelta a dos elementos esenciales en el pensamiento de Maillard: hilos y husos. 

La mente teje como una araña. El hilo es una metáfora que nos ayuda a visualizar un conector de los distintos actos de pensamiento. Pero lo importante, lo que hay realmente, es el proceso. Mente y araña son metáforas, como el hilo en que se unen percepciones, sensaciones, recuerdos, voliciones, etc. Así lo expresaba en su poemario Hilos (2007): 

Siempre están los hilos.
La maraña de hilos
que la memoria ensambla por
analogía. De no ser
por esos hilos,
la existencia —¿existencia?—
todo sería un cúmulo de
fragmentos —¿fragmentos?—,
bueno, destellos si se quiere.

La mente teje una narración con los destellos, fabula una historia personal. Esta misma acción le sirve a Paul Ricoeur para desarrollar el concepto de identidad narrativa. En Para una educación senti-mental Chantal Maillard también nos ofrece la escritura como estrategia. ¿Estrategia para qué? Para neutralizar las pasiones. Para tomar distancia del yo, del mí. El yo, se nos dijo en La compasión difícil, se alimenta de todos los sentimientos. El yo quiere ser algo más que un aglutinante. No se conforma con ser una adherencia, desea ser el sujeto de la narración. En la escritura, afirma la autora, hay conciencia del hilo. La escritura también puede ser un estado de atención, un instrumento al servicio de la observación de movimientos de conciencia. 

El huso, como el hilo, no es un concepto. Pero tampoco una metáfora. Se trata más bien de una representación. Pensamos en imágenes o, más bien, a cada idea le corresponde una imagen o representación. Los husos, entendidos como estados anímicos o modalidades del ánimo que suelen acompañar a las imágenes, permiten trazar un mapa del territorio afectivo de la mente. El sujeto que habla en el diario Husos. Notas al margen transita por el huso de la ira, el huso del dolor-memoria, el huso del tedio, el huso del rencor, el huso del sosiego, etc. Los husos, y este es un punto importante, también son observables. El espectador que asiste a la representación de una obra dramática puede empatizar con los personajes sin verse afectado en el ámbito personal porque media una distancia. De igual modo, si el observador del experimento mental que nos propone Chantal Maillard es capaz de crear la necesaria distancia del mí, entonces podrá transitar entre los husos sin perderse en ellos, «asistir a su propia existencia». Pues la existencia humana, piensa Maillard, es un saltar de huso en huso. A través de la observación de los husos se nos ofrece toda una teoría de la representación. 

¿Para qué observarnos? Para conocernos mejor. En el prólogo a Escritos sobre pintura, una selección de textos de Henri Michaux editados y traducidos por la misma Maillard, la pensadora pone el acento en la propia experimentación que llevó a cabo el pintor belga. Michaux se autoexploraba tras la ingesta de mescalina y después daba cuenta de lo que sucedía. Y de Maillard también podemos decir que no hace otra cosa que convertirse en experimento, ser testigo de una realidad que se hace y deshace mientras se observa. Una realidad que a su vez hace y deshace al observador. Más que compartir sus experimentaciones con los lectores, nos invita a acompañarla. En el fondo lo que Chantal Maillard está planteando es algo tan ambicioso —y utópico, como reconoce la autora de Matar a Platón— como la posibilidad de una forma de pensar distinta. Antes, sin embargo, es necesario un adiestramiento. 

En el segundo de los breviarios, Los hombres son hierba, Chantal Maillard desarrolla lo que entiende por ethopolítica. Vivir en equilibrio significa atender al hábitat al que pertenecemos. Si abandonamos el prejuicio antropocéntrico y somos capaces de entender el universo como un todo viviente —vida no se reduciría a biología — podremos dar el salto fundamental: pasar de una moral del semejante a una ética basada en la compasión. La moral del semejante tiene una actitud defensiva ante el diferente. ¿Pero la compasión —podríamos preguntarnos— no se sustenta precisamente en un principio de semejanza? ¿Compadecer no es compartir el padecimiento con el prójimo/próximo? Chantal sale al paso del posible equívoco con esta definición: «Compadecer es comprender que todo, en este universo, responde a las mismas leyes». La compasión no juzga, no separa. Comprende. En cambio, la piedad o el perdón pertenecen a ese conjunto de gestos y costumbres que forman el mí. La solución ya pronunciada y recuperada en estos breviarios es descender más abajo del mí, donde ocurre lo importante. Habitar el no-lugar —¿u-topos?— donde el juicio no discrimina. Donde es posible la compasión hacia todos los seres. Al descender, el hilo que nos retiene en la superficie se pierde.

Lo importante ya no será distinguir entre lo próximo (o semejante) y lo lejano (o diferente), sino la participación en un todo marcado por las interdependencias. ¿Acaso un cuerpo no es en sí mismo un ecosistema? En este tipo de convivencia la vida de los semejantes no tiene más valor que la del resto. A la hora de gobernarnos, esto se traduce en que no es lo mismo percibirnos como mónadas que eligen a quien mejor represente los intereses particulares que preguntarnos qué es lo mejor para el hábitat. Respeto y responsabilidad se revalorizan. Por eso es tan necesaria una educación política que tenga en cuenta tanto el aspecto ético como el senti-mental. Ver de otro modo, pensar distinto. 

El título del segundo breviario responde a un silogismo de Bateson. La autora lo ha escogido porque la manera de pensar distinta que propone también implica otro salto: pasar de un pensamiento silogístico a un pensamiento metafórico. El primero es el propio de una razón antropocéntrica que ordena según esquemas lógicos y establece jerarquías. En la metáfora, en cambio, se pueden establecer conexiones, combinaciones y transformaciones entre elementos aparentemente heterogéneos. La metáfora crea por analogía, vincula. El silogismo deduce y delimita. Opone. Si el personaje es una máscara, podemos decir que Maillard ya nos había señalado las limitaciones del pensamiento lógico a través de la protagonista de Medea (2020): «Pero sois incapaces / de integrar los contrarios. / La lógica os confunde». 

El lector de los breviarios que se ha visto sorprendido al encontrar un procedimiento lógico-deductivo al inicio podría encontrar incongruente, llegado a este punto, la defensa de un pensamiento metafórico o poético. Pero Chantal Maillard, una vez más, se anticipa a la posible objeción. El método, viene a decirnos, cumple una función. Una vez hemos comprendido, deja de sernos útil. Maillard tiene en mente la metáfora de la escalera que Wittgenstein coloca al final del Tractatus, justo antes de la célebre proposición acerca del silencio que cierra el libro: «[6.54] Mis proposiciones esclarecen porque quien me entiende las reconoce al final como absurdas, cuando a través de ellas —sobre ellas— ha salido fuera de ellas. (Tiene, por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella)». Poco se puede añadir a las palabras del filósofo nacido en Viena.

Todo apunta a que en los cinco breviarios el lector también encontrará esa fauna variada que se ha convertido en uno de los mejores aciertos desde el punto de vista de la estrategia argumentativa. Porque la hondura y originalidad de Chantal Maillard a la hora de tratar temas como el hambre, la compasión, la escritura o los procesos mentales adquiere colores y matices muy interesantes cuando vemos desfilar a la araña tejedora, al pájaro que bebe en la fuente, al erizo poemático, al caracol, etc. El segundo de los breviarios acaba, precisamente, con el pulpo como posible modelo del pensar-con. Y, si se me permite la osadía, añadiré un animal de cosecha propia: la polilla. La utopía de Chantal Maillard abre el horizonte a una forma de existencia no sólo más responsable, también más plena y sosegada. Tal vez si la u-topos dejara de serlo para convertirse en un lugar habitable los humanos dejaríamos de revolotear como una polilla alrededor de una realidad deformada. Se cree que este lepidóptero, a cuya muerte dedica un breve texto Virginia Woolf, no va a la bombilla por atracción. Con la luz artificial, como si se tratase de una luna en miniatura, se desorienta. Con su danza agónica, la polilla se acerca cada vez más a su muerte. Atrás deja el claro de luna, el olor del espliego y del romero, el cantarín arroyo, el viejo y sabio viento quejumbroso. Así nos sucede con una moral construida sobre la base de un yo hipertrofiado. Desorientados, seguimos empeñados en una batalla inútil mientras nuestra agonía crece al intuir el irremediable final. ¿Hay salvación? No se vislumbra a corto plazo, desde luego. Pero funcionan las utopías, precisamente, como brillantes estrellas que nos guían desde el cielo. El futuro está por construir. 

A cada forma de ser-en-el-mundo corresponde una manera de pensar y un lenguaje determinado. Las palabras arrastran una cosmovisión. El poeta y el filósofo lo saben, de ahí que dediquen tantos esfuerzos a la atención y al cuidado del lenguaje. Chantal Maillard, poeta y filósofa, nos ofrece utopías como quien ofrece semillas. ¿Encontrarán una tierra fértil?


Ilustración: Chantal Maillard. Foto cedida.