En las Traquinias de Sófocles, Deyanira, esposa de Heracles, movida por los celos al descubrir a la esclava Yole, de quien Heracles se ha enamorado, sigue ingenuamente las indicaciones que Neso le dio mientras agonizaba. Pensando que se trata de un filtro amoroso, Deyanira empapa con la sangre del centauro una túnica para que Heracles, al ponérsela, caiga en su hechizo de amor. Deyanira se suicida al darse cuenta del engaño del que ha sido víctima. Heracles padece una muerte larga y dolorosa.
La lección de la tragedia parece clara: cuando nos creemos en posesión de un saber y actuamos como si conociéramos las consecuencias de nuestros actos, terminamos perdiendo aquello mismo que queríamos proteger. El intento de preservar el amor de Heracles por parte de Deyanira no solo termina con ese amor, sino con su propia vida y la del hombre que pretendía mantener a su lado. La ruina es absoluta.
Más conocidas, seguramente, son las historias de Edipo rey y Antígona, pero no distintas en su resultado: el deseo de saber conduce a la ilusión de un conocimiento cuyo destino es la pérdida del motivo mismo que nos empujaba a investigar. Edipo y Creonte van a perder por su obstinación precisamente aquello que querían salvaguardar. Lo único que podrán conocer, al final, son las ruinas de lo que creían poseer. El hombre, en resumen, quiere saber, y, como resultado de sus averiguaciones, luego también cree saber, y en su afán por controlar el futuro termina por derruir hasta los cimientos de lo que se propuso conservar. Conocer, decir, investigar, tomar decisiones, todo ello conduce ineluctablemente a la quiebra y al declive. Esa ruina, que es lo que en verdad hay y había, desde el punto de vista de la tragedia, es una conclusión, una sentencia que no admite más que el lamento por lo perdido.
La comedia es otro asunto. Como niños que juegan en tiempo de guerra con un tanque abatido por el enemigo y alimentan sus fantasías bélicas en el mismo lugar donde no hace mucho había solo sufrimiento, así la comedia ocupa alegre las ruinas de lo trágico y celebra la desesperanza. Donde solo había gritos, ahora hay carcajadas. La tentación de saber nos hunde en la pérdida. Esa pérdida, convertida entonces en un espacio propio, se puede celebrar. No hay nada que reconstruir en ella. Las ruinas son el hogar de la comedia.
En nuestro trato con el mundo, siempre caemos en la tentación de creernos sabios. Es innegable la apariencia de sabiduría que hay en nuestras acciones; nos parece que sabemos algo, aunque no sepamos nada. Todos, más o menos, estamos convencidos de tener ciertos conocimientos: creemos, por ejemplo, que sabemos ver, caminar, respirar, comer o dormir; creemos, quizá, que sabemos pensar, hablar o vivir. Sin embargo, por lo general lo que ocurre es que queremos saber, y que por eso creemos que sabemos. Nos basta con una destreza aparente para convencernos de estar en posesión de una verdad sólida. ¿Puede un hombre no creerse sabio? Por la naturaleza misma de lo que significa «sabiduría», no podemos huir a otra parte; en el mejor de los casos, nos quedamos en las orillas, con la actitud del bañista indeciso que no quiere hundir su cuerpo entero en el agua. Allí esperamos, quizá, evitar la tentación de considerarnos sabios. Las orillas, sin embargo, no son otro lugar, porque fuera del flujo de la convicción no hay propiamente nada; el deseo de saber, sin el delirio de creerse sabio, es solo una interrupción provisional de un proceso que parece inevitable. Esa actitud del bañista indeciso, que es la propia del filósofo —el que desea saber, pero sabe que no sabe—, rechaza rotundamente dejarse llevar por el torrente de las apariencias y renuncia a todo saber que no sea precisamente ese: el de saber que no se sabe nada. Ese «saber» no se limita solo a una afirmación, sino que permite averiguaciones prolíficas y a largo plazo; da para una historia de Occidente entera, y no solo de la filosofía: la ciencia es su hija mimada.
Lo trágico es el fracaso de las ilusiones; lo cómico, la celebración de ese fracaso; lo específicamente filosófico, en cambio, es una distancia con respecto al fracaso mismo. El filósofo no huye a otro lugar, pero observa como si viniera de fuera. Sabios solo lo son los dioses. Las cosas, por su parte, no son sabias, pero tampoco quieren saber, y por tanto tampoco creen saber, de modo que no se puede afirmar que sean ignorantes. La ignorancia es el privilegio de los hombres. Lo mismo se puede decir de otra manera: inmortales solo lo son los dioses. Los dioses están, pues, siempre vivos. Las cosas, en cambio, no están vivas, pero tampoco se puede decir que estén muertas. La mortalidad es el privilegio de los hombres.
Aún podemos formularlo de una tercera manera: los dioses son (nunca dejan de ser). Los hombres, en cambio, parece que son, pero en el fondo no-son (viven, pero viven muriendo). Es verdad que las cosas parecen, a primera vista, como los hombres, puesto que primero son algo y luego dejan de serlo, pero ese ser y dejar de ser solo tienen sentido ante la mirada de un observador, el hombre, de tal manera que, en cierto sentido, también es verdad que las cosas ni son ni dejan de ser. El no-ser es el privilegio de los hombres. El hombre es, aunque no lo sepa, esencialmente filosófico, porque la filosofía es ese no-ser que define lo humano frente a lo divino (está claro que la tercera parte, la de las cosas, sencillamente no es nada). Lo único que el hombre puede conocer es su ignorancia. Lo único que puede vivir es su mortalidad.
Hacia el final de la Apología de Sócrates (39C y D) de Platón, Sócrates afirma lo siguiente:
Os digo, ciudadanos que me habéis matado, que después de mi muerte os llegará enseguida un castigo más severo, por Zeus, que el hecho de haberme matado. Pues ahora habéis perpetrado este acto pensando que seríais dispensados de rendir cuentas de vuestra vida, pero, como digo, esto acabará de una manera muy distinta. Los que os pedirán cuentas, a quien yo contenía hasta ahora, serán más numerosos que vosotros, si bien vosotros no lo sabíais, y serán más severos en la medida en que serán más jóvenes, y vosotros os irritaréis más.
La profecía de Sócrates iba dirigida solo a las generaciones futuras de atenienses. Sin embargo, no es difícil adivinar que en estas líneas Sócrates predice sin saberlo el destino de Occidente.
La filosofía, tanto antigua como moderna, ha tratado de mantenerse siempre en esa distancia descrita más arriba y profetizada por Sócrates, ese «rendir cuentas», pero es innegable que muy a menudo, por no decir casi siempre, ha tomado como fuente de pensamiento la perspectiva trágica de la condición humana, no la cómica. La filosofía jamás ha partido de la celebración de las ruinas para pensar, en parte porque no se ha terminado de tomar en serio lo cómico. Hegel dice aquello de que «la lechuza de Minerva empieza a emprender el vuelo con el anochecer». No es que la sentencia no sea cierta, ni sugerente y profunda. Lo es, y es cierto que el saber viene con el ocaso, y, aunque puede que esto ya no sea lo que quiere decir Hegel, quizá el ocaso y el saber sean en el fondo un mismo acontecimiento. Es la ruina misma, la pérdida, la nada, la ignorancia, la muerte, lo único que el hombre puede «saber». Sin embargo, por el estado en el que se encuentra cuando se halla perdido entre ruinas, a la luz de sus esperanzas rotas el hombre tiende a percibir su privilegio como una desgracia. Esto sucede precisamente porque es la conclusión de una secuencia lógica que tiene su origen en lo trágico. Las ruinas solo son ruinas frente a las ilusiones de los mortales. Sin estas últimas, aquellas son un espacio de juego para las fantasías de unos niños.
El recorrido de la comedia es más esquivo que el de la tragedia por dos razones, porque no es heroico y porque no contiene ni siquiera la tentación de una prospección. Parece imposible amar y celebrar las ruinas sin querer hacer de ellas un palacio; parece imposible amar la desesperanza, o, dicho de otra manera, el ocaso, aunque seguramente eso signifique lo mismo que amar el saber (φιλοσοφεῖν).
Da la impresión de que el único camino posible es el de abandonar toda esperanza, pero ese precisamente no es un camino, pues no hay camino sin meta, y no hay meta sin expectativas, esperanzas, ilusiones. Todo sentido para el presente tendrá que emanar no del futuro, pues, sino del pasado. Una mirada hacia atrás es una mirada hacia lo no dicho, lo no pensado; hacia lo grotesco de cada instante: un viejo que recuerda su juventud sin proyectar nada hacia el futuro y sin arrepentimiento.
Hay que tratar el pasado como quien de repente se da cuenta de que hasta Alejandro Magno tenía que controlar los esfínteres para que no se le escaparan inmundicias. Una filosofía cómica no es una filosofía que provoca carcajadas, es una filosofía que se vuelve hacia sí misma y juega con sus propias ruinas.
Cuando Jesús pronuncia en la cruz aquellas célebres palabras, «perdónales, Señor, porque no saben lo que hacen», lo hace en calidad de salvador de la humanidad, sabiéndose en posesión de una verdad que los mortales desconocen. Jesús es ahí víctima de las ilusiones humanas, exactamente como algunos viajeros lo son de sus propias ensoñaciones cuando creen distinguirse de los turistas rasos haciendo con petulancia exactamente lo mismo que estos hacen con ingenuidad. Insolencias provocadas por las alucinaciones de los hombres. Un verdadero dios habría dicho: «no hay nada que perdonar, ni nadie para perdonarlo, porque solo son niños jugando con las ruinas caídas de sus predecesores».
Ilustración: Hércules apunta con su arco al centauro Neso, que rapta a Deyanira. Dibujo a tinta de Crispijn van de Passe (1564-1637). Dominio público.
