Arte

Desolación de la belleza. Reflexiones durante un paseo

La fealdad, indetenible, extiende su imperio. Alain Finkielkraut Pasear hoy por una calle de cualquier ciudad permite comprobar el avance de la enfermedad que las aqueja a todas: su afeamiento. La razón es siempre la misma: hay que «reurbanizar» centros históricos y zonas monumentales para atraer rentas altas, dirigir hacia la periferia al asalariado común, abandonar el resto a ancianos y a inmigrantes. Que no «migrantes», puesto que hablamos de personas, no de golondrinas, bisontes o salmones, especies conocidas por exhibir patrones migratorios de conducta. Parece mentira: quienes insisten en usar ese vocablo son los mismos que dedican todos sus esfuerzos a facilitar la instalación definitiva en la ciudad en la que recalan de estos contingentes de recién llegados, anulando así la única razón válida para seguir llamándolos de tan zoológica manera. Pero para qué fingir sorpresa ante la paradoja: son de izquierdas y funcionarios, especies, como las adelfas, que llevan en la raíz misma de su condición la contradicción de ser a la vez ornamentales y tóxicas. En realidad, me parece que importa menos …

De uno mismo y de los demás

Así como el llamado progresista ve con malos ojos la propiedad privada y, cada vez más, el derecho a la privacidad, así también marca a fuego su estigma en la ambición del individuo libre de diferenciarse del vulgo, ya sea en materia de esfuerzo personal y excelencia en el conocimiento ⎯la palabra «elitismo» ha convocado siempre el mayor vade retro del progresismo⎯, ya sea en materia de gustos, opiniones y actitudes, en todo lo que le hace a uno dueño de sí mismo. Por una perversión del sentido que oscila entre la ingenuidad y el cinismo, el falso demócrata llama igualdad a esta operación, pero la igualdad real consiste precisamente en lo contrario, en la posibilidad de todo hombre de distinguirse de los demás. Al final de su ensayo Sobre el carácter tétrico de la historia, Juan Benet dice que «la primera gran virtud ⎯en el campo cultural⎯ de la conciencia democrática es de naturaleza psicológica: sólo gracias a ella el hombre puede sentirse liberado de la masa. Sólo gracias a un reconocimiento de una …

El sentido que no se alcanza

Algunos críticos literarios han querido ver en las Soledades de Góngora un trasunto en clave lírica de la descomposición de la nación española en tiempos de la decadencia de la monarquía y el descalabro económico de la sociedad, como si en ello estuviera la sustancia que hace de esa obra lo que es, lo que le confiere un sentido y justifica así su valor. No fue precisamente ese el motivo por el que la generación del 27 rescató a Góngora del olvido al que la incomprensión de sus grandes obras poéticas le condenó durante siglos. Así lo definió García Lorca en la conferencia que dio, hace cien años, en el Ateneo de Granada: Se dio cuenta de la fugacidad del sentimiento humano y de lo débiles que son las expresiones espontáneas que sólo conmueven en algunos momentos, y quiso que la belleza de su obra radicara en la metáfora limpia de realidades que mueren, metáfora construida con espíritu escultórico y situada en un ambiente extraatmosférico.  Y, por su parte, Dámaso Alonso alabó las Soledades, cuyos …

Tras el velo, Isis lee

Tras el velo, Isis lee

La palabra es origen, siempre previa. A través de ella nos abrimos camino en medio de la extrañeza del mundo. Es la fragua de nuestras ansias más secretas, siendo la del amor la más común, puro anhelo de paraíso que nos empuja a descender a los infiernos donde recuperar sus vestigios. Dante sabía que el camino al paraíso pasa por el infierno, y Petrarca, que el infierno nos habita, que la geografía de nuestra subjetividad es la tierra ignota que nos aguarda y nos aterra. También se atrevió a desafiar al amor y a la amada, sabedor de que la fuerza de su pulso, de su verbo era lo único inmortal. «Eternidad» pasó a tener el nombre de poesía, de palabra no revelada, sino caída, precipitada y abismada al infierno de un yo que amaba tanto a un tú como descubrirse, encontrarse cara a cara en el espejo de la escritura. Fuera de ella, de sus leyes lingüísticas, o en sus márgenes, no nos es dado conocer lo que descentra nuestra subjetividad. Nos aproximamos a …