Entre las muchas anécdotas recogidas en Enormes minucias, Chesterton cuenta en «El ángel rojo» que una señora le dirigió una carta en la que sostenía con toda seriedad que los cuentos de hadas son desaconsejables porque infunden miedo a los niños. Ningún mal le haría a esa señora de principios del siglo pasado, cuyo puritanismo ha dejado herencia en nuestro tiempo, recordar primero algo sobre el valor de la infancia, a fin de comprender luego el valor de los cuentos tradicionales.
Para el niño, un ser recién llegado a la existencia, el mundo es totalmente desconocido, y su contenido, todavía inclasificado; la realidad exterior se presenta ante él como un espacio descomunal —por contraste con la estrechez de su origen—, misterioso y por ello también intimidante. El miedo del niño, y el nuestro por extensión, no es, por tanto, otra cosa que la reacción natural ante la magnitud de lo desconocido. Pero la señora de la carta, una total contemporánea, parece pretender que el niño se acerque a la realidad prescindiendo de los monstruos o de las múltiples representaciones de los males con los que no tenemos más remedio que coexistir. Olvida, sin embargo, esa señora, y olvidan todos a los que ella representa, que al retirar el monstruo del cuento no se elimina el miedo del universo infantil; olvidan, en fin, que no hay antídoto sin veneno. Chesterton deshizo rápidamente el equívoco: «El bebé ha conocido íntimamente al dragón desde siempre, desde que supo imaginar. Lo que el cuento de hadas hace es proporcionarle un San Jorge capaz de matar al dragón».
Todo tiempo tiene su sesgo particular, su propia forma de ceguera, y en el nuestro es desde luego notable, por no decir radical, la intolerancia hacia la experiencia del sufrimiento, la desmesurada susceptibilidad ante cualquier asomo de conflicto, de dolor. Bajo el pretexto de una compasión tan bienintencionada como malentendida, se ha alzado un ejército de pedagogos hiperestésicos con la firme determinación de proporcionar al niño una existencia acolchada, de ofrecerle una papilla edulcorada con la que puede acabar por atragantarse. Pretender que el niño no tema al dragón retirándole el cuento del dragón es una ingenuidad tan mayúscula como creer que se elimina la enfermedad destruyendo los tratados de medicina. Es, en el fondo, la misma ceguera que alimenta la guerra contra las drogas, la misma que pretende acabar con la escasez fijando por ley el precio de las cosas o la que confía en que derribar una estatua altera los hechos de la historia. En todos los casos, el hombre confunde incansablemente la realidad con su representación. Romper el espejo por disgusto con su reflejo es quizá la expresión más cinematográfica de esa pataleta estéril.
La réplica de Chesterton reconoce el miedo como una condición inherente a la existencia humana. El mundo, desde la mirada inocente de un niño, es un lugar inquietante, y será el adulto —a menudo más asustadizo, mucho menos capaz de convivir con el misterio— el que se ocupe de catalogar luego aquello que merece temor, mientras el niño, ajeno a esa racionalización, mantenía ya una relación intuitiva con la amenaza. El cuento escenifica la fealdad del mundo, su crudeza; le dice al niño que el mal que él a su modo intuye es real y multiforme, pero también, y sobre todo, le enseña que no es infinito, que el monstruo tiene un límite, que puede perfectamente encontrarse con la espada.
La exclusión del monstruo lleva aparejada la negación de su derrota y, por tanto, la retirada del héroe; tal es el efecto de ese exceso pedagógico. Lo que eso tiene de revelador es una total falta de fe en la victoria heroica. Hay en el fondo de esa postura una asunción del dolor —aquello con lo que debíamos aprender a coexistir— como fuerza definitiva, contra la que no hay resistencia que valga, un blindaje del desánimo: «El elemento alentador de esperanza en el universo ha sido en los tiempos modernos continuamente negado y reafirmado; pero el elemento de desesperanza no se ha negado nunca ni por un momento».
El juicio de nuestro tiempo, que reniega de la fecunda alianza entre el miedo y el triunfo, conduce indefectiblemente a la amargura. El vacío resultante de ese reparo protector propicia una inclinación morbosa hacia, en palabras del autor, los «diablos azules», otro nombre para la melancolía, del que, por cierto, se origina el blues, una de las más bellas purificaciones del lamento en los últimos siglos. Se diría que la imaginación se ha vuelto, por una suerte de fatiga espiritual, más perezosa para concebir un desenlace redentor y, en cambio, le sobran los recursos para representar el desastre. Da la impresión de que hemos desaprendido la forma de encontrar salida a las penumbras que nos hostigan al tiempo que las circunstancias refuerzan esa misma inercia.
A falta de ese espíritu, Chesterton invoca oportunamente a los hermanos Grimm y en particular al «Cuento del que fue a aprender lo que era el miedo» para oponer a la sofisticada indefensión la ruda salud de un ignorante que sale adelante gracias a su simpleza. La supuesta necedad del protagonista es toda una ventaja frente a un desfile de espantos. Vence al peligro porque carece de las luces suficientes, es decir, de la disposición al enredo, para sentirse víctima; su literalidad interpreta las más terroríficas situaciones como estorbos, y los monstruos solo tienen poder si se valida antes su chantaje. Resulta, si damos la lección por buena, que ese chantaje prospera especialmente en aquellos que se tienen por sensatos y razonables, cargados de advertencias, de realismo, de motivos para el susto.
De ese espécimen queda un digno retrato en el ensayo «La abuela del dragón», en que el hombre de la corbata verde, una caricatura del racionalista, movido por su suficiencia intelectual, presume de no creer en los cuentos de hadas y, en coincidencia con la señora epistolar, tampoco cree que se deban contar a los niños. Quedamos siempre en la especulación al tratar de comprender los motivos de esa postura, pero no sería extraño que detrás de esa cruzada contra la fantasía haya poco amor por la verdad y bastante miedo a la incertidumbre. Por fijaciones que quizá solo un talentoso psicoterapeuta podría desenterrar, el hombre de la corbata verde necesita que el mundo sea un lugar predecible, sin rincones oscuros. Su orgullo delata un miedo infantil a quedarse en la intemperie, a reconocer que esas viejas ficciones guardan algo de verdad sobre la condición humana. Él, no tan miedoso del monstruo como de la posibilidad de que el monstruo tenga sentido, prefiere creer cómodamente que protege la mente infantil de un engaño innecesario, sin darse cuenta de que se está protegiendo a sí mismo de la íntima sospecha de que las historias infantiles son más poderosas que él para domesticar el pánico, de que hay más orden en el cuento de «El diablo y su abuela» —como comúnmente se traduce— que en su muy amueblada cabeza. Un orden que Chesterton le devolvió sin reservas:
«La abuela del dragón». Esto está bien; esto está dentro del orden; esto es racional casi hasta la linde del racionalismo. Si hubo un dragón, hubo de tener abuela. Pero usted, ¡usted no tiene abuela! Si la tuviese, le hubiera enseñado a usted a amar los cuentos de hadas. Usted no tiene padre, usted no tiene madre; no puede haber causas naturales que puedan explicar su existencia. Usted no puede existir. Yo creo muchas cosas que no he visto. Pero de cosas tales como usted puede decirse: ¡Bienaventurados los que vieron y no creyeron!
Ilustración: Dibujo de Albert Weisgerber para el cuento «Märchen von einem, der auszog das Fürchten zu lernen» («Cuento del que fue a aprender lo que era el miedo», más conocido en español como «Juan sin miedo»), perteneciente a la edición ilustrada de los cuentos de los hermanos Grimm Kinder- und Hausmärchen (1910). Via Wikimedia Commons.
