Demonios azules
Entre las muchas anécdotas recogidas en Enormes minucias, Chesterton cuenta en «El ángel rojo» que una señora le dirigió una carta en la que sostenía con toda seriedad que los cuentos de hadas son desaconsejables porque infunden miedo a los niños. Ningún mal le haría a esa señora de principios del siglo pasado, cuyo puritanismo ha dejado herencia en nuestro tiempo, recordar primero algo sobre el valor de la infancia, a fin de comprender luego el valor de los cuentos tradicionales. Para el niño, un ser recién llegado a la existencia, el mundo es totalmente desconocido, y su contenido, todavía inclasificado; la realidad exterior se presenta ante él como un espacio descomunal —por contraste con la estrechez de su origen—, misterioso y por ello también intimidante. El miedo del niño, y el nuestro por extensión, no es, por tanto, otra cosa que la reacción natural ante la magnitud de lo desconocido. Pero la señora de la carta, una total contemporánea, parece pretender que el niño se acerque a la realidad prescindiendo de los monstruos o …
