G. K. Chesterton

Diablos azules

Entre las muchas anécdotas recogidas en Enormes minucias, Chesterton cuenta en «El ángel rojo» que una señora le dirigió una carta en la que sostenía con toda seriedad que los cuentos de hadas son desaconsejables porque infunden miedo a los niños. Ningún mal le haría a esa señora de principios del siglo pasado, cuyo puritanismo ha dejado herencia en nuestro tiempo, recordar primero algo sobre el valor de la infancia, a fin de comprender luego el valor de los cuentos tradicionales. Para el niño, un ser recién llegado a la existencia, el mundo es totalmente desconocido, y su contenido, todavía inclasificado; la realidad exterior se presenta ante él como un espacio descomunal —por contraste con la estrechez de su origen—, misterioso y por ello también intimidante. El miedo del niño, y el nuestro por extensión, no es, por tanto, otra cosa que la reacción natural ante la magnitud de lo desconocido. Pero la señora de la carta, una total contemporánea, parece pretender que el niño se acerque a la realidad prescindiendo de los monstruos o …

Perder la razón - Moon Madness

Perder la razón

Hay pocas enfermedades tan ambivalentes y simbólicamente productivas como la locura. Ciertos estados de turbación o inestabilidad se asocian a una capacidad excepcional, a una suerte de contacto con lo divino o lo visionario. Un caso: Gérard de Nerval, figura de culto para los simbolistas, los surrealistas y los poetas malditos, paseaba a su langosta con una correa por las calles de París. Sufrió desde los 33 años crisis nerviosas e internamientos recurrentes, hasta que se suicidó en 1855, dejando una obra donde la enfermedad mental se entrelaza con el misticismo, el sueño y la búsqueda de un sentido oculto. Fue uno de los primeros en proponer que lo que llamamos locura no es una pérdida de razón, sino una forma distinta —más lúcida y penetrante— de ver el mundo. Posteriormente, el siglo XX consolidó esta misma percepción mediante la figura del outsider brillante y autodestructivo: el artista maldito que vive en los márgenes y sufre por no poder integrarse. Tenemos ejemplos de genios depresivos e hipersensibles, como Virginia Woolf o Sylvia Plath; de visionarios …