Desde hace unos meses nuestro gobierno ha puesto de moda criticar a los llamados «tecno-oligarcas», aunque sea por razones distintas a las que aludirá este artículo. Tampoco sé bien si su protagonista entra en la categoría de «tecno-oligarca», pero desde luego es una de las voces contemporáneas más influyentes en lo que se refiere a tecnología y capitalismo: Marc Andreessen, empresario y principal socio de la firma de capital riesgo Andreessen Horowitz (inversores en Twitter, Facebook, etcétera) lleva semanas arremetiendo en X contra la introspección. Le preguntaron en un podcast si la practicaba en algún grado. «Cero. La menor posible». Argumentó que la introspección era enemiga de la acción, un invento manufacturado por Freud allá por el 1910, y desde entonces no ha cejado en su empeño por asimilar la introspección a una especie de debilidad o de ensimismamiento reservado a los temerosos y los improductivos. Elon Musk se ha sumado a la cruzada.
No deja de tener gracia que para ejemplificar su postura usara como referencia a Marco Aurelio, cuyas Meditaciones son introspección ininterrumpida de la primera línea a la última. Pero Andreessen, que es un hombre leído, eso lo sabe, y no es casual que sortee el equívoco para redoblar las tesis de su Techno-Optimist Manifesto de 2023, donde hace una defensa radical de la tecnología como motor principal del progreso humano, y donde sostiene que la civilización avanza solo cuando construye, innova y crece, al tiempo que se deteriora cuando se paraliza por miedo, regulación excesiva o resentimiento. Aunque podamos concederle parte de razón, y desde aquí ya hemos criticado precisamente el encumbramiento de la debilidad y el resentimiento de nuestra cultura, sorprende que cargue tan cínicamente contra miles de años de una tradición que es la piedra angular del conocimiento humano y que, para rematarlo, está en el corazón del mismo capitalismo que ha dado condición de posibilidad al tecno-optimismo que tan impetuosamente defiende. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905), Max Weber señala que el capitalismo moderno, para arrancar, necesitó un tipo humano nuevo —metódico, austero, incapaz de gastarse lo ganado— y que ese tipo humano no lo produjo la codicia, que es vieja como el mundo, sino una angustia teológica muy concreta. Contrariamente a la interpretación que suele hacerse de la obra, no es que el protestantismo hubiera causado el capitalismo ni que los calvinistas fueran ricos, pero los calvinistas, a diferencia de los católicos angustiados que disponían de válvulas de escape —la confesión, la penitencia, la absolución—, sí creían en una predestinación inalterablemente decidida por Dios. Ningún rito, ningún intermediario u obra podía modificar un veredicto ya dictado. Solo cabía buscar señales, indicios de que uno pertenecía, quizá, al bando de los elegidos, y la señal por excelencia era el éxito en el trabajo metódico, ejercido como vocación. Lutero acuñó la palabra «beruf» al traducir la Biblia, fundiendo en un solo término el oficio y el llamamiento divino. De ahí derivaron diarios espirituales de una minuciosidad contable. Weber lo llamó ascetismo intramundano: toda la disciplina del monasterio, trasplantada al taller y al libro de cuentas. O, para decirlo con palabras más adecuadas para este texto, el capitalismo, tal como lo reconstruye Weber, no nació de hombres que evitaban mirarse por dentro, sino más bien de hombres que no hacían más que eso: revisarse la conciencia con una intensidad que, al no encontrar salida ritual, se descargaba hacia fuera como trabajo.
Cuando Andreessen afirma que los grandes motores de la historia funcionaron sin introspección, está falsificando la genealogía de sus propias ideas. Lo interesante, sin embargo, es que Weber ya previó algo así en las últimas páginas de La ética protestante, donde anticipó que, una vez construido, el orden económico capitalista ya no necesitaría el espíritu religioso que lo fundó, que la maquinaria correría sola y el individuo nacería dentro de ella como quien nace dentro de un clima. A ese nuevo género de hombres, atrapados en un caparazón materialista, sin el fervor moral del pasado y viviendo solo para el consumo, los llamó «especialistas sin espíritu, hedonistas sin corazón». Ahora Andreessen, en una suerte de abolición retroactiva, declara que el espíritu fue una moda vienesa de 1910 y que los hombres serios no pierden el tiempo en descifrar su vida interior, y lo afirma, tal vez no accidentalmente, justo cuando la inteligencia artificial está automatizando la franja media de todo lo que hasta ayer llamábamos trabajo del conocimiento. Una automatización que ha reinstaurado para millones de personas una estructura anímica que recuerda a esa predestinación calvinista: hay una sensación de veredicto inapelable colgando sobre el trabajador de hoy. ¿Soy prescindible? ¿Lo seré dentro de un año? La respuesta parece depender de instancias hasta cierto punto opacas e irrefutables. Y la única posición disponible ante la incertidumbre es la misma de hace cuatro siglos: trabajar más, metódicamente, diligentemente. Con la salvedad —y esto es lo que da filo al asunto— de que al puritano se le exigía el examen de conciencia, mientras que a nosotros se nos pide la angustia sin el diario. Andreessen pretende que produzcamos las señales, pero que no nos preguntemos por su significado.
En este orden de cosas, hay una lectura de Weber —la del politólogo alemán William Hennis— que ofrece una explicación plausible del equívoco de Andreessen, según la cual la verdadera pregunta de La ética protestante, más que el origen del capitalismo, fue qué tipo de ser humano produjo ese sistema económico. Una interpretación, si se quiere, mucho más antropológica, y que nos ayudaría a comprender a Andreessen no como un actor malévolo —ese tipo de explicaciones son siempre muy pobres— sino como un producto o resultado del clima que lo ha incubado. Aunque no hay un consenso amplio sobre la centralidad de la pregunta que plantea Hennis, su interpretación sí que ofrece un concepto útil al hablar de «selección»: quien no encaja en las exigencias del orden económico moderno no es castigado por ningún tribunal, simplemente queda fuera, como queda fuera un organismo inadaptado. Weber lo dice con todas las letras en las primeras páginas de La ética protestante: el capitalismo actual, ya instalado, cría a los sujetos económicos que necesita mediante selección económica. La religión, como decíamos, fue necesaria para producir el primer ejemplar, pero después el mecanismo se basta solo. Si la economía no impone sino que selecciona, entonces la pregunta deja de ser por qué Andreessen dice lo que dice, y pasa a cuestionar por qué el orden actual lo premia por decirlo. El calvinista prosperaba porque su angustia prospectiva lo hacía metódico y lo infundía de una vocación de industria inexorable. Hoy, el trabajador prospera —así lo pretende nuestro celebrado inversor— porque la falta de introspección lo hace rápido. En ambos casos el orden económico gesta el carácter que necesita, y en ambos casos el gestado confunde su adaptación con una virtud.
También hay, por último, una semejanza demasiado evidente entre el Techno-Optimist Manifesto de Andreessen y el Manifiesto futurista (1909) de Marinetti. El escritor italiano despreciaba el museo y la meditación como formas de una misma enfermedad, la del que mira hacia atrás o hacia dentro. Leído hoy, el parecido no está en las consignas —que también— sino en la operación de fondo: declarar la interioridad un lastre evolutivo, un residuo del que el hombre nuevo debe desprenderse para estar a la altura de sus máquinas. Marinetti pedía audazmente que el hombre se pareciera al automóvil. Andreessen, con menos poesía, pide que se parezca al modelo de lenguaje: producción continua, cero examen. Lo que desencadenó aquella primera versión es interesante aquí más por el mecanismo que por la moraleja. El futurismo acabó poniendo su estética al servicio del fascismo italiano por coherencia interna: un movimiento que ha declarado ilegítima la pregunta «¿hacia dónde?» solo puede responder a la pregunta «¿quién manda?». Suprimido ese espacio interior donde se sopesan los fines, donde se examina la conciencia, la velocidad queda disponible para el primer proyecto que la reclame con suficiente energía. Y ahí está la conexión que me interesa sugerir, y nótese que no es una profecía sino una observación estructural: la cruzada contra la introspección nunca es solo una preferencia temperamental o una excentricidad de podcast. Es la fase preparatoria de una disponibilidad. Una fuerza laboral que produce señales sin preguntarse qué significan, un capital que invierte en «avanzar» sin admitir la pregunta por el adónde, una cultura que ha reclasificado el examen de conciencia como pérdida de tiempo: nada de eso es todavía una catástrofe, pero todo eso es exactamente el estado de un material antes de que alguien le encuentre uso. La historia no se repite, y el siglo XXI no es el XX, pero ya hemos visto el género, y sabemos que la primera escena nunca parece peligrosa: es solo un hombre enérgico explicando, ante un público que lo felicita, que pensar hacia dentro es de débiles.
Ilustración: Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944) en la presentación del Manifiesto Futurista (1909). Via Wikimedia Commons
