La fealdad, indetenible, extiende su imperio.
Alain Finkielkraut
Pasear hoy por una calle de cualquier ciudad permite comprobar el avance de la enfermedad que las aqueja a todas: su afeamiento. La razón es siempre la misma: hay que «reurbanizar» centros históricos y zonas monumentales para atraer rentas altas, dirigir hacia la periferia al asalariado común, abandonar el resto a ancianos y a inmigrantes. Que no «migrantes», puesto que hablamos de personas, no de golondrinas, bisontes o salmones, especies conocidas por exhibir patrones migratorios de conducta. Parece mentira: quienes insisten en usar ese vocablo son los mismos que dedican todos sus esfuerzos a facilitar la instalación definitiva en la ciudad en la que recalan de estos contingentes de recién llegados, anulando así la única razón válida para seguir llamándolos de tan zoológica manera. Pero para qué fingir sorpresa ante la paradoja: son de izquierdas y funcionarios, especies, como las adelfas, que llevan en la raíz misma de su condición la contradicción de ser a la vez ornamentales y tóxicas.
En realidad, me parece que importa menos la razón que sus consecuencias, patentes en esa enfermedad de la que hablaba al comienzo. En efecto, nuestras ciudades se afean a ojos vista. Los ejemplos abundan. Pongamos el skyline de Londres, reconocible para innúmeras generaciones por su horizontalidad y chatura. Londres parecía negarse a proclamar que hasta entrado el siglo XX llegó a ser la urbe más grande del planeta, en una muestra más de la civilizada costumbre británica del understatement. No more. Desde los años 80 y aceleradamente a partir del 2000, la «Ciudad irreal» del poema de Eliot parece haber olvidado que «el género humano no puede soportar un exceso de realidad». No, desde luego, cuando esa realidad encima es de una fealdad aplastante. Literalmente. Visto desde Southwark junto al Támesis, el Palacio de Westminster, contaminada su vista por la gigantesca noria infantil del llamado Ojo de Londres, parece ahora una diminuta construcción de LEGO abandonada por un niño caprichoso y distraído. Por desgracia, el espíritu lúdico infantil no se detiene ahí, como constato cada vez que asoma en una película o serie el ridículo perfil del Walkie-Talkie o El Pepinillo. La vista de estas construcciones me produce siempre la misma vaga sensación de náusea física que siento cuando en Barcelona me veo obligada a bajar a la zona de Diagonal Mar y el Fòrum, donde abundan los engendros arquitectónicos. Desde la antigua Torre Agbar ⎯nuestro Pepinillo mediterráneo⎯ hasta el condo de lujo de la torre Antares, todos tienen en común y comparten con sus primos de Londres el mismo aspecto de juguetes ensamblados por un niño torpe (la base más estrecha que la cima, pisos en saliente aquí y allá sin ton ni son) y coloreados como una cara de payaso.
Con todo, aún sería posible decir que es una cuestión de gustos. A mí me descompone por su fealdad aquello que otros encuentran bello o, al menos, admirable por su modernidad. Esta explicación sería consoladora: lo que pasa tal vez es que siento nostalgia de otro Londres y otra Barcelona; de París, que fue mi ciudad del alma, mejor ni hablar: un cuarto de siglo de ayuntamientos progres y ecologistas han conseguido acabar con su «aura», como hubiera dicho ese otro enamorado de París que fue Walter Benjamin. Estoy dispuesta a aceptar incluso que se piense que mi respuesta a las novedades arquitectónicas significa que soy reaccionaria y hasta algo peor para algunos: conservadora. Da igual, porque nada de esto tiene la menor importancia. Lo que sí la tiene es el hecho contrastable de que nuestro entorno se afea cada vez más. Pero, de nuevo podría argumentar mi hipotético antagonista, ¿y si resulta que nuestros contemporáneos se deleitan con la fealdad?
Bien mirado, ojalá fuera cierto. Al menos se podría pensar que algo les produce placer, que son capaces de deleitarse así sea con la fealdad. Pero basta, en nuestro paseo cotidiano, con ver que la mayoría no presta la menor atención a su afeado entorno. Los oídos cegados con audífonos, fija la mirada en la pantalla del móvil, estos peatones son perfectamente insensibles a cuanto los rodea, y quienes no conocemos la suerte de su indiferencia, nos vemos obligados a esquivarlos como si fueran criaturas que no saben orientarse en el espacio y aún no han aprendido a controlar sus movimientos. Los alemanes han inventado un acrónimo para designar a estas personas deliberadamente alienadas de su entorno, incapaces de apartar la mirada del portátil que llevan en la mano: son smombies, contracción de «smartphone zombies».
El comportamiento de los smombies es un ejemplo de conducta inapropiada. Cuando te cansas de pasear esquivando estos obstáculos humanos y decides tomar un autobús o esa forma cada día más degradada de transporte colectivo que es el metro, no tardas en comprender el grave error en el que has caído. Ahora, en un espacio cerrado, afloran otras conductas inapropiadas. Un joven apoya los pies en el asiento opuesto. Una madre habla a voz en cuello por el móvil mientras su vástago golpea la carcasa del asiento delantero. Una pareja de inmigrantes latinos impone a todos los viajeros un improcedente espectáculo de baile, amenizado por la atronadora bachata que escupe un altavoz portátil. Para esos exquisitos conservadores de sus tradiciones que son los japoneses, causar molestias en público con comportamientos como estos es una forma aborrecible de la mala educación a la que dan el nombre de meiwaku kōi, literalmente «conducta molesta».
Contrariamente a la opinión común, la belleza no es solo una cualidad de la que están dotados determinados objetos o personas. Tampoco admite verse reducida a variable intransferible del gusto individual. Hay una larguísima y venerable tradición filosófica occidental que desde sus inicios, desde antes incluso de Platón y Aristóteles, toma la belleza como objeto de estudio y análisis. Y desde que a mediados del siglo XVIII Baumgarten definió como cognitio sensitiva la disciplina de la estética, cuyo término también acuñó, ha sido abundantemente teorizada por legiones de pensadores, empezando por Kant. Más cerca de nosotros, no es necesario suscribir el argumento central de Roger Scruton sobre la desacralización de la arquitectura moderna ⎯y del arte en general⎯ para comprender que la arquitectura no son edificios singulares, construcciones circunstanciales, proyectos concursantes, sino integración inteligente y sensible de todo ello en espacios que sin estas intervenciones guiadas por una inteligencia y un designio, se vuelven menos habitables. En el prólogo de 2013 a su The Aesthetics of Architecture (1979), Scruton, notable filósofo conservador inglés, se atrevía a diagnosticar que «ningún problema reviste mayor importancia ⎯desde el punto de vista político, moral, espiritual y estético⎯ que el que plantea la degradación del tejido urbano».
Por todo ello, la belleza en la que pienso ahora al constatar su eclipse entre nosotros no es una idea o concepto que determinados objetos ⎯las obras de arte notoriamente⎯ permiten ilustrar. Es algo a la vez más difuso y necesario: una manera de relacionarse con todo lo que constituye nuestro entorno, desde personas y objetos hasta la tradición y el pasado. Vista así, la desaparición de la belleza ⎯su «desolación», como he querido llamarla en homenaje doble a Eliot y Cernuda⎯ deja el paso libre a algo peor que la fealdad: la insensibilidad estética, que se manifiesta no solo en la incapacidad de distinguir entre lo bello y lo feo, o en elevar lo previamente tenido por feo a una nueva forma de belleza, como hace un siglo hicieron las vanguardias artísticas y literarias. El caso, lamentablemente, es que nuestros contemporáneos, insensibles a la belleza, por ello mismo también son incapaces de reconocer la fealdad, y ello es así porque la mayoría ha dejado lisa y llanamente de pensar y sentir en esos términos. La cognitio sensitiva, esa manera de observar y comprender el mundo a través de la sensibilidad tanto como la razón, si acaso alguna vez piensan en ello, se les debe de antojar un culto religioso trasnochado, cuando no, para los incombustibles enemigos de la belleza que son los marxistas, una tramoya más de la superestructura burguesa en el capitalista teatro de la opresión económica de los más débiles.
En el vacío dejado por la desaparición del vínculo que consagraba la experiencia estética, se agitan hoy los vociferantes activistas: pijos anticapitalistas, charos feministas, antisemitas rabiosos disfrazados de antisionistas y palestinistas. Mañana, a saber; dependerá de la apremiante moda ideológica del momento. Eso sí, podemos estar seguros de que, como los de ahora, lucharán infatigablemente contra las intolerables discriminaciones. Entre las cuales ya se cuenta precisamente la vieja costumbre opresora de distinguir entre belleza y fealdad. Gracias a nuestros activistas de hoy, ahora sabemos cómo designarla adecuadamente: se llama lookism, un crimen que consiste en suponer que quien opina que una persona es de apariencia fea está practicando una forma de discriminación tan punible como el racismo. No se piense que exagero al decir que es considerado un crimen. En Bélgica al menos está vigente una Ley contra la discriminación, aprobada hará pronto 20 años, que contempla, entre los criterios válidos para designar actos de discriminación, «la apariencia física». Según la Antidiscriminatiewet/Loi anti-discrimination, de 10 de mayo de 2007, no está permitido discriminar a las personas por sus características físicas o genéticas, so pena de recibir multa y sanción. Pero seamos optimistas: esta es una magnífica razón para no volver a poner un pie en Bélgica, país que visité varias veces por sus museos y las obras de arte de sus iglesias (por solo mencionar una, el Políptico de Gante de los hermanos van Eyck, en San Bavón, que tuve la suerte de ver antes de su restauración hollywoodiense), pero que desde hace tiempo ofrece pocos atractivos, para quien no cuenta entre estos sus innúmeras zonas urbanas tomadas por una población musulmana más bien proclive a la radicalidad, como a su costa descubrieron los parisinos la noche del 13 de noviembre de 2015.
Por último, bajas del bus o subes a la calle desde la estación de metro. Has decidido alejarte de barrios populares y zonas ocupadas por turistas, y quieres acabar tu paseo recorriendo algunas calles de la parte alta de la ciudad, donde moran esas élites que se supone llevan en alto la antorcha de la sensibilidad y la belleza. No tardarás en desilusionarte. Los flamantes vehículos último modelo de las marcas más caras, sinónimo de lujo y buen gusto, exhiben ahora todos la misma línea. Como la moda ecológica impone el uso de vehículos eléctricos, y mientras no se consiga miniaturizar piezas como la unidad de control y las celdas de combustible, presentan de frente un belfo monstruoso, y vistos de perfil, líneas tan elegantes como las de una zapatilla deportiva. Bien pensado, ¿por qué no? Si los Jaguar y Porsche y Rolls y Bentleys de antes eran otra cosa, quizá también fuera porque sus dueños y usuarios calzaban cueros nobles en zapatos hechos a mano. ¿Cuándo fue la última vez que viste a alguien salir a la calle con otro calzado que zapatillas o bambas, por más que fueran de marca y caras?
Actualmente, sin embargo, lo más lamentable para quien busca a su alrededor algún destello de belleza es la moda «oversize», que envuelve el cuerpo de la mujer en lo más evocador a un saco de patatas. O, a ver si me atrevo a decirlo, lo más estilísticamente cercano a una abaya o un burka. ¿A qué juegan nuestros distinguidos diseñadores de moda? ¿A irnos acostumbrando a que la mujer aparezca en el espacio público convertida en una «large, loose, baggy monster», versión islámica fashion? Tomo prestado al maestro de la contención literaria, a Henry James, la fórmula con la que resumió su rechazo de las grandes novelas decimonónicas ⎯y no cualesquiera: uno de sus ejemplos es Guerra y paz⎯ diciendo de ellas que aunque sin duda «tenían vida», carecían de arte en su composición, lo que lo llevaba a ver en ellas «monstruos grandes, holgados y desgarbados como sacos».
Y ya me recojo, que es domingo, por fin ha aflojado el calor y empieza el otoño. Me marcho pensando qué atinado estuvo José María Valverde al darle la vuelta al epigrama de Nietzsche: en efecto, nulla aesthetica sine ethica. Algo que hoy más que nunca conviene tener presente.
Ilustración: Desconsuelo. Escultura en mármol de Josep Llimona (1903). Museu Nacional d’Art de Catalunya. Dominio público.
