Destacado, Pensamiento

La esfera ardiente. Memoria y presente de Tocqueville

Tras la caída de la monarquía de Luis Felipe en la Revolución de 1848, Alexis de Tocqueville presenta en Valognes su candidatura a la Asamblea Nacional por el departamento de la Mancha, y hace imprimir y distribuir su discurso electoral por toda la circunscripción. Ha advertido que los otros candidatos adoptan los usos de lenguaje del 92: llaman «ciudadanos» a los electores y les saludan «con fraternidad». Él, que no quiere adornarse con esas friperies (ropas viejas) revolucionarias, pues nada le parece tan ridículo como el teatro emocional que tantos quieren representar en aquel cambio de régimen, encabeza su circular dirigiéndose a los electores como «Messieurs», y puesto que la Asamblea constituyente para la que aspira a ser elegido tiene como primera misión aprobar una Constitución republicana, y ha oído por todas partes cómo los pretendientes se llenan la boca con la palabra «república» sin precisar qué entienden por tal cosa ⎯aunque constata que algunos entienden algo más parecido a una tiranía que a una democracia⎯, cree que su primer deber es aclarar el sentido de lo que está en juego en las elecciones:

Pero, ¿de qué república se trata? ⎯dice⎯. Hay quien entiende por república una dictadura ejercida en nombre de la libertad; quien piensa que la república no solo debe cambiar las instituciones políticas, sino recomponer la sociedad; hay quien cree que la república tiene que ser conquistadora y propagandista. (Souvenirs, Segunda parte, cap. IV)

En el camino a una auténtica democracia, el deseo de sustituir la monarquía constitucional por una república en la que el presidente fuese elegido por sufragio universal masculino (el femenino tardaría casi un siglo en concederse) tenía en ese momento todo el sentido, pues el rey gobernaba por derecho dinástico y poseía amplios poderes ejecutivos, pero lo que teme Tocqueville, como se ve, no es la república en sí, sino la idea que tienen de ella una buena parte de los republicanos, y sabe que la sugestión de las palabras, en política, vale más que la realidad de los hechos. No es muy recomendable el ejercicio de dar un salto en el tiempo y el espacio y extrapolar el comentario de Tocqueville a la realidad española de nuestros días, pero con permiso del lector me tomo la libertad de dar ese salto. 

En España, la sola invocación de la palabra «república» suscita en amplios sectores de la sociedad una apasionada reacción emocional que nada tiene que ver con la verdad. La tendencia humana a identificarse con lo nebuloso y abstracto e ignorar lo concreto es un obstáculo insalvable en el ideal de conseguir una sociedad plenamente libre. Ya observó Josep Pla, gran admirador de Tocqueville, que «la gente solo comprende las cosas utópicas e hipotéticas» y que «se necesita una gran inteligencia para comprender el empirismo real y concreto», y la especie humana, cuando se manifiesta en grupo, carece de esa inteligencia que se necesita, pues sus decisiones no son el resultado de una reflexión, sino una respuesta emocional inducida por propaganda. La democracia, que como dijo Churchill es el peor de los sistemas posibles exceptuando a todos los demás, presenta algunos inconvenientes, y este, que no tiene remedio, es quizás el más grave. En el caso que nos ocupa, los motivos de ciertos ciudadanos españoles para aspirar a un cambio de régimen son muy distintos de los que podían aducir los franceses de 1848 y no parecen muy razonables. En primer lugar, si lo que tienen en mente es una república democrática con separación de poderes y alternancia en el legislativo y el ejecutivo, en lo que realmente importa no se trataría de un cambio de régimen sino de un cambio de jefe de Estado, habida cuenta de que en la monarquía parlamentaria de la que gozamos actualmente se respetan esas condiciones y el rey tiene solo una función representativa. Dicho de otro modo: una monarquía parlamentaria, que es algo muy distinto de una monarquía constitucional como la de Luis Felipe, consiste en realidad en una república en la que el jefe de Estado carece de poderes ejecutivos. Pero me temo, como Tocqueville, que algunos de nuestros republicanos aspiran a un régimen «conquistador y propagandístico» en el que las llamadas fuerzas progresistas se perpetúen en el poder en nombre de la libertad. Solo hay que oír las monsergas de Pablo Iglesias y sus acólitos para que ese temor no se disipe. A otros, más ingenuos o más bien intencionados, les falta el interés de comprender lo concreto y se emocionan con la falsa memoria de una república, la del 31, que tienen por la máxima consecución de la libertad y la justicia social, mientras sostienen que el hecho anecdótico de que el rey fuese nombrado en primera instancia por un dictador ⎯olvidando que la forma de Estado fue luego respaldada en referéndum por una mayoría aplastante⎯ invalida todo lo que logró la Transición, que es, objetivamente, mucho más avanzado que lo que logró la Segunda República española. Ahora bien, en rigor, no debería haber inconveniente para pasar de una monarquía parlamentaria a una república, pues en esencia permaneceríamos en lo mismo, aunque para un viaje como este no hacen falta alforjas. Pero no solo deberíamos preguntarnos con Tocqueville de qué república se trata, sino que también deberíamos seguir su ejemplo de prudencia. Tocqueville se inclinaba más por una monarquía parlamentaria que por un régimen republicano, pero como buen liberal conservador que era, entendió en su momento que rechazar la república traería mayores males que aceptarla, no habiendo además ningún pretendiente a la corona que ofreciese garantías de estabilidad, y, en su discurso de candidato y en sus intervenciones en la Asamblea Nacional, defendió la República por un sentido de prudencia y paz social. Lo mismo deberían hacer con la actual monarquía parlamentaria quienes, republicanos o indiferentes, no son amigos de las convulsiones sociales.

Después de esa excursión a lo propio y lo contemporáneo, volvamos a Tocqueville, pues es de él, de la fuerza iluminadora de su obra, de lo que quiero hablar. De los tres grandes libros que escribió, De la démocratie en Amérique, Souvenirs y L’Ancien Régime et la Révolution, el segundo, una obra publicada póstumamente por deseo propio y en la que relata sus recuerdos de la revolución de 1848, es probablemente el menos conocido. No diré que es el mejor, pues eso equivaldría a menospreciar la enorme importancia de los que publicó en vida, pero sí que posee unas cualidades estilísticas ⎯no faltan tampoco en las otras dos obras mencionadas, pero son de índole distinta⎯ que revelan la excelencia literaria de su autor, y precisamente por eso, porque el estilo que adopta le permite el humor, la ironía y la penetración psicológica de los personajes reales que retrata con la maestría de un buen novelista, el libro completa las certeras percepciones de los otros dos con una viva descripción de los resortes que mueven las almas de los hombres en medio de un tumulto político, lo que explica a veces mejor que cualquier análisis lógico de los acontecimientos cómo se producen las transformaciones sociales. De hecho, Tocqueville practica lo que predica, pues él mismo explica, por reacción, cuál es la mejor manera de acercarse ⎯solo acercarse⎯ a los acontecimientos históricos: «Por mi parte, detesto esos sistemas absolutos que hacen depender todos los acontecimientos históricos de grandes causas primeras que se vinculan las unas a las otras en una cadena fatal y que, por así decirlo, suprimen a los hombres de la historia del género humano». Tocqueville no construye sus ensayos con la visión determinista de otros historiadores, una tendencia que, si bien ya era notable en su tiempo, no haría más que agudizarse en el futuro. Su método es el de la observación directa de lo que ocurre como resultado del azar, un factor al que atribuye un papel clave, y que no entiende como algo ajeno a lo humano, sino como lo que resulta precisamente de las inconsecuencias del comportamiento humano. A lo que no obedece la concatenación de los hechos es a esa lógica que ciertos historiadores trazan a posteriori como si la historia fuese algo de naturaleza similar a la física y pueda ser predecible como el trayecto que recorre un proyectil dadas las condiciones de que parte. 

Si en De la democracia en América, Tocqueville exploró la naturaleza de la opinión pública en un régimen de libertades y en Del Antiguo Régimen y la Revolución demostró, en contra de lo que se proclamaba y apoyándose en un estudio profundo de centenares de documentos administrativos y judiciales, que en realidad muchos de los logros que se atribuyen a la Revolución ya existían en ciernes en el Antiguo Régimen, y que el aprecio por la libertad y la independencia de poderes nace también de costumbres que ya estaban afianzadas en el momento de la Revolución, en Souvenirs, un texto presidido en todo momento por una mirada personal, no necesita recurrir a documento alguno, pues, como en el caso de De la democracia en América, lo que cuenta es lo que ve con sus propios ojos e interpreta con una inteligencia tal que, ciento ochenta años más tarde, sigue conservando su actualidad. Él sí predice de verdad y sin proponérselo, pero lo que predice no procede de la imposición de una lógica al desarrollo de los hechos. Nada tiene que ver con eso, aunque a veces se le hayan atribuido una suerte de cualidades proféticas; en realidad, no se trata de predicciones, sino de aciertos en la observación y análisis de las conductas humanas, de las individuales y de las que surgen de la comunión o el choque de intereses entre los miembros de una comunidad, y ese es el secreto de su vigencia: no adivinó el futuro, solo comprendió el presente. El ser humano siempre es el mismo, pero el paso de una sociedad jerarquizada en clases inamovibles a una sociedad regida por la igualdad comporta cambios fundamentales en la conducta de las personas, y Tocqueville supo determinar el sentido de esos cambios, cuyo resultado sigue configurando el comportamiento de las sociedades libres en las que vivimos los países más afortunados. Puede que el cambio más fundamental sea el que señala en De la democracia en América: la tiranía de la opinión pública en una sociedad igualitaria.  Cuando todos los hombres son iguales, en el sentido de que parten de las mismas condiciones legales ⎯no de las naturales, pues eso último es imposible por definición, a pesar del empeño de las fuerzas progresistas en hacer creer lo contrario y de las medidas catastróficas que tal quimera produce⎯, el ciudadano desconfía de la opinión de sus semejantes: «¿Por qué ese, que vale lo mismo que yo, va a tener más razón que yo?». No ocurría así en el Antiguo Régimen, puesto que la opinión de un aristócrata, por su condición y su formación, era necesariamente más respetable que la de un plebeyo cualquiera. Ahora bien ⎯y esa es la principal observación de Tocqueville⎯, en una sociedad igualitaria, la autoridad de la aristocracia y el clero se sustituye por la de la mayoría: «No me creo lo que dice mi vecino, pero no puedo poner en duda lo que cree la mayoría de mis conciudadanos. ¿Cómo van a estar equivocadas tantas personas a la vez?». Y el resultado es que el común de las gentes, sin capacidad ni disposición personal para investigar por cuenta propia y discernir lo verdadero de la falso, fía todas sus opiniones a las ideas aceptadas por la mayoría. De lo que se concluye:

El público tiene, pues, en los pueblos democráticos una potencia singular que las naciones aristocráticas ni siquiera podrían llegar a concebir. No persuade de sus creencias, las impone y las hace penetrar en las almas por una suerte de presión inmensa del espíritu de todos sobre la inteligencia de cada uno. (De la democracia en América, Primera parte, cap. II)

Tocqueville no habla de imitación ⎯como veremos, si lo hará en Souvenirs⎯, pero la pulsión mimética inherente a la naturaleza humana hace todo el trabajo. Son pocas las personas que, no estando del todo a salvo del contagio irracional de las ideas, porque nadie lo está por completo, sí suelen tomarse la molestia de poner en duda sus convicciones. La inmensa mayoría no piensa lo que cree. Sin duda, algunos verán en tal afirmación el colmo de la incorrección política, pero es una verdad que está al alcance de quien quiera observarla. Y como la mayoría no piensa lo que cree, las ideas que atesora como propias se pegan por simple contacto, como rezaba el eslogan de una marca de cinta adhesiva en los años sesenta. Ahí está, pues, la mayor debilidad de la democracia, pues una idea que llama a la acción, que genera legislación y sanciones de incumplimiento, tanto si es correcta como si la fabrica el más puro sinsentido, una vez aceptada por la mayoría y puesta en práctica por sus representantes en nombre de esa mayoría a la que ellos mismos han hecho creer lo que cree, puede llevar una sociedad a su hundimiento. Piénsese, por ejemplo, en el número impresionante de ciudadanos que han aceptado pasivamente en las democracias occidentales que el sexo biológico no existe. Es un ejemplo extremo pero que permite ver hasta qué punto la opinión pública puede arrasar con el sentido común y la obviedad científica.

En Souvenirs el factor imitativo aparece en más de una ocasión como explicación última de lo que, si no se tiene en cuenta ese agente fundamental, podría parecer ⎯como muchos se empeñan en creer⎯ una toma de conciencia civil sincera y espontánea. En la Asamblea Nacional surgida de los comicios derivados de la Revolución de febrero de 1848, los más extremistas creen ser la reencarnación de los sanguinarios jacobinos que tomaron el poder tras la Revolución del 92, los montagnards. Ocupan, como sus admirados predecesores, los escaños más altos de la Asamblea. No estaban allí precisamente cómodos ⎯comenta el autor de Souvenirs⎯, pero así, escalando hasta la cima de la Asamblea, se ganaban el derecho a llamarse montagnards (montañeses) mientras se esforzaban por parecerse en todos los aspectos a los criminales que tomaban por modelo. Tocqueville los observa y los escucha, impresionado por sus maneras vulgares, presuntuosas y agresivas, y por su extraño lenguaje: 

En los escaños de arriba, siempre imitando a la Convención Nacional, se habían situado los hombres que profesaban las opiniones más radicales y revolucionarias. (…) Me parecía que veía por primera vez a esos montañeses, hasta tal punto me sorprendieron su idioma y sus costumbres. Hablaban una jerga que no era propiamente ni el francés de los ignorantes ni el de los letrados, pero que tenía defectos del uno y del otro, pues abundaba en palabras soeces y en expresiones pretenciosas. De esos bancos de la Montaña se oía salir a menudo un chorro continuo de apóstrofes injuriosos o jocosos; y de allí procedía también una profusión de sarcasmos y de sentencias, y se adoptaba alternativamente un tono obsceno y unos aires de soberbia. (Segunda parte, cap. V)

La pulsión imitativa construye identidades colectivas de las que no responde el individuo que las adopta. Una vez que uno se ha metido en el disfraz de revolucionario o de cualquier otro arquetipo o personalidad surgida de una moda pasajera, ya no actúa por voluntad propia, simplemente exhibe los atributos que ha adquirido y sigue automáticamente lo que se espera de su personaje. En tiempos de tranquilidad social, este fenómeno puede permanecer oculto, como permanecen ocultas las identidades en un baile de máscaras, puede crear dominaciones y sometimientos sin otra razón de ser que lo que cada uno cree representar, y, de ser advertido, incluso puede mover a risa. Sin embargo, cuando la convivencia se enturbia y la sociedad entra en convulsión, quien se mete a representar el papel del revolucionario, aun siendo en condiciones normales una persona decente, puede darse a los crímenes más atroces sin el menor remordimiento. Es más, como advierte Tocqueville, en situaciones revolucionarias hay gentes que se vanaglorian de sus malas acciones como en tiempos de paz presumen de sus virtudes. Todo en la vida humana depende de la situación; la situación conduce los hechos y transforma las almas, modela hasta las muecas de las personas que se dejan llevar por ella. Tocqueville, adelantándose años a los primeros observadores del contagio mimético, se da cuenta de lo terrible que puede llegar a ser esa claudicación de las conciencias y del papel preponderante que las situaciones creadas ejercen sobre las actitudes y las acciones de los individuos. Caminando hacia el Parlamento en medio de la agitación de las calles, tiene un incidente con una mujer que le cierra el paso con el carro de legumbres que transporta. Le pide que se retire y la mujer, por toda respuesta, se le echa encima con ira:

La expresión odiosa y terrible de su cara me causó horror, hasta tal punto estaban bien dibujadas en ella el furor de las pasiones demagógicas y la rabia de las guerras civiles. Cito este hecho anecdótico porque entonces vi en él, y con razón, un gran síntoma. En los momentos de crisis violentas, hasta las acciones que no guardan ninguna relación con la política toman un carácter singular de desorden y cólera que no escapa a la mirada atenta y que es un indicio muy fiable del estado general de los espíritus. Esas grandes emociones públicas forman una suerte de esfera ardiente en medio de la cual todas las pasiones particulares se calientan y bullen. (Segunda parte, cap. IX)

Creo que nadie entendió tan bien en el pasado cómo hay momentos en los que el contagio de las bajas pasiones despersonaliza a los individuos y los convierte en marionetas de un teatro infernal, y muchos siguen preguntándose cómo es posible que, de repente, una sociedad formada por personas normales y corrientes pueda librarse sin sentido a la destrucción y el asesinato. Ante la esfera ardiente de su tiempo tuvo que desenvolverse la vida pública de Tocqueville, y si, como pensador, ofreció a las futuras generaciones las claves para entender los inconvenientes de la vida en democracia, sin poner jamás en duda la legitimidad y los beneficios de las libertades, como político actuó siempre con la prudencia del que sabe que su primera obligación es la de no empeorar las cosas, y procuró aceptar en todo momento el statu quo, incluso en lo que se oponía a sus ideales, hasta el límite de lo posible. Vio con sus ojos el entusiasmo de los revolucionarios por regresar a la etapa del Terror, y también vio el nacimiento de un socialismo decidido a abolir la propiedad privada, a imponer la igualdad, no la igualdad posible y justa de oportunidades y derechos, sino la igualdad imposible de fortuna y facultades, con el inevitable espíritu totalitario que requiere la ejecución de ese programa. «El socialismo ⎯escribe⎯ quedará como el carácter esencial y el recuerdo más temible de la Revolución de Febrero. La República no aparecerá en ella más que como un medio, no como un fin». Ese mismo socialismo que, en años venideros, dejaría de ser el recuerdo de una revolución fracasada para convertirse en otros países en el responsable de algunos de los mayores crímenes que ha conocido la humanidad. 

Como ministro del nuevo gobierno, Tocqueville conoció de cerca al presidente de la Segunda República, Luis Napoleón. El retrato que hace de él en Souvenirs es de una altura literaria que nada tiene que envidiar a los grandes escritores. Me he referido antes a la importancia del estilo en la obra de Tocqueville y no me resisto a terminar este artículo sin dejar constancia de la brillantez de ese estilo. La personalidad del presidente no parece fácil de atrapar, pues presenta muchos matices contradictorios entre sí. Tocqueville los expone detalladamente. Reconoce a Luis Napoleón ciertas virtudes de carácter que le hacían atractivo en su trato en privado: ternura, consideración, templanza. Sin embargo, era vacilante en sus propósitos, dudaba, avanzaba, retrocedía, y no poseía ciertamente el don de la expresión. En fin, el retrato es extenso, y no voy a parafrasear aquí lo que merece leerse con detenimiento. Me limitaré a ofrecer al lector el que tal vez sea su mejor pasaje:

Su aptitud para el disimulo, que era profunda como la de un hombre que ha pasado su vida entre complots, se servía singularmente de la inmovilidad de sus rasgos y de la insignificancia de su mirada, pues sus ojos eran apagados y opacos, como esos cristales espesos destinados a alumbrar los camarotes de los barcos que dejan pasar la luz pero a través de los cuales no se ve nada. (Tercera parte, cap. II)

Este artista del disimulo daría un golpe de Estado en 1851, cuando faltaba poco para que venciera su mandato, limitado constitucionalmente a cuatro años. Poco después, en 1852, se proclamaría emperador de los franceses con el nombre de Napoleón III y reinaría hasta 1870. Tocqueville, que murió de tuberculosis en 1859 y pasó sus últimos años enfermo y recluido, apenas tuvo ocasión de verlo.


Ilustración: París en 1848. Barricada de la Rue St. Martin, noche del 23 al 24 de febrero. Litografía de Ange-louis Janet. Musée Carnavalet. Dominio público.