Cuando llegué con Juanjo Fernández a la Universidad Autónoma de Barcelona en enero de 1974 para empezar Filosofía y Letras, él con diecinueve años y yo con diecisiete, a los dos nos bullía en la cabeza una mezcla estrafalaria de ideas revolucionarias que encajábamos en un sistema propio del que estábamos perfectamente convencidos. Ante todo, éramos anarquistas, y pronto empezaríamos a militar en la CNT, que aún era entonces una organización clandestina. Pretendíamos también, con una pasión acaso más febril, resucitar el dadaísmo y el surrealismo, que nos parecían el logro más extraordinario de la cultura occidental. Al mismo tiempo, simpatizábamos con el trotskismo, pues nuestro referente supremo, André Breton, se había apoyado en Trotsky para defender un arte revolucionario independiente frente al realismo socialista que impuso el estalinismo. De modo que éramos a la vez anarquistas, surrealistas y comunistas, aunque esto último solo afectaba ese deje de respeto por Trotsky al que nos creíamos obligados: los totalitarismos soviético y maoísta nos resultaban tan odiosos como el capitalismo o las convenciones de la moral burguesa, y las dos facciones del trotskismo que pululaban por la facultad ⎯la LCR y el PORE⎯ nos ponían los nervios de punta por el obtuso fanatismo de sus militantes.
Ese arsenal de ideas innegociables que dirigían nuestros pasos lo habíamos ido conformando un año antes cuando nos conocimos en la academia Uni-Tec, en la que cursamos parte del bachillerato y el COU. Aquella academia, ya desaparecida, era una creación de un miembro destacado de la burguesía catalanista que creía en la educación en libertad y confió la formación de los alumnos a un conjunto de profesores que oscilaban entre el comunismo y el anarquismo. Había asimismo un militante de la «Falange auténtica», llamada también «disidente», que se oponía al franquismo y se compinchaba perfectamente con sus colegas de izquierdas, y un conserje exlegionario con cicatrices en la cara e influencia en ciertos ambientes policiales al que llamábamos «el ruso» por el gorro que lucía incluso en interiores durante los meses de frío y que, siempre que era necesario, recurría a sus contactos para protegernos de la represión si alguno de nosotros, como me ocurrió a mí mismo, era detenido en una manifestación. Uni-Tec era, además de un centro de estudios seriamente preocupado por la transmisión de la cultura, una especie de hermandad libertaria en la que se toleraban las inclinaciones propias de la adolescencia siempre que no comprometieran la convivencia y el respeto a la libertad ajena. Esa clase de pedagogía, que no hay que confundir con la autocomplacencia en la que hoy en día se pretende educar a los escolares, es impracticable en los tiempos que corren porque exige por parte de alumnos y profesores una comprensión de lo que se quiere llevar a cabo, algo a lo que parece haberse renunciado definitivamente. En nuestro caso, esa comprensión estaba fuera de dudas.
La dirección de Uni-Tec se puso de acuerdo con los carmelitas descalzos del convento de la Avenida de la Diagonal con la calle Lauria para que cedieran su auditorio con el fin de organizar allí sesiones de cinefórum semiclandestinas. La asistencia no era obligatoria y no influía en la evaluación de nuestro rendimiento, pero éramos muchos los que íbamos de buena gana. En aquella sala vimos algunas de la películas prohibidas por el régimen franquista, entre ellas un buen número de las realizadas por Luis Buñuel. El alma de esa pedagogía era Salvador Solé, quien siendo nuestro profesor de Literatura avivó en muchos de nosotros el interés por la poesía, la novela y el teatro, y nos incitó a leer a Baroja, Galdós, Unamuno, Valle Inclán, a los poetas del 27 y a sus homólogos catalanes, y a los narradores del boom latinoamericano. En paralelo, el portugués Aurelio Martins, que era un marxista imbuido de compromiso sartriano pero más imbuido aún de su compromiso en hacer comprensible a los estudiantes las grandes tendencias de la tradición filosófica occidental, que conocía en profundidad, intentaba ponernos en disposición de empezar a cultivar nuestro propio pensamiento.
De nuestro paso por aquella academia tan singular, nos llevamos dos ideas claras: que la libertad individual debía ser siempre innegociable y que nada era tan importante como la cultura que uno mismo puede procurarse si le caen en suerte los consejeros y el ambiente adecuados. Sin embargo, esos dos principios tardarían tiempo en dar frutos maduros y, de momento, nuestras mentes aún adolescentes estaban regidas por una maraña confusa de ilusiones y conceptos asimilados a medias. Con este bagaje, Juanjo y yo llegamos a la universidad como dos imbéciles ilustrados deseosos de confirmar nuestras atolondradas convicciones. Allí encontramos un buen caldo de cultivo para permanecer en ellas, pero también, gracias a la influencia de grandes profesores de literatura como Enric Sullà, Francisco Rico o Alberto Blecua, pudimos darnos cuenta poco a poco de que más allá de nuestros prejuicios anarcocomunistas y surrealistas había una vastedad de conocimientos que amenazaba felizmente los dominios de nuestra ignorancia.
Esos profesores, todos ellos con una visión formalista de la literatura, nos compensaban de los chaparrones de sociología marxista que nos caían encima en otras clases. Podíamos simpatizar con cierto comunismo ⎯creo que fue por entonces cuando Juanjo empezó a hablar del «comunismo libertario»⎯, pero detestábamos la supeditación del arte y la literatura al compromiso político y nos enfurecían las explicaciones sociológicas del fenómeno literario. En aquellos tiempos, Juanjo ya conocía mucho mejor que yo la poesía francesa moderna y a veces recitaba de memoria versos de Verlaine, Rimbaud, Baudelaire o Mallarmé. Este último era su poeta preferido y llegó a escribir algunos poemas de inspiración mallarmeana que me impresionaron en su momento y que cuando los vuelvo a leer me siguen pareciendo formidables tratándose de un chico de diecinueve años, que es la edad que tenía cuando los escribió. También repetía versos de Góngora y Quevedo y soltaba enteros poemas de Miguel Hernández o se recreaba con pasión en sus pasajes preferidos de Narración de Arthur Gordon Pym. Su gusto por la poesía era fundamentalmente estético. Aún no había leído a Proust, pero una vez me dijo algo muy parecido a lo que le dice el personaje de Bloch al protagonista de la Recherche: que los poemas no tienen por qué transmitir ningún mensaje y que la belleza de unos versos no hay que buscarla en su significado. Esto encajaba muy bien en lo que Francisco Rico intentaría hacer comprender en sus clases de crítica literaria de cuarto curso, cuando Juanjo ya había abandonado la carrera, y chocaba frontalmente con las ideas al uso. No fue exactamente una revelación, pues yo ya había empezado a descubrir esa verdad por mí mismo, pero me reconfortó saber que no era ni mucho menos una elucubración mía sino la sustancia misma de la imaginación poética.
Si bien en aquellos años ampliamos notablemente el horizonte de nuestros intereses culturales, no abandonamos la tendencia inicial a sentirnos próximos al dadá y el surrealismo ⎯en palabras de Breton, dos plumas del mismo sombrero⎯ y creo que leímos todo lo que se puede leer al respecto. Nuestra fe en la rebelión espiritual que representaban estos movimientos no se limitaba a un conocimiento pasivo; como buenos devotos, queríamos ser también practicantes y pasábamos horas dibujando cadáveres exquisitos o componiendo a medias poemas de escritura automática, y hasta llegamos a escribir obras de teatro inspiradas en el dadaísmo. Un día se nos ocurrió un nuevo género al que llamamos «conferencia dramática» y que consistía en lo siguiente: nos situábamos junto a una biblioteca familiar en su casa o en la mía y, por turnos, ahora él ahora yo, cogíamos un volumen (podía ser una novela, la enciclopedia Sopena, un libro de historia, un tratado de psicología o antropología, un atlas geográfico, una antología del Reader’s Digest, un manual de jardinería o puericultura, cualquier obra que nos dispensara el azar), lo abríamos por la mitad y leíamos la primera frase que se presentaba a nuestros ojos. Íbamos apuntando esas frases y luego nos limitábamos a modificarlas sintácticamente para que encajaran unas con otras hasta completar un texto de seis o siete páginas completamente absurdo en su contenido y coherente en su estructura. Solo conservo un fragmento de esos textos demenciales:
Pero cuál no fue la sorpresa del muchacho al abrir los ojos y descubrir que, bajo presiones extremas, los materiales rocosos que forman la corteza terrestre pueden ser dúctiles o maleables. Asombra a los sabios de la ciudad que las aves de rapiña se dejen llevar en las situaciones peligrosas por los trajes de comunión para niños, que han evolucionado desde el clásico de marinerito hasta los conjuntos de tela inglesa. Ello es debido a que, entre los kwomas se advierte a los niños de que no deben tocarse las partes sexuales. Después del banquete, los muchachos regresan a sus casas, acompañados generalmente de convidados lúbricos. Debemos señalar asimismo un tipo de sajadura de forma irregular que desfigura muchos cuerpos femeninos, pero hay que tener en cuenta que la llegada de Cubí a Barcelona coincide con la inauguración del alumbrado de gas. De ahí que hubiese sido imposible, a pesar de sus años, considerarlo viejo.
El siguiente paso era leer nuestra «conferencia dramática» en un aula de la facultad que estuviera disponible, pero no la leíamos nosotros. Para ese trabajo contábamos con la colaboración de un tipo muy basto, un poco pantagruélico, que llevaba años repitiendo curso y se había apoderado misteriosamente de un cuartucho de la facultad que el personal administrativo parecía haber olvidado. En él preparaba sus sustanciosos almuerzos y se entregaba a sus enormes borracheras y en él ensayábamos la puesta en escena de las conferencias. Era un chico zafio, sucio, muy vulgar. Le llamábamos San Román Palestra Guisante y creo que nunca llegué a saber cuál era su nombre verdadero. Tenía un vozarrón considerable, algo enronquecido por su consumo incesante de cigarrillos. En los ensayos se reía a carcajadas de lo que le dábamos a leer, pero cuando entraba en el aula vestido con una sábana y un gorro de paja cónico que habíamos recortado de un sombrero mexicano, lo hacía solemnemente y, cuando se ponía a leer la conferencia dramática, mantenía todo el tiempo la seriedad desafiante que le pedíamos. A Juanjo le encantaba su atuendo porque le hacía pensar en el Père Ubu de Alfred Jarry. Unos días antes del acto pegábamos carteles por los pasillos de la facultad con el siguiente anuncio: «El día tal, el aula tal acogerá una conferencia dramática del profesor San Román Palestra Guisante», y la convocatoria tenía su efecto, pues las tres o cuatro veces que repetimos la función contamos por lo menos con media entrada. En algunos momentos, a los asistentes les daban auténticos ataques de risa, pero San Román se mantenía impasible y, dando unos golpecitos en la mesa, pedía silencio para proseguir con su discurso. Cuando terminé la carrera no supe qué había sido de él hasta que, unos cuatro o cinco años después, Juanjo se enteró de que, en una de sus borracheras, había estrangulado a su hijo recién nacido y estaba cumpliendo condena en la cárcel Modelo. Nunca se sabe muy bien con quién se junta uno.
Entre los estudiantes que asistían a las conferencias dramáticas, algunos se sentían desconcertados por el sinsentido de lo que escuchaban y hasta ponían cara de ofendidos. Lamentábamos que fueran muy pocos los que así reaccionaban porque nuestra intención, a imagen y semejanza de los maestros surrealistas, era armar escándalo, lo cual resultaba mucho más difícil ante un público de estudiantes a los que les divertían aquellos desvaríos de lo que lo sería ante un público de ateneístas dispuesto a escuchar algo razonable. A los estudiantes que no acudían a nuestra llamada más que asomando un rato la cabeza por el umbral de la puerta para inspeccionar, en su condición de agentes del partido, el tipo de actividad que allí se desarrollaba, la cosa no les hacía ninguna gracia, pues les parecía insultante que nos entregáramos a un pasatiempo contracultural en unos momentos en los que la lucha contra el capitalismo y la represión reclamaba todas nuestras energías.
Por nuestra parte, seguíamos defendiendo ante todo la libertad individual, la independencia del arte y la literatura y el derecho a desabrocharnos el cerebro tantas veces como la bragueta, como rezaba un grafiti de Mayo del 68 que Juanjo solía repetir a menudo. Nada nos parecía tan corrosivo para desestabilizar el sistema como el lenguaje del absurdo, que dejaba tan pasmados a los burgueses biempensantes como a los empleados de la lucha de clases. Del Mayo del 68, no nos separaban más de seis o siete años, pero el espíritu de esas revueltas, que tanto bien y tanto mal hicieron en la juventud de la época, solo había influido en España a las minorías contraculturales; los jóvenes comunistas que conocimos en la universidad no tenían noticia de esa asimilación de la bragueta con el cerebro: su plan revolucionario seguía reproduciendo con exactitud el de sus predecesores de los años treinta, y todo lo que se apartara de los textos canónicos del marxismo-leninismo, el trotskismo o el maoísmo les parecía condenable. Ese estado de cosas creó un cisma en lo que se ha dado en llamar progresismo que no ha dejado de hacer sentir sus consecuencias. Decía hace un momento que los descarriados estudiantes del 68 hicieron tanto el bien como el mal. Hay que aclarar esto. Hicieron el mal porque pretendieron arrasar con todo, con el rigor intelectual, la cortesía, los fundamentos de la convivencia o el respeto a la autoridad legítimamente constituida. Hicieron el bien porque rompieron no solo con la rigidez de las convenciones morales de la sociedad en la que nacieron, sino también con el dogmatismo totalitario de los aparatos comunistas, aunque lo hicieran con una ignorancia total de lo que creían defender ⎯con una niebla mental análoga a la que sufríamos Juanjo y yo cuando llegamos a la universidad⎯, y por ello podían desfilar sin empacho con las efigies de Mao Tse Tung y del Che Guevara, convencidos de que China y Cuba eran el paraíso de las libertades. Sin embargo, el mayor bien que se les puede atribuir es el de la evolución hacia el pensamiento liberal de un buen número de sus impulsores. Algunos de los mejores pensadores franceses a caballo del pasado siglo y del actual fueron soixante-huitards: Alain Finkielkraut, André Glucksmann, Pascal Bruckner, Marcel Gauchet o Bernard-Henri Lévi, entre otros, desembocaron en el liberalismo y denunciaron sin descanso las atrocidades de la izquierda totalitaria porque, una vez disuelta la niebla sesentayochista, no quedaba otro camino para la defensa de la libertad individual, un ideal que sin duda marcó las revueltas de París, que el del orden liberal. No es que cambiasen sustancialmente, es que se dieron cuenta de que lo que pensaban estaba aplastado bajo un montón de basura ideológica que era exactamente lo contrario de lo que en realidad perseguían. Los que no quisieron dejar de ser obedientes a los dictados de la Unión Soviética o de China y nunca vieron con buenos ojos los anhelos libertarios de los jóvenes y sus extravagantes proclamas permanecieron en sus puestos, y muchos de ellos siguen ahí junto a sus actuales descendientes ideológicos, convencidos de que en Gaza se acoge con entusiasmo a los homosexuales.
En nuestra modesta condición, Juanjo y yo seguimos con el tiempo una lógica parecida a la de los soixante-huitards que arrojaron por la borda las montañas de basura. Sin nuestros desvaríos adolescentes, probablemente nos habría costado mucho más comprender dónde estaba la libertad y cuáles eran sus verdaderos enemigos. Pero esa transformación no empezaría a tomar cuerpo hasta bien entrados los años ochenta, cuando después del primer gobierno de Felipe González fuimos pasando del puro izquierdismo al liberalismo sin que apenas nos diésemos cuenta: en el fondo, seguíamos siendo los mismos. Creo que yo culminé esta evolución cuando, en las elecciones generales de 1986, decidí votar al Centro Democrático y Social de Adolfo Suárez, ante el asombro de amigos y conocidos a los que no les cabía en la cabeza que se pudiera apoyar ninguna opción que no fuese de izquierdas.
Antes de eso pasé unos años sin apenas relacionarme con Juanjo. En 1976, cuando terminábamos el segundo curso de universidad, él abandono la carrera y empezó a escribir en Ajoblanco, la revista anarcocomunista que dirigía Pepe Ribas, y sus artículos incendiarios, en los que atacaba el capitalismo, hacía mofa de las convenciones sociales, invitaba al hedonismo como norma de vida o se enfrentaba a sus mismos correligionarios anarquistas señalando su actitud «beata y apologética», le dieron bastante fama en los ambientes contraculturales de los años 70 ⎯aunque él rechazaba la etiqueta hasta el punto de despreciar algunos de sus productos como «diarreas contraculturales»⎯, y también le proporcionaron muchos enemigos. Sin embargo, faltaría a la verdad si quisiera pintar aquí a un Juanjo Fernández alejado de la podredumbre antidemocrática furiosamente opuesta al proyecto liberal que los más sensatos intentaban llevar a cabo tras la muerte del dictador. En sus años de la primera etapa de Ajoblanco no tenía otro horizonte que el de la destrucción del sistema y creía ingenuamente en la posibilidad real de lograr su sustitución por una sociedad sin clases que aboliera la propiedad privada y se viera al mismo tiempo libre de toda autoridad. Su radicalismo le llevó a veces a aliarse contradictoriamente con lo peor de la izquierda revolucionaria. En 1979 hizo un viaje al País Vasco para escribir luego una crónica de su experiencia. ETA ya llevaba años matando sin tregua, pero ese año fue el más terrible de la década; en él, la banda terrorista cometió un total de ochenta asesinatos, todos ellos en nombre de una Euskal Herría independiente y comunista. Juanjo se plantó en Bilbao y allí entrevistó a Juan Ramón Etxebarría, profesor de ikastola y miembro de la mesa nacional de Herri Batasuna, el brazo político de ETA. En esa abyecta entrevista, se habla de la «violencia institucional» sin mención alguna a la verdadera violencia que sufría el país, la de ETA. En un justo artículo de réplica a la crónica de Juanjo, publicado en el mismo Ajoblanco, Santiago Trancón calificó su estilo de «retórica izquierdista trasnochada, chocha de puro vieja y repetitiva, a la que la fe de los últimos revolucionarios se agarra como a un clavo ardiendo», y arremetió contra el intento de blanqueo de lo que sin duda era lo más repugnante e injustificable de todo lo que se movía en España en aquellos momentos. No recuerdo cómo reaccioné yo a ese mal paso de Juanjo, pero sí recuerdo bien mis ardientes disputas con conocidos míos, anclados en el nacionalismo catalán o el izquierdismo radical, que celebraban con regocijo cada nuevo asesinato de la banda, pues al fin y al cabo la mayoría de las víctimas eran policías y guardia civiles. Nunca entendí qué le pasó a Juanjo en esa época. Volvió del País Vasco, como tantos cretinos a los que tuve que oír aquellos años, diciendo que había que ir allí para comprender la lucha que llevaban a cabo esos monstruos, a los que mi amigo, para más desolación por mi parte, trataba de «auténticos libertarios». Le vi muy poco durante el final de la década de los 70 y principios de los 80 y, cuando nos veíamos, hablábamos mayormente de literatura, pero su atracción por el mundo abertzale fue creciendo sin que yo me diera cuenta hasta que aceptó una propuesta de la revista Punto y hora de Euskal Herria para colaborar en sus páginas desde Barcelona. En el 82 le pidieron que escribiera un artículo sobre los Mundiales de fútbol. Lo dictó por teléfono a regañadientes y, como quedaba corto, lo completaron en la redacción de la revista hasta alcanzar las diez páginas que tenían previstas. El artículo, que apareció sin firma, se burlaba del papel del rey Juan Carlos en un estilo un poco subido de tono, pero nada hacía presagiar lo que unos años más tarde metería a Juanjo en una pesadilla que amargaría los últimos años de su vida.
Lo cierto es que no tardó mucho en darse cuenta de su error, alejarse del abertzalismo y dejar atrás los desatinos políticos de su primera juventud en favor del oficio para el que estaba particularmente dotado: el de crítico literario. Lo ejerció en la revista Quimera, de la que fue redactor jefe a partir de 1983, y en ocasiones también en La Vanguardia y algún otro medio. En general, sus críticas estaban muy bien trazadas; eran ponderadas, lúcidas y profundas, pero en algunas de ellas, como decía él mismo, se le iba la mano. Es decir, cuando una obra le indignaba por su oportunismo o su pésima calidad estilística, especialmente en los casos en que la propaganda cultural del momento celebraba el producto como si se tratase de una revelación, se veía incapaz de disimular la rabia que le producía todo ello y no se frenaba a la hora de adornar su comentario con improperios. No era algo que nos sorprendiera a quienes lo conocíamos; su tendencia al exabrupto y la intimidación no la limitaba a la pluma. Desde la adolescencia, yo estaba acostumbrado a verle soltar sartas de insultos, a cuál más rebuscado, cuando entraba en discusión con alguien que no le resultaba precisamente agradable. Ahora bien, su sinceridad estaba por encima de todo: nunca le vi contemporizar con nadie para obtener un beneficio; al contrario, no son pocas las ocasiones en que sus ataques de ira le hicieron perder oportunidades. Por supuesto que no siempre llevaba razón, pero siempre dijo lo que pensaba y nunca se anduvo con dobleces.
En 1986 volvimos a estrechar nuestra relación, comprobamos que nuestros intereses literarios habían renovado, en su ampliación, las coincidencias que siempre nos unieron y que nuestras evoluciones políticas habían seguido líneas convergentes. No recuerdo si él también se decantó por votar a Suárez en las próximas elecciones, pero sí que acogió mi decisión con simpatía. Durante la campaña del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, que se celebró aquel mismo año, defendió el sí con la misma vehemencia con la que una década antes clamaba contra el imperialismo americano. Los dos apoyábamos sin reservas la monarquía parlamentaria ratificada por la Constitución del 78 y estuvimos de acuerdo en que la democracia liberal era el único sistema deseable. Parecía que todo estaba ya por fin en su sitio cuando, de repente, Juanjo recibió una citación para ir a declarar ante un juez como imputado por el delito de injurias a la Corona.
Supongo que esa orden de comparecencia debió de helarle la sangre, pero cuando nos veíamos, y era algo que aquellos días hacíamos con bastante frecuencia, no dijo una palabra sobre lo ocurrido, de modo que yo no lo supe hasta pasado un tiempo y, en su actitud, tampoco había nada que me hiciera sospechar que estaba metido en un grave problema. En esos encuentros me hablaba con toda tranquilidad de sus lecturas, de una crítica que había escrito poniendo a caldo a no sé quién ⎯«se me fue la mano»⎯ y de cómo eso le había puesto en una situación incómoda con el director de la revista en la que trabajaba. Y también me habló de su homosexualidad ⎯algo que no había hecho nunca⎯ e incluso de su experiencia como chapero, que relataba con naturalidad y desenfado. Un día, por fin, me contó, ante mi perplejidad, que se habían abierto diligencias contra él por un artículo que había publicado en Punto y hora de Euskal Herria en 1981. Al parecer, el director del semanario, Javier Oleaga, había facilitado los datos personales de Juanjo a los funcionarios de la Audiencia y le había señalado como responsable del artículo. Juanjo le llamó para pedirle explicaciones. Él no podía reconocerse como único autor de un texto que solo había redactado en parte y que, por eso mismo, fue publicado sin firma, y le dijo que eso era lo que pensaba declarar ante el juez. En el más puro estilo mafioso, Oleaga le dio a entender que a ciertas personas no les gustaría nada que hiciera eso. Así me lo contó Juanjo y así lo declaró unos años más tarde en una entrevista que Marcos Ordóñez le hizo en ABC. No sé cómo encaró su comparecencia ante el juez, pero la amenaza etarra era algo mucho más temible que una posible condena judicial, y supongo que no debió de atreverse a desafiarla.
Ya en 1987 y contra todo pronóstico, pues en realidad el artículo, que solo recuerdo vagamente, tenía pasajes de un tono muy despectivo pero no parecía que pudiese fundamentar un fallo condenatorio, Juanjo fue sentenciado a seis años y un día de cárcel por el Tribunal Supremo. Entonces sí le vi completamente hundido. Por si esta desgracia que le caía encima no fuese lo suficientemente cruel, el mismo día que me comunicó la sentencia me dijo que había contraído el SIDA, lo que en aquellos tiempos también significaba una condena. A muerte. Y eso no era todo: acababa de ser despedido de Quimera porque sus críticas incendiarias habían hecho perder mucha publicidad a la revista. Yo había empezado a escribir entonces en el Diari de Barcelona y, por mediación de mi amigo Xavier Pericay, que ocupaba el cargo de jefe de redacción, conseguimos que el director, Jaume Boix, le acogiera como coordinador del suplemento literario, responsabilidad que compartiría con el futuro novelista Vicenç Pagès y conmigo mismo. A pesar de las circunstancias, los años del Diari de Barcelona mejoraron mucho el estado de ánimo de Juanjo. Tuvo que acostumbrarse a escribir en catalán, lengua en la que se manejaba bastante bien pero que limitaba sus recursos porque no era la suya. Dio al diario excelentes artículos de crítica literaria y, siempre que encontraba un hueco para ello, escribió también sobre automóviles, que era otra de sus pasiones. Mientras tanto, su abogado presentó un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional, y yo, junto a Pericay, organicé un comité en defensa de su causa. Fuimos a hablar con el presidente del Colegio de Periodistas de Cataluña, que entonces era Carlos Sentís, un hombre de muy notable trayectoria profesional, vilipendiado a veces en ciertos ámbitos por no haber abandonado su actividad en España durante el periodo franquista. Sentís nos aclaró que, a pesar de rechazar por completo el artículo que llevó a Juanjo a sufrir la condena del TS, tomaba su causa como propia, pues consideraba la libertad de expresión como un derecho innegociable y la sentencia le producía horror. Creo que el apoyo de Sentís fue decisivo para que la preocupación sobre el caso se extendiera por amplios sectores de la sociedad española, y en enero de 1988 el Tribunal Constitucional admitió la tramitación del recurso de amparo y suspendió temporalmente la ejecución de la sentencia: de momento, Juanjo no ingresaría en prisión.
Para el verano de aquel mismo año yo tenía planeado un viaje a Estados Unidos. Antes de partir, Juanjo me informó del progreso de su enfermedad. Los signos de ese progreso ya eran visibles en su estado físico, había adelgazado mucho y padecía infecciones en la boca que le dificultaban el habla. Le pregunté si quería que le trajera algo de mi viaje y no me pidió más que una gorra de béisbol roja como la que asomaba por un bolsillo trasero de Bruce Springsteen en la portada de uno de sus discos. Es la que lleva en la foto que le hice a mi regreso y que ilustra este artículo. Yo y mi mujer, Magda, pasamos días angustiosos durante ese viaje pensando en la situación desesperada de nuestro amigo. La arraigada misoginia de Juanjo no le impidió mostrarse siempre galante y hasta afectuoso con ella y con Mariantònia, la mujer de Pericay, y se hizo querer por las dos desde el día que lo conocieron.
Por fin, en 1990, el Tribunal Constitucional anuló la sentencia del Supremo. Para entonces, la salud de Juanjo ya estaba muy deteriorada. Le vi por última vez a principios del verano de 1991, un par de semanas antes de su muerte, en su piso del edificio Walden de Sant Just Desvern. Ya no podía moverse de la cama y hablaba sin energía, pero se alegró mucho de mi visita y esa fue la única ocasión en la que nos dijimos lo importantes que habíamos sido el uno para el otro. Me insistió, al despedirnos, que velara por que en su funeral se escuchara, como ya dejó dicho a sus familiares, el Réquiem de Mozart, un deseo extraño en un hombre que se había burlado siempre de las ceremonias y que nunca soportó ninguna muestra de sentimentalismo.
Ilustración: Juanjo Fernández en agosto de 1988. Fotografía tomada por Ferran Toutain en la cafetería Bauma de Barcelona.
