Inteligencia artificial

La ironía Dawkins

En un arco narrativo casi novelístico, Richard Dawkins acaba de hacer con la inteligencia artificial lo mismo que ridiculizó durante décadas en creyentes de todas partes del mundo: confundir experiencia subjetiva con evidencia. La ironía no sería tan divertida (justicia divina, diríamos) si no fuera por el encarnizamiento con el que el biólogo británico ha ido despachándose a lo largo de su alabada carrera como jinete del apocalipsis, ese título un tanto onanista que se dieron a sí mismos Dawkins, Dennett, Hitchens y Harris tras una mesa redonda privada (The Four Horsemen) organizada para auspiciar una nueva revolución ateísta. Si hay algo que ha caracterizado las intervenciones públicas de Dawkins sobre el asunto ha sido una insoportable altivez disfrazada de rigor científico, un conjunto de descalificaciones que serían mucho más simpáticas y digeribles si no se escudaran algo cobardemente detrás de «la ciencia» y se manifestaran abiertamente como lo que en realidad son: desprecio personal, inquina, ojeriza, odio a la religión. Celebro por esa razón el ensañamiento con el que se ha expuesto su contradicción …

Inteligencia y consciencia

De un tiempo a esta parte, la rápida progresión de los modelos de lenguaje computacional ha creado una especie de psicosis social sobre la posibilidad de que la IA desarrolle autoconsciencia. Algunos incluso creen que eso ya ha ocurrido, y esa convicción, que en algunos casos es deseo y en otros temor, no afecta solo a los profanos. De hecho, la primera atribución de consciencia a los modelos existentes la hizo pública en junio de 2022 un ingeniero de Google, Blake Lemoine, que aseguró en un artículo que un sistema de IA en el que trabajaba la empresa había adquirido consciencia y experimentaba sentimientos de alegría, tristeza, placer, amor, odio, depresión. La suposición del ingeniero procedía de lo que declaraba el mismo sistema al ser preguntado por sus emociones, pero el hombre quedó tan convencido que divulgó sus impresiones y buscó consejo en otros ingenieros ajenos a Google, por lo que la empresa decidió despedirle por haber violado su compromiso de confidencialidad, no por otra cosa, con lo que ni negó ni afirmó sus alegaciones. …

Simulacros de interioridad

En un episodio del podcast Theories of everything, el neurocientífico Anil Seth y el biólogo Michael Levin tienen una conversación sobre si las máquinas pueden ser conscientes. El debate es conocido: unos sostienen que el cerebro es una computadora biológica y, por tanto, replicable en silicio; otros afirman que la consciencia es irreductiblemente orgánica, imposible de trasplantar a un sustrato digital. Levin propone algo distinto. Sugiere que la consciencia podría no depender del material específico —neuronas o transistores—, sino que tanto sistemas biológicos como digitales podrían acceder a lo que él llama «capas platónicas profundas de la realidad». Una versión actualizada de las Formas: patrones universales abstractos a los que diferentes arquitecturas podrían conectarse por rutas distintas. La hipótesis tiene cierta elegancia. Intenta escapar del reduccionismo burdo que equipara la mente a un software ejecutándose sobre hardware húmedo. Pero tropieza con un problema elemental: explica un misterio invocando otro misterio más profundo. No sabemos cómo emerge la experiencia subjetiva de los procesos físicos del cerebro —es lo que Chalmers llamó el «problema difícil» de la …