La ironía Dawkins
En un arco narrativo casi novelístico, Richard Dawkins acaba de hacer con la inteligencia artificial lo mismo que ridiculizó durante décadas en creyentes de todas partes del mundo: confundir experiencia subjetiva con evidencia. La ironía no sería tan divertida (justicia divina, diríamos) si no fuera por el encarnizamiento con el que el biólogo británico ha ido despachándose a lo largo de su alabada carrera como jinete del apocalipsis, ese título un tanto onanista que se dieron a sí mismos Dawkins, Dennett, Hitchens y Harris tras una mesa redonda privada (The Four Horsemen) organizada para auspiciar una nueva revolución ateísta. Si hay algo que ha caracterizado las intervenciones públicas de Dawkins sobre el asunto ha sido una insoportable altivez disfrazada de rigor científico, un conjunto de descalificaciones que serían mucho más simpáticas y digeribles si no se escudaran algo cobardemente detrás de «la ciencia» y se manifestaran abiertamente como lo que en realidad son: desprecio personal, inquina, ojeriza, odio a la religión. Celebro por esa razón el ensañamiento con el que se ha expuesto su contradicción …


